Antes de profundizar sobre el tema, me gustaría hacer una pequeña distinción ¿es lo mismo el desarraigo que siente una persona que se muda por elección a un destierro forzoso, sin elección del sujeto? Parece que son sinónimos, pero hay una diferencia fundamental, en el desarraigo consecuencia de una elección, hay un deseo; mientras que en la segunda, no hay deseo, sino necesidad, en algunos casos de supervivencia. Los efectos de ambos cambia, ya que si bien el sujeto puede extrañar su lugar de pertenencia, cuando hay un deseo operando, se hace más soportable. En cambio, cuando ese deseo no existe, sino que se han tenido que ir por diferentes circunstancias, como puede ser una guerra, un exilio, la manera que el sujeto tramita o elabora es distinto. Tanto el destierro como el desarraigo están marcados por el trauma, ya que el irse, lo convierte a uno en extranjero, en un ajeno en el nuevo lugar, pero la carga traumática es distinta.
Tanto el destierro como el desarraigo están marcados por el trauma, ya que el irse, lo convierte a uno en extranjero, en un ajeno en el nuevo lugar, pero la carga traumática es distinta.
La soledad parece más íntima, más profunda, cuando un sujeto es desterrado. El lenguaje puede también ser un obstáculo, y aprender otro idioma, un desafío, en cada aprendizaje, está la marca de lo dejado. La pérdida del lugar de pertenencia se inunda de nostalgia, de recuerdos, de lo que fue, y de lo que podría haber sido. Las ruinas y los escombros, ya sean reales (por la guerra, inundaciones, etc. ) o simbólicos, atraviesan al sujeto de una manera que lo deja posicionado como el que fue “desterrado”. No hay elección, sino una decisión forzada. El dejar y el perder, no es por ir en búsqueda de algo mejor, sino como la única posibilidad de poder sobrevivir y toma otra dimensión para el psiquismo. Muchas veces encontramos en el discurso de esas personas una tristeza profunda, recuerdos que intentan atesorar como los más preciados.
El destierro era una medida practicada en la Antigua Grecia, conocida como ostracismo, donde una persona era condenada al destierro por comportamientos que alteraban la soberanía y ponían en riesgo o amenazaban la armonía de un Estado. La persona tenía que irse de la ciudad por 10 años y si intentaba regresar antes de ese tiempo era condenado a muerte. Sumergiéndonos al origen del destierro, la religión nos habla de la primera condena humana, el destierro de Adán y Eva del Jardín del Edén, a causa del pecado (por morder el fruto prohibido). De este modo, lo perdido no se recuperará jamás, y está enmarcado por la culpa. Hay una consecuencia sin retorno posible, donde jamás se volverá al mismo Jardín.

¿Es lo mismo cuando luego de un tiempo se puede retornar a cuando ya no hay retorno posible? ¿Es el mismo duelo que se hace cuando existe la posibilidad de volver que cuando no? ¿Y pasado un tiempo considerable, se vuelve al mismo lugar del que uno se fue y uno es el mismo? La función del duelo en el psiquismo de un sujeto es elaborar la pérdida, pero cómo eso se lleve a cabo, dependerá de la singularidad de lo que se ha perdido para el mismo. La imposibilidad de retorno, o el miedo a retornar, irremediablemente lleva al sujeto a tener que realizar algo con eso. Hay diferencias significativas cuando el trauma es mayor.
¿Qué es un trauma? Una de las funciones básicas del aparato psíquico es reestablecer el equilibrio perturbado por un estímulo externo. La intensidad del impacto sentido por el sujeto es subsidiaria de cómo se conjugan su pasado y su presente. En general, cada sujeto tiene su propio umbral de ruptura. Es en un momento posterior (apres coup) cuando el sujeto adjudica al acontecimiento su carácter traumático, y esta lectura dependerá de su historia.
Por otro lado, si se toma el modelo del fort-da, el sujeto se estructura sostenido en la relación con un otro que, lejos de ser una ayuda constante, se aleja, pero retorna. Para que la dimensión simbólica se constituya, es necesario el alejamiento del otro, pero si no retorna, queda una fisura, una hiancia. Se trata entonces de dos nostalgias (nostalgia viene de retorno: venir y volver). Freud afirma que el retorno es fundamental en lo referente al objeto. El objeto, subraya, sólo consigue constituirse en el desarrollo del sujeto bajo la forma del objeto vuelto a encontrar. En el destierro, falta el segundo momento, no hay regreso. Las fantasías de retorno que están presentes no tienen posibilidades de ser concretadas en el destierro, y la posición de extranjero está presente con mayor fuerza. El irse para salvar la propia vida, sólo se justifica si “valió la pena” tanto dolor. El exilado carga, entonces, con la necesidad de legitimar y justificar su permanencia en el país que lo ha recibido, como un sentimiento de culpa. En consecuencia, la posibilidad de darle un sentido y de superar la fractura del exilio como momento traumático es un paso importante en la propia historia. ¿Por qué ese sentimiento de culpa? Primero por irse de su lugar de pertenencia, segundo por no poder retornar. Sucede a menudo que los extranjeros acomodan su vida a una nueva lengua, nuevas costumbres y cultura, relegando de esta manera sus legados originales. Pertenecer al nuevo lugar que les dio cobijo, significa sacrificar en algún punto sus orígenes, no sin culpa.
la posibilidad de darle un sentido y de superar la fractura del exilio como momento traumático es un paso importante en la propia historia.

Desde el psicoanálisis sabemos que siempre hay algo oculto, desconocido para el propio sujeto, es decir, uno es extranjero para sí mismo, porque existe el inconsciente que es incognoscible, y hay un aspecto de extrañeza que subsiste en la relación con los otros. Nunca conocemos al otro del todo, ni tampoco a nosotros mismos; pero eso se mantiene de alguna manera tamizado, solapado. Ante el sujeto extranjero retorna aquello propio que estaba destinado a permanecer oculto para nosotros mismo, lo Unheimlich. El propio inconsciente resulta ubicado en el extraño. Se observa que el yo narcisista y arcaico, proyecta fuera de sí lo que experimenta como peligroso. Entonces el exilio como fenómeno social conmueve no solo la identidad del extranjero y del nativo como identidades disonantes sino también a aquella identidad inconmensurable de toda subjetividad que experimenta la extrañeza. El exilio “instala” una “fractura subjetiva”. La Otredad cuestiona al nativo en múltiples formas. Una de ellas puede ser la pregunta, *no sos de áca, no? *, marcando el límite de lo exterior de lo interior, lo ajeno de lo propio, pero en realidad ¿qué es lo propio, lo natal?
Retomando el destierro simbólico del cual hice mención anteriormente, me gustaría ejemplificar con la familia. En una familia existe un integrante que es expulsado de la misma, no sólo no puede estar en las reuniones familiares, ni pisar la casa de origen, sino que además es silenciado por los integrantes de la misma. No se habla de él, no se nombra, como si nunca hubiese existido. El sujeto que es desterrado del discurso, puede volver e imponerse, exigir su lugar del cual lo sacaron, pero esa fantasía aunque se concrete, la marca del destierro está ahí. Hay una película infantil, “Encanto”, donde hay una canción que dice “No se habla de Bruno”. Un tío que desaparece (se auto destierra) y en la familia se deja de hablar de él, porque hay algo que se quiere ocultar, algo siniestro, algo que rompe con la armonía de esa familia. Aquí podemos observar que el destierro ya no es geográfico, sino simbólico. Me pregunto, ¿aunque el destierro sea geográfico no hay también un componente simbólico? La respuesta a la que llego es que sea geográfico o no, lo simbólico siempre está.
Me pregunto, ¿aunque el destierro sea geográfico no hay también un componente simbólico? La respuesta a la que llego es que sea geográfico o no, lo simbólico siempre está.

Hay distintos exilios conocidos en la historia, y también dentro del propio psicoanálisis, como quienes huyeron de Argentina en la década de los setenta, marcada por una sociedad verticalista, autoritaria y dictatorial, como para quienes a finales de los años 30 y en la década de 1940 encontraron refugio al huir del nazismo o del franquismo. No hay dudas de que el psicoanálisis es disruptivo, donde se cuestiona todo orden existente, el social, el disciplinar y el subjetivo. Sin ir más lejos mi madre, estudiante de psicología en la Universidad de La Plata, tuvo que exiliarse por la dictadura militar. Volver a estudiar, reencontrarse con compañeros desaparecidos o esparcidos por distintos puntos del país o en otros países, fue para ella un hecho traumático. Muchos años se mantuvo “silenciada”, sin poder nombrar y contar. Es que el miedo produce también efectos sobre el lenguaje, donde no hay significante que pueda dar sentido al sin sentido del horror. El destierro fue simbólico. Pudo regresar, seguir estudiando, pero ya nada fue lo mismo, todo cambió. Las escaleras de la facultad estaban marcadas por las huellas de los caballos de los militares. El miedo estaba en cada pared, en cada pasillo de la facultad. El impacto traumático del exilio, se convirtió en destierro subjetivo.
La palabra es un intento de elaborar la pérdida, y por ello les comparto el lenguaje de mi exilio. Un poema para mamá, Mónica Nidia Rajneri, en tu tierra, la revista Cuadernos, que ahora se llama Cuad pero que tiene tu esencia que jamás será exiliada.
Hay en ese estante, algo tan insignificante,
tal vez sea una pelusa
o un pelo olvidado.
Pero está ahí.
No puedo dejar de mirarlo,
como si me interpelara,
“¿qué miras vos con ese gesto, como si te importara?”
Bajo la cabeza,
me da algo de vergüenza.
Creo que se dio cuenta,
y las verdades,
esas que duelen no tienen nombre ni palabras,
sólo silencios ahogados en el pecho.
Me dan ganas de limpiar,
de agarrar el trapo y que todo se vaya,
que no haya marca ni prueba que eso existió alguna vez.
Pero por más que obsesivamente limpie,
esa pelusa insignificante sigue ahí, como riéndose de mi.
Exhausta, con olor a lavandina,
Blem, y ya no sé cuantos productos más,
observo ese estante.
Y ahí está. Inmutable.
En cambio yo,
derrotada,
asfixiada, rompo en un llanto,
esos que sólo quienes saben de ese dolor pueden reconocer.
Aunque lo intente, no se va.
Es que ese vacío en la estantería, ahora con esa pelusa de decorado,
es un espejo.
Una ausencia.
Es el recuerdo y la nostalgia.
Tal vez sea esa imagen inmensa,
ese rastro de humedad que cala los huesos.
Quizás no sea realmente la pelusa,
sino los hilos revueltos que me atan a ella.

Escrito por:

AYELEN PUPPO
Colaboradora Revista CUAD