Se nos pasó el agua
Escrito por Leandro A. Lopez
Se nos pasó el agua
Escrito por Leandro A. Lopez

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Bajé las escaleras como si con mi prisa pudiera adelantar el tiempo, salteando escalones, esquivando zapatillas abandonadas en el pasillo como islas de un archipiélago doméstico. Quise que todo fuese perfecto, un acto de equilibrio imposible entre la tostada dorada y el agua a punto. Repasemos: en un torneo de fracasados salgo segundo. Fracasaría en el intento. Pero en coraje, a ese no me lo gana nadie. O eso me dije ese domingo.

No quise despertarte. Estabas tapada hasta la pera, respiración pausada, una paz tan frágil que temí romperla con sólo mirarte. Era una postal de un lugar al que ya no llegábamos tan seguido. Cuando abriste los ojos, no fue para verme a mí o al mate que te ofrecía; fue para constatar un hecho, una ley física incumplida:

—El agua está pasada.
Y yo, torpe, soldado derrotado en la primera batalla, apenas atiné a balbucear:
—Quería que descanses.

Tenés razón. El agua hirvió de más. Se tira, se vuelve a hacer. La yerba está cara, lo sé. Pero no discutíamos por el agua. Discutíamos por el símbolo. Un mate a tiempo es una tregua, un armisticio de cinco minutos frente al avance de la semana. Yo quise darte eso y, por querer darte también la tostada perfecta, la mermelada de frutilla que elegimos juntos ayer para este momento exacto, el agua se pasó. La perfección es una tirana. Yo, su sirviente más inútil.

Desayunamos separados. Vos en el quincho, con el crujido del pan sonando como un aplauso solitario. Yo en la cocina, escuchando el eco de tus reclamos, que nunca eran sobre la yerba quemada, sino sobre todas las veces que mi torpeza había dejado hervir algo que debería haber estado tibio.

Pensé que el almuerzo sería mi redención. La cebolla picada fina, el vapor de la olla empañando la ventana, dibujando un mapa de humedad sobre el vidrio. Un rito. Cuando apoyaste la tabla de madera sobre la mesada, un gesto simple y cotidiano, mi corazón dio un vuelco. Ahí estabas. Ahí estábamos. Era la esperanza de un domingo, frágil y dulce como el aroma de la salsa.

Duró lo que un fideo tarda en cocerse. La tarde se enredó en madejas de reproches viejos y silencios nuevos. El sol se fue detrás de la medianera, arrastrando la luz y llevándose consigo las ganas de pelear. En un momento, clavaste la mirada en algo que estaba detrás de mí, en el pasado, y dijiste:

—No es el agua. Nunca es el agua.

Y me quedé mudo, porque es la verdad más grande y terrible que compartimos. No es el agua. Es la acumulación de todas las aguas que se nos pasaron, de todos los minutos de más, de todas las oportunidades que dejamos hervir hasta evaporarse.

Este domingo lo busqué con uñas y dientes. Lo intenté hasta quedarme sin aire. Mañana será lunes, pero la semana no empieza los lunes. La semana empieza en el cansancio acumulado de un domingo fallido, en la resaca de una batalla que no se libró. Y yo no me presentaré a esas batallas —ni a las tuyas, ni a las mías, sobre todo a las mías— si no tengo la certeza de que, al final del día, tu abrazo será la tregua que nos salve de perdernos por completo en esta guerra silenciosa. O quizás, por un simple hervor.

Escrito por:

 LEANDRO ARTURO LÓPEZ

Colaborador Revista CUAD

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