Quimhue, o la odisea de un librero
Un breve y vertiginoso recorrido por el mundo editorial
Quimhue, o la odisea de un librero
Un breve y vertiginoso recorrido por el mundo editorial

Quimhue es la librería más antigua del pueblo y nos atrevemos a decir que de la patagonia. Lo cierto es que después de tanta historia, y entre tantos vaivenes culturales y editoriales, el libro todavía parece mantener algo de su mística. Fernanda, su dueña, a pesar de sus propias conclusiones, no puede dejar de reconocer que el libro y la lectura, parecen ser más resilientes de lo que se suele creer.

El frente reza, orgulloso y en letras doradas, los años de vida del local. Por detrás, la vidriera deja entrever parte del luminoso y delicado interior. Adentro reina una felicidad tranquila. Mesas, escritorio, bibliotecas, todo luce pulcro, ordenado, dispuesto para hacer brillar a los protagonistas del lugar: los libros.
Quimhue, claro, no necesita más presentación. Su historia y sus diferentes responsables la han convertido en un alegre suceso para la ciudad: es la librería más antigua de la Patagonia. Sin embargo, eso es solo un hito. Fernanda Salgado, alma mater del lugar, sabe que no puede descansar en los laureles. Tantos años en la actividad han templado su carácter. Los sucesivos e intensos vaivenes del mundo editorial, la han hecho dar cuenta de que el camino recorrido es para enorgullecerse, sí, pero mantener vigente el espíritu de la librería, requiere de más. Mucho más.

“Ser librero hoy, básicamente, es apostar por el libro, por la lectura, y saber que no vas a tener plata, que no estás haciendo negocio. Pero no siempre fue así.
En los comienzos de la librería vi otra cosa. Mamá fundó Quimhue en 1968. En ese entonces, la industria editorial argentina era una verdadera gloria. Con decirte que España no existía. Todas las editoriales tenían sus casas matrices en la Argentina. A la librería venían, desde Buenos Aires, 5 viajantes por mes. Viajantes contratados por las editoriales, con sueldos y comisión”.

Ser librero hoy, es apostar por el libro, por la lectura, y saber que no estás haciendo negocio. Pero no siempre fue así.

Pablo de Dios / Docente

A Fernanda le destellan los ojos al hablar. No es para menos. Se refiere al último periodo de la edad de oro en la industria editorial argentina. Un tiempo signado por grandes fomentos al libro, enormes tiradas, colaboración entre los diferentes actores de la actividad y, sobre todo, la sensación de estar construyendo una industria que marcaba época.

“El sentido de la industria, en ese entonces, era crear fondos editoriales de prestigio, no era una cuestión netamente comercial. Emecé, por ejemplo, tenía la colección El Séptimo Círculo, cuyos primeros títulos los eligieron Borges y Bioy Casares. O la colección Grandes Novelistas, en la cual editaban a enormes autores que, en ese momento, eran totalmente desconocidos. Es decir, había una apuesta muy grande por la literatura. Las tiradas eran inmensas. Recuerdo que la editorial Plus Ultra, que entre otras cosas se dedicaba a clásicos políticos argentinos, hizo una tirada de 13000 ejemplares de Las Bases de Alberdi. Una verdadera locura. Pero, además, se comenzaba a construir toda una mística alrededor del libro. La editorial Losada, por ejemplo, había sido creada por españoles que escapaban de la guerra civil. Lo primero que publicaron fue poesía, porque todos ellos eran poetas exiliados en Argentina. Y qué decir de los grandísimos editores. Boris Spivacow, que armó el proyecto del Centro de Editores de América Latina ¡Metió a los libros en los quioscos! Libros muy baratos y de grandes autores. Saer y Andrés Rivera publicaron sus primeras novelas ahí. O Paco Porrúa, editor de Sudamericana, que le mandó plata a García Márquez para que terminé Cien años de soledad. Esa anécdota es real. Y es una de las razones por las que Garcia Marquez jamás se fue de Sudamericana. Esos pactos de honor ya no existen”.

Entre todo ese caldo de cultivo, en la librería también pasaban cosas. Eran años de intensa actividad política y social. Fernanda recuerda aquellos tiempos con un dejo de nostalgia. Ríe al repasar los pormenores de una niñez y una adolescencia marcadas por las discusiones y los debates que se producían en su casa y en la librería.

“Mi casa estaba muy politizada. Mi hermano era militante del Frente de Izquierda Popular. Mi hermana era de la Juventud Peronista. Las peleas entre esos dos eran monstruosas. Y mi viejo, abogado defensor de presos políticos, militante de la Democracia Cristiana, bastante antiperonista también, estuvo en Trelew, en el Foro por los DDHH. Por todo esto, las discusiones eran moneda corriente. Y de alguna forma, eso también sucedía en Quimhue. Mi mamá siempre había querido tener una librería. Era su sueño. Sin embargo, recuerdo que decía: quiero que se haga la revolución, que me expropien la librería y me dejen como empleada. Es esa mística de la que hablaba antes. En Quimhue, siempre había 5 o 6 personas debatiendo, todas de distintas facciones políticas. Discutían a los gritos. Mamá tenía que parar todo y obligarlos a bajar el tono. Y también había muchos adolescentes, estudiantes de secundaria que se rateaban de la escuela e iban a leer a la librería”.

En 1977, la dictadura hizo una requisa en la librería. Detuvieron por seis meses a Bocha Battistesa – madre de Fernanda y fundadora de Quimhue – y a Perla Berlatto – su socia – por tenencia de libros prohibidos. Perla se exilió en España, y Bocha, luego de ser liberada, y de que el terrorismo de estado desapareciera a María Victoria Salgado, una de sus hijas, continuó con la libreria. Son años signados por la tragedia, la caída de la producción de libros, y la censura. Un verdadero desplome.

“Sin embargo, luego de la dictadura y la quema de libros, hubo un resurgimiento editorial, principalmente por la publicación de libros prohibidos y ensayos sobre el proceso. Pero duró poco. Porque ni bien comenzaron los 90´, las editoriales empezaron a irse a España y a formar grupos multinacionales.”

Fernanda baja la voz. Los años noventa implicaron un proceso de compra y concentración de editoriales nacionales por parte de conglomerados extranjeros. Entre 1998 y 2000, el grupo español Planeta (que controla el 20% del mercado editorial argentino) adquirió Emecé, Tusquets, Paidós, Minotauro, Seix Barral y Espasa Calpe, entre muchas otras. Sudamericana, en 1998, fue adquirida por el grupo alemán Bertelsmann, propietario de Random House, Grijalbo, Mondadori y Lumen. El grupo español Prisa, adquirió Santillana, Alfaguara y Taurus. Así, las grandes trasnacionales extranjeras comenzaron a controlar la mayor parte de los títulos disponibles en la Argentina. Esto se tradujo en otras forma de edición, más globales, y en la construcción de un mercado de libros con una tendencia hacia el “bestseller”. Un punto final en la lógica del negocio de tradición familiar.

“Cambió todo – dice Fernanda – la única editorial de esa época que no fue vendida a un grupo es Anagrama. Gracias a las multinacionales, se priorizó lo estrictamente comercial, y empezaron a gobernar otras dinámicas. Hasta ese momento, la relación que prevalecía era la de librero – editorial.
Y si bien ya había algunas distribuidoras muy importantes, como Tres Américas, lo cierto es que eran muy pocas. En cambio, a partir de ahí y hasta el día de hoy, casi todas las librerías, salvo las viejas que tenían cuentas desde hacía mucho tiempo – como Quimhue -, dejaron de relacionarse directamente con las editoriales y se vieron forzadas a trabajar con las distribuidoras. Además, pasa a imperar la lógica de la venta inmediata. Por ejemplo: si Planeta edita un libro, y ese libro no vende más del 50 % de la edición en un mes, va a saldo. Es decir, los grandes grupos necesitan de una venta rápida. Es por eso que, inclusive, no editan clásicos de su propia editorial. Porque no venden.”

Entre todos esos cambios, la librería, el último eslabón del circuito, es la que más sufre. Fernanda niega con la cabeza. Mientras piensa y reflexiona, posa sus ojos en los estantes llenos de libros.

“Hoy las editoriales te facturan y te ponen fecha de vencimiento el mismo día de la factura. Hay quienes todavía mantienen cierto margen, pero son muy pocas. Digamos que la industria perdió parte de su mística. Ahora, la mayoría de los editores tienen otras tareas. No solo tienen que leer, sino que tienen que enfrentar al directorio de las multinacionales. Tienen la obligación de convencerlos de que, con los libros que editan, no van a perder plata. Inclusive, hay muchas editoriales en las cuales el autor tiene que pagar sus propias ediciones. Y ni hablar de las tiradas. Hoy es raro que el colofón informe la cantidad de ejemplares. Y eso es porque cada vez son menores. Una novela que, suponen, va a ser un éxito, puede tener como mucho 3000 ejemplares.”

A todo esto, falta sumarle la influencia decisiva que, en el mundo de los libros, tuvo la tecnología. Aparecieron nuevas formas de lectura. Pero, además, internet, los dispositivos celulares, toda una cultura de la inmediatez que alteró significativamente la forma en que consumimos contenidos.

“Las nuevas tecnologías también lo cambiaron todo. No por los nuevos soportes de lectura – la computadora y el libro digital – porque, la verdad, el libro físico se sigue leyendo. Pero las plataformas digitales, esas sí que son son las grandes enemigas de la lectura. Hay una cosa que tiene que ver con la aceleración de los tiempos. Una especie de atención mínima y fragmentada. A veces, pareciera que la gente ya no quiere leer para reflexionar. Son pocos, por ejemplo, los que leen libros sociológicos enteros. En mi caso, no puedo dejar un libro a medio terminar. Pero sé, por ejemplo, que en las universidades fotocopian los capítulos de los ensayos. Y eso sí se lo debemos a Netflix. De hecho, una cosa que pasó en la pandemia y que es muy ilustrativa de esto que estoy diciendo, es que a los tres o cuatros meses de iniciada la cuarentena, la librería comenzó a vender mucho más. Tal vez, fue uno de los momentos en que más vendió de los últimos años. Y eso es porque la gente se había cansado de las plataformas.”

Las plataformas digitales, esas sí que son son las grandes enemigas de la lectura. A veces, pareciera que la gente ya no quiere leer para reflexionar.

Pablo de Dios / Docente

A pesar del panorama gris en el que se encuentran las librerías y el mundo editorial, lo cierto es que hay algunos datos que, entre tanta desventura son, al menos, paradójicos.

“Lo que ha crecido exponencialmente es la cantidad de títulos. Es tan grande que es imposible de asir. Ya no se puede leer todo. Por suerte, todavía tengo un par de amigas en las que confío plenamente. Confío en ellas y en sus lecturas. Entonces, cuando ellas me recomiendan algún título, tengo plena seguridad en que también se lo puedo recomendar a mis clientes. No sé, supongo que este crecimiento se debe a la globalización y al acceso que hay a nuevos autores. Y sospecho, también, que tiene que ver con el crecimiento inusitado de las editoriales independientes, lo que es un fenómeno bastante raro. Si me pongo a analizar un poco hay, fundamentalmente, tres tipos de editoriales: por un lado, aquellas que se sustentan con fondos propios. Es decir, gente que puede bancar sus propios proyectos y que están interesados en la cultura y los libros. Adriana Hidalgo, por ejemplo. O la Bestia Equilatera. Por otro lado, aquellos que son laburantes. Editoriales que son sostenidas por uno o dos emprendedores que hacen todas las tareas de una editorial y tienen, como mucho, veinte títulos editados, como es el caso de Concreto. Por último, aquellos que han encontrado un nicho. Asunto impreso, por ejemplo, con una estética muy específica.”

Lo cierto es que después de tanta historia, y entre tantos vaivenes culturales y editoriales, el libro todavía parece mantener algo de su mística. Fernanda, a pesar de sus propias conclusiones, no puede dejar de reconocer que el libro y la lectura, parecen ser más resilientes de lo que se suele creer.

“Si bien creo que el futuro inmediato es negro, la verdad es que el libro, en tiempos de crisis, se la rebusca para seguir circulando. Las librerías venderan menos, eso es seguro, porque los precios de los libros han aumentado significativamente y no es un artículo de primera necesidad. Sufriremos, sobre todo, las librerías del interior, que respecto a las de Buenos Aires tenemos dos desventajas: el flete, y el estar tan lejos de las editoriales y de muchos de los autores. Habrá que buscar modos. Todos los años hacemos la feria de saldos, en las cuales se venden libros muy baratos, o el club de lectura, ese hermoso proyecto que hicimos con Vero Bonacchi y que ahora lo dejamos en suspenso hasta que podamos volver. Pero, repito, en tiempos de crisis, el libro se las arregla. Se los prestan entre amigos, se sacan de las bibliotecas. De hecho, casi toda mi biblioteca personal es de libros usados. No tengo dudas, el libro sigue y seguirá vigente.”

Mientras concluye, Fernanda saca obras de los estantes con la misma pericia con la que un cirujano opera. En sus modos, en sus reflexiones, en su apertura a la conversación y la escucha, se pueden entrever retazos de una vida dedicada a los libros. Cuando se la anima a meditar sobre ellos y sobre Quimhue, gesticula, abre los ojos, parece encenderse.

“Yo creo que la librería marcó una diferencia en la época de mamá. Ahora, no lo sé. En algunas personas reconozco cierta gratitud, cierta lealtad. Quimhue ha pasado por varias crisis y, por suerte, puedo decir que hay personas que todavía se dedican a ayudar y solucionar realmente los problemas de la gente. Desde personas que vuelven frecuentemente a la librería, porque les he hecho una recomendación que les gustó, hasta algún gerente de banco que me aconsejó sabiamente para poder administrar las cuantiosas deudas que hemos tenido años atrás. Porque la verdad es que la librería ha sobrevivido haciendo un equilibrio de esas deudas. Mamá, en sus tiempos de jubilada, sacó créditos para poder saldarlas. Yo misma, en su momento, cuando trabajaba en otro lugar, deposité mis aguinaldos. Puedo decir que sé administrar mejor las deudas que las ganancias, eso es real. Sin embargo, creo que lo que más llama la atención de la librería, es el valor de nuestra palabra. Decir siempre la verdad. Eso es algo que me traspasó mamá. Hemos sido honestas para poder saldar las deudas que teníamos y, también, recomendado libros, que es lo que hacemos. Quimhue es de gente que lee y es curiosa. Todas las personas que estuvieron a cargo de la librería lo han sido. Yo misma, en este momento en que estoy sin auto, hago dos cuadras de más para tomar la línea de colectivo que más tarda a la librería y así, poder leer durante el viaje. Entonces, es imposible que venda un libro que crea malo, a no ser que me lo pidan específicamente. Es así, no puedo vender cualquier cosa. Después de todo, ese es el estilo Quimhue.”

Fernanda se acomoda en el escritorio. Ceba un mate y espera al próximo cliente: un viejo amigo que vuelve, un adolescente que le comentará sobre una saga, un niño que está comenzando a leer, mientras que la señora mayor que lo acompaña, se sienta con ella a charlar. Entretanto, en las estanterías, los libros reposan, iluminados y tranquilos. Tal vez, quién lo sabe, se sepan bien cuidados.

Escrito por:

PABLO DE DIOS

Colaborador Revista CUAD

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