La felicidad en tiempo imperfecto
Reseña de Verónica Bonacchi
La felicidad en tiempo imperfecto
Reseña de Verónica Bonacchi

La última película de Win Wenders, “Días perfectos” es de una belleza desoladora. Aunque podría tratarse de la búsqueda de la felicidad en la austeridad y simpleza, el filme muestra más bien que ese estado, o que los días perfectos, penden de un hilo frágil.

Si todos los días son iguales, si la rutina se inicia sonriente, si el trabajo es una tarea a la que uno se aplica con dedicación, si hay tiempo incluso para mirar el cielo, sacar fotos, leer un libro, escuchar música, ir los fines de semana a un bar ¿todos esos pasos alcanzan para llegar a una felicidad sencilla pero perdurable?

“Días perfectos”, la nueva película de Win Wenders, el director de “Las alas del deseo”, de “París Texas”, ya disponible en la plataforma Mubi, transita ese borde filoso entre la búsqueda de la felicidad en la simpleza y la austeridad, y el complejísimo sistema para edificarla. Esos días perfectos, parecen sostenidos en algo leve, inestable, tan frágil que un soplo puede convertirlos en polvo.

Esos días perfectos, parecen sostenidos en algo leve, inestable, tan frágil que un soplo puede convertirlos en polvo.

“Días perfectos” fue, sin dudas, una de las mejores películas que figuraron entre las nominadas en la última entrega de los premios Oscars, en los que “Oppenheimer” se alzó con casi todos los galardones. Se fue sin nada en las manos, aunque haya devuelto al mejor Wenders a los cines (y qué importan los premios si la película existe).

El filme es tan bello como desolador. Es que allí donde sólo podría verse la mansa alegría que un señor encuentra en la sencillez cotidiana, en sus rutinas ancladas en el mundo analógico (le gusta leer libros de papel que retira de una biblioteca, sacar fotos con rollos, llevarlos a revelar, guardarlos en una cajita), en su dedicación casi absoluta a su trabajo, que es el de limpiar los baños públicos de Tokio (baños de un rara belleza arquitectónica, que el director filma con un pulcritud equivalente a la de su personaje), allí, en esa mansa alegría que él encuentra, puede entrar, como un zarpazo oscuro y desprevenido, la inestabilidad, la tristeza profunda del pasado, el desgarro.

La película sigue la rutina de Hirayama, interpretado por el excelente actor que es Koji Yakusho (ganador del premio al mejor actor en Cannes por esta película). Hirayama tiene cada día una rutina que no se sale de su eje: lo despierta el sonido de una escoba de una mujer que barre la calle en su vecindario, enrolla su delgado colchón, riega sus plantitas, se lava, abre la puerta, mira el cielo casi con una sonrisa beatífica, como agradeciendo por lo que vendrá, compra una latita de café helado y parte a limpiar los baños públicos de Tokio (que hay que decirlo, porque en verdad este filme germinó gracias a los dueños de Uniqlo, dueños también de los baños públicos de Japón, que contrataron a Wenders para mostrar cómo son esos baños públicos: son, francamente, preciosos) en su combi perfectamente equipada para hacer su labor.
Todos los días son iguales. El tiempo es una sucesión de rutinas, de baños públicos, de pequeñas situaciones que parecen mostrar la bondad de Hirayama, de algunos diálogos con su compañero de trabajo (un joven más bien tarambana, enamorado y poco solvente).

Pero la película le agrega una sutil, nada explícita, intromisión del pasado, una visita que desestabiliza el orden sagrado de Hirayama. Hay un misterio sobre el que el filme decide sabiamente correr un velo, sugiriendo apenas que hay algo doloroso detrás. De Hirayama sólo adivinamos que es un gran lector, que le gusta el rock de los años ’60 y ’70 (The Animals, Lou Reed y su bellísima “Perfect Day”, Van Morrison, Patti Smith), que escucha solamente en cassettes cuando está al volante, y su colosal soledad.

Y entonces, esa rutina, tan precisa, tan milimétricamente precisa, se ve alterada, y a partir de entonces lo que parecía puro espíritu zen de un hombre que fotografía el brillo de sol colándose en los árboles con una cámara analógica, que lee a William Faulkner («Las palmeras salvajes», de William Faulkner; «Once», de Patricia Highsmith y «Árbol», de Aya Kōda, para ser precisos con todo lo que lee), y que sonríe ante la belleza del mundo, muestra grietas.

Y es ahí donde el mundo -su mundo sencillo, austero, solitario, zen y aparentemente feliz- muestra otra cara, desencajada, quizás la más triste del mundo, aunque intente colar alguna sonrisa entre lágrimas, mientras suena «Feeling Good» de Nina Simone. Los días perfectos son una tela demasiado delicada, muy fácil de desgarrar.

Escrito por:

VERONICA BONACCHI

Jefa de Redacción Revista CUAD

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