Vivimos en una época donde detenerse parece un lujo. La sociedad actual, cada vez más acelerada, premia la rapidez, la productividad, la inmediatez y la disponibilidad constante. En este contexto, la hiperactividad —ya no como diagnóstico clínico, sino como forma de vida— se volvió casi un valor, una manera de pertenecer. Estar ocupado, exigido, sobrecargado, incluso agotado, es leído como un hito de compromiso, éxito o fortaleza. Sin embargo, detrás de esta cultura del “hacer sin parar” se esconde un costo profundo que impacta en la mente, en el cuerpo y en la forma de habitar la vida.
La hiperactividad cotidiana no siempre surge de tener demasiadas cosas para hacer; muchas veces nace del miedo a detenernos. Frenar implica escucharnos, registrar el cansancio, contactar con el vacío o enfrentar preguntas que evitamos desde hace tiempo. Por eso, el movimiento constante funciona como un refugio disfrazado de productividad. Como si estar en acción fuera una manera de silenciar todo aquello que se vuelve difícil cuando aparece el silencio.
Las neurociencias ayudan a comprender esta dinámica desde adentro. El cerebro humano está diseñado para alternar entre momentos de activación y momentos de reposo. Cuando la activación se mantiene sostenida —por demandas laborales, académicas, familiares o por autoexigencia— los sistemas de estrés entran en funcionamiento: aumenta el cortisol, se hiperactiva la amígdala, se reduce la claridad cognitiva y disminuye la capacidad de regulación emocional. La corteza prefrontal, encargada de la planificación, la atención y la toma de decisiones, se satura, generando más impulsividad, irritabilidad y confusión.
El ocio —tan subestimado en la cultura del rendimiento— no es sinónimo de pereza. Desde las neurociencias, el ocio cumple funciones esenciales: permite reorganizar información, consolidar memorias, estimular la creatividad y activar la red neuronal por defecto, un circuito asociado a la introspección, la imaginación y la identidad, “el pensar hacia dentro”. Es en esos momentos de “no hacer” donde el cerebro integra experiencias y recupera equilibrio.
Sin embargo, el ocio genera miedo en muchas personas. El silencio, la pausa o el aburrimiento pueden activar sensaciones que incomodan: ansiedad, tristeza, soledad, miedo a perder el control, el exceso de autocrítica o desconexión. Por eso, sin darnos cuenta, buscamos llenar los huecos con tareas, pantallas, notificaciones, preocupaciones o exigencias autoimpuestas. Nos convencemos de que “no tenemos tiempo”, cuando en realidad no tenemos permiso interno.
La hiperactividad también funciona como una forma de evitación emocional. Evitamos sentir angustia, soledad o cansancio. Evitamos conectar con el cuerpo, que a veces trae señales de tensión o agotamiento. Evitamos preguntas internas que duelen. Y cuando el cuerpo no puede más, se expresa: ansiedad, insomnio, irritabilidad, desconexión emocional, baja tolerancia a la frustración o sensación de vacío.
El cerebro no fue diseñado para sostener una vida sin pausas. El descanso no es un premio, sino una necesidad fisiológica. La plasticidad neuronal, base del aprendizaje y la adaptación, no ocurre en momentos de sobrecarga, sino en estados de calma. El ocio favorece la regulación del cortisol, disminuye la actividad de la amígdala y mejora la conectividad prefrontal, aumentando la claridad mental y la capacidad de introspección.
Detenerse, entonces, se vuelve un acto de valentía. Animarse a la pausa es permitir que el cuerpo hable, que la mente se acomode y que las emociones encuentren lugar. El ocio no es tiempo perdido: es tiempo recuperado. Es la posibilidad de reencontrarnos con nuestra sensibilidad, creatividad y necesidades más profundas. En un mundo que exige celeridad, el desafío es recuperar el derecho a la pausa, al silencio y al descanso.
Conclusión
La hiperactividad en la sociedad actual no siempre es productividad: muchas veces es una respuesta emocional disfrazada, una forma de evitar el contacto con uno mismo. Desde las neurociencias sabemos que el cerebro necesita pausas, silencio y estados de baja exigencia para funcionar plenamente. El ocio no es un enemigo; es reparación, claridad y presencia. En un mundo que empuja a correr, la verdadera fortaleza quizás esté en animarse a frenar, escucharse y elegir una forma de vivir más habitable y humana.
Escrito por:

JULIETA BUSCEAME
Colaboradora Revista CUAD
Julieta Busceame es Licenciada en Psicología, graduada en el año 2004, y cuenta con más de veinte años de trayectoria en el ámbito clínico. Nacida en La Plata, realizó su formación escolar en la Escuela N.º 102 y posteriormente en el Liceo Víctor Mercante, por equivalencias. Su desarrollo académico incluye formación de posgrados en Neuropsicología, Evaluación Cognitiva, Terapia Cognitivo Conductual, Mindfulness, Adicciones y Selección de Personal, realizada en instituciones como la Universidad de Belgrano, la Pontificia Universidad Católica Argentina, la Universidad Favaloro, el Institute of Medicine and Psychology, la Universidad de Cervantes. Se desempeña como psicóloga clínica y perito, con experiencia en la atención de niños, adolescentes y adultos. Ha presentado diversos trabajos de investigación en congresos de APSA, UNLP, entre otros. Orienta su práctica al abordaje de trastornos de ansiedad, problemáticas emocionales, consumo problemático y adicciones, integrando modelos basados en la evidencia y aportes de las neurociencias.



