Mover hacia la ternura
Columna de Ayelen Puppo
Mover hacia la ternura
Columna de Ayelen Puppo

Como escritora y lectora me pregunto ¿qué pasa hoy con la lectura en un momento de fuerte avance tecnológico y de tiempos líquidos y posmodernos que imponen un producto de imágenes y pocas palabras?

Antes se usaban las redes como facebook donde se ponía una imagen y una larga reseña sobre lo que se intentaba “mostrar”. Hoy en día la imagen fue ganando terreno por sobre la palabra escrita, los tiempos para leer se han reducido y parece que ya no hay tiempo para el encuentro con el libro o con algún artículo publicado en el medio digital. Las notas en los diarios reflejan esto que está sucediendo ya que su extensión se ha reducido y no por falta de contenido sino porque el “público” no lee. 

La importancia de la imagen por sobre la palabra escrita es un escenario un tanto complejo para quienes seguimos apostando a la literatura, a la lectura y a la escritura. ¿Por qué apostamos a la palabra? La palabra crea mundos imaginarios. Al leer un libro, los personajes los inventa el lector, las voces, sus modos de moverse, las formas de los lugares que se narran y si bien la imagen puede estar descrita por el escritor quien realmente termina de crear la imagen, del personaje y del ambiente, es quien está leyendo. 

Me acuerdo que cuando salió Mafalda de Quino en dibujos animados sentí una gran decepción, las voces no eran las que yo había inventado para cada personaje. Lo mismo sucede cuando hacen películas de libros que he leído, muy rara vez, es lo que yo leí, porque hay ahí una invención que va más allá de la palabra escrita por el escritor, hay algo que no puede capturarse, hay un mundo que se inventa en cada lectura singular que excede al escritor.

La apuesta por la palabra escrita, al libro, a que se siga leyendo, no es una visión nostálgica y romántica, aunque puede tener algo de eso, sino más bien, se refiere a la libertad de invención que da el leer un libro como así también escribirlo. La satisfacción por la lectura no puede transferirse pero si considero que puede estimularse, pueden generarse espacios de lecturas compartidos, talleres de escritura y de lectura que fomentan la creatividad y que la pasión, de aquellos que escribimos y leemos, ese deseo, puede generarse en el otro, en ese encuentro. 

Si bien el avance de la imagen y el empobrecimiento de la lectura es un hecho concreto, hay quienes seguimos convencidos que la posibilidad de discernir, de pensar, de imaginar, de cuestionar, son promovidas por las lecturas disímiles y no por la imagen procesada que te indica qué es lo que tenes que pensar y cómo tenes que pensar. No estoy diciendo con esto que hay que hacer una apología intelectualoide sobre el hecho de leer y escribir, sino que es de gran importancia la lecto-escritura para poder tener más herramientas a la hora de hacer una lectura sobre alguna temática, ya sea política, económica, ambiental, literaria, etc. 

La literatura para mí es una salvación, hay quienes tienen la religión, hay quienes tienen algún partido político, hay quienes tienen fuertes ideales ambientalistas, etc. Para mí la literatura es lo que me salva de un mundo que en muchos casos es hostil. La literatura me permite moverme hacia la ternura, como dice mi querido maestro Pablo Ramos. Poder hacer algo con las miserias más íntimas, las felicidades más reales, el amor en sus diversas manifestaciones, en fin, la vida misma. Si bien el acto de escribir es un acto solitario, sostengo firmemente que el escritor sin el lector no es un escritor, porque lo que permite que un escrito trascienda de las palabras en un papel, es alguien que las lea y les de vida. 

Es en esa conexión inexplicable que todo se torna real, porque la ficción tiene puntos reales, aún en la literatura más mágica. Si bien la palabra tiene un sentido, hay una puntuación que le da una significación, pero aún con el signo compartido de la palabra escrita, se crean universos diversos imaginarios que tienen rasgos singulares. Cortázar hacía un uso particular del lenguaje y rompía con el signo lingüístico, creando palabras nuevas, los famosos neologismos, la escritura permite justamente romper con el sentido único y la creación de nuevos mundos a habitar. A veces la dificultad que tenemos al pensar una problemática es que rápidamente caemos en la necesidad de una respuesta que “cierre”, que nos garantice que de algún modo no se va a perder.

La apuesta por la escritura y la lectura, es una apuesta sin garantías, es una apuesta sin saber qué va a pasar. La incertidumbre en un mundo tan cambiante es considerada como angustiante, generadora de ansiedades, lo cual no deja de ser una verdad, pero también es un terreno posible para poder transformar, poder generar algo distinto e innovador. Poder sostener esa incertidumbre, hacer una apuesta sin garantías, es parte de lo que para mí hoy en día las editoriales, los escritores y medios impresos se enfrentan. Una vez me preguntaron ¿por qué escribís? Y me quedé callada. No sabía exactamente cuál era la respuesta “correcta”.

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Escribo porque la escritura me permite enfrentar aquello que tal vez con la palabra hablada no puedo, porque permite reconciliarme con mis palabras ocultas, las que no digo, las que no dije y que posiblemente jamás podré decir de otro modo que no sea escribiendo.

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Ayelen Puppo /Escritora

Encuentro en el mundo ficcional de la escritura, la posibilidad de construir una “mentira”, pero una mentira que hay que poder sostener y tiene que poder habitar el lector. Así aprendí de mi maestro con “La arquitectura de la mentira” que se puede escribir y escribir hasta que sentís que te quedas vacío, que te duelen los dedos de golpear en el teclado, que ya no hay más nada por decir. Cuando uno piensa que ya no hay más nada por decir, hay algo que pulsa por escribirse, algo inesperado. No se trata de una “revelación”, aunque me ha pasado de encontrarme con alguna verdad que ni yo sabía que existía, pero hay en esa especie de catarsis un encuentro genuino con aquello que uno quiere contar. A veces encontrar eso, implica varios borradores, varias horas, días, semanas y meses escribiendo, pensando, volviendo a escribir, hasta dar con los cimientos del edificio para empezar a construirlo. Si bien la corrección es de suma importancia, es cierto, que uno puede pasarse la vida corrigiendo, al decir de Borges “publico para dejar de corregir”. Publicar para que el escrito circule y se produzca ese lazo entre lo escrito y quien lee, para que la palabra del escritor no se quede solitariamente en los borradores eternos de la computadora y papeles, para poder con la lectura darle vida a esa producción que permite un abanico de posibilidades antes inimaginables. 

Las palabras tienen un peso, no son sólo palabras que se las lleva el viento. Como diría mi maestro Pablo Ramos “Las palabras llevan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la mueven hacia la ternura”. Por eso creo que escribir es un acto, un acto en el cual el escritor está totalmente involucrado, y la elección de las palabras no es azarosa, no es casual. Hay algo que va más allá de lo estético, de lo lindo, hay una verdad que no puede decirse de otro modo. Jean-Paul Sartre dijo : “Un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura”. 

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Ayelén Puppo

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— Colaboradora estable

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Instagram: @puppo.aye

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