La amistad como resistencia a la segregación
Escrito por Ayelén Puppo Rajneri
La amistad como resistencia a la segregación
Escrito por Ayelén Puppo Rajneri

La amistad es uno de los vínculos que más resiste a la segregación del discurso

 “La amistad es un milagro por el cual
un ser humano acepta mirar de lejos
y sin acercarse demasiado a otro ser igualmente real”
Simone Weil

La amistad es un lazo en el que puede hacerse lugar a un otro diferente sin que esa diferencia implique necesariamente una amenaza. Tal vez allí radique una de sus funciones más valiosas en la actualidad: sostener un vínculo con el semejante sin exigir que sea un igual.

La socialización nos exige relacionarnos con otros desde muy pequeños. Lacan dirá que el cachorro humano es uno de los pocos seres que depende de otro que interprete su llanto. Desde el comienzo de la vida necesitamos de un Otro que nos asista y cubra no sólo nuestras necesidades biológicas, sino también las emocionales. A medida que el bebé crece, va adquiriendo mayor autonomía y comienza un proceso de separación respecto de quienes lo asistían. Con el ingreso al jardín aparecen los primeros vínculos con pares fuera del ámbito familiar y se inaugura una nueva modalidad de encuentro con los otros.

Durante la adolescencia, la amistad adquiere una importancia singular. En este momento tiene un gran peso la identificación con los semejantes y la necesidad de pertenecer a un grupo que aloje al sujeto. Es frecuente que los adolescentes se vinculen a partir de intereses compartidos: gustos musicales, series, deportes, primeras posiciones políticas o sociales, modos de vestir o de hablar. En este tiempo, la identificación imaginaria ocupa un lugar preponderante, ya que la adolescencia implica no sólo una separación respecto de las figuras parentales, sino también la búsqueda de una identidad y la conformación del yo.

En la adultez, que puede comenzar con el primer trabajo, el inicio de una carrera o el ingreso a nuevos espacios sociales, la amistad puede adquirir otra modalidad. Esto no significa que desaparezcan las identificaciones imaginarias ni que los gustos compartidos dejen de tener importancia. Muchas amistades continúan naciendo a partir de intereses comunes. Sin embargo, existe la posibilidad de que el vínculo ya no dependa exclusivamente de esa coincidencia. Puede sostenerse también en un reconocimiento simbólico del otro, donde la diferencia deja de vivirse necesariamente como una amenaza y puede convertirse en una fuente de enriquecimiento. El desacuerdo no implica, por sí mismo, la ruptura del lazo. Por el contrario, la mirada diferente puede ampliar la propia perspectiva y favorecer nuevas formas de pensar.

Sin embargo, en la actualidad sorprende cómo los discursos segregativos parecen haber impactado en la manera de vincularnos. Tiempo atrás era habitual que un radical y un peronista sostuvieran una amistad, o que una persona profundamente religiosa compartiera un vínculo cercano con alguien ateo. Hoy pareciera que esa posibilidad se encuentra cada vez más tensionada. La polarización produce, muchas veces, comunidades cada vez más homogéneas, donde el otro es aceptado sólo si confirma las propias creencias. El semejante deja de ser alguien distinto con quien es posible construir un lazo y pasa a convertirse en una amenaza que debe ser excluida.

En este contexto, muchas amistades, especialmente entre los más jóvenes, parecen sostenerse sobre un fuerte soporte identificatorio imaginario, donde prevalece la necesidad de pertenecer a una masa uniforme y el desacuerdo resulta difícil de tolerar. Me pregunto entonces: ¿qué es lo que produjo esta ampliación de la brecha entre los sujetos y afectó de este modo el lazo social? ¿Qué lugar ocupan las redes sociales y los algoritmos, que muchas veces refuerzan la circulación entre quienes piensan de manera similar? ¿Qué efectos tiene el avance del individualismo y de la lógica del consumo sobre los vínculos? ¿La caída de ciertos referentes simbólicos y el predominio de lo imaginario contribuyen también a estos fenómenos de segregación?

Cada una de estas preguntas merecería una investigación mucho más extensa, y no es mi intención responderlas aquí. Más bien funcionan como una invitación a seguir pensando cuál es la función de la amistad en nuestro tiempo. ¿Por qué es importante la amistad? Sin pretender agotar la respuesta, diría que es uno de los vínculos donde la corriente tierna suele prevalecer sobre la sexual y donde la agresividad encuentra otras formas de elaboración. En ella se experimenta un lazo con un otro sin algunos de los condimentos propios de otros vínculos, como los de pareja o los familiares. Hay una elección del sujeto que, si bien nunca queda completamente desligada de las identificaciones, puede abrirse a una construcción donde la diferencia no constituye un obstáculo sino una condición posible del encuentro.

¿Y qué sucede en la vejez? Pienso que, en muchos casos, se afianza aquello que comenzó a construirse en la adultez. Los años permiten que ciertos vínculos se fortalezcan precisamente porque han atravesado diferencias, pérdidas, cambios y desencuentros. La amistad puede sostenerse más allá de las coincidencias.

La serie Grace and Frankie ofrece una hermosa representación de ello. Dos mujeres mayores, profundamente distintas entre sí, se encuentran por una contingencia de la vida y terminan construyendo una amistad inesperada. El recorrido no comienza con la identificación sino con el rechazo; luego aparece la tolerancia y, finalmente, la elección. Tal vez sea esa una de las enseñanzas más valiosas de la serie: mostrar que un vínculo puede construirse aun cuando no exista una fuerte identificación imaginaria.

Quizá allí reside una de las funciones más importantes de la amistad en nuestra época: ofrecer un espacio donde el semejante pueda seguir siendo un otro y no un igual. Un lazo capaz de alojar la diferencia sin convertirse necesariamente en motivo de exclusión. En tiempos donde la segregación parece ganar terreno, la amistad puede constituirse como una de las formas más genuinas de resistencia al empobrecimiento del lazo social.

Escrito por:

Ayelén Puppo Rajneri

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