Kurt es un artista innato, tiene talento pero no sabe qué quiere decir. De niño pinta desnudos; en sus primeros años como adulto, retrata a la clase trabajadora; en sus treinta, sufre una crisis creativa: prueba abrirse a otras técnicas y escuelas pero nada expresa quién es. Todo es impersonal, insignificante, vacío como un lienzo blanco. La respuesta está en su vida, en sus mentores.
En el cine es usual la figura del maestro, el guía, el tutor: un profesor, un familiar, un ejemplo que el protagonista debe seguir, incluso superar. Es un arquetipo de personaje clásico en el camino del héroe, una estructura de los relatos épicos que implica un viaje, una iniciación, un retorno.

En Werk ohne Autor, que en español significa trabajo sin autor pero que en Argentina fue traducida como Nunca apartes la mirada, no hay un único mentor: son varios, se complementan, se oponen. Kurt no debe superarlos, el suyo es un viaje de autodescubrimiento: debe encontrar su voz, su arte tiene que ser íntimo y universal.
Kurt, el protagonista del film, no debe superar a sus tutores o mentores. El suyo es un viaje de autodescubrimiento: debe encontrar su voz, su arte tiene que ser íntimo y universal.
Ambientada primero en la Alemania nazi, luego en la Oriental y finalmente en la Occidental, el film dirigido por Florian Henckel Von Donnersmarck (autor de la también genial La vida de los otros, ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional) abarca tres décadas de la vida de Kurt Barnert, desde su infancia en Dresden hasta su adultez en Düsseldorf.
En Dresden, ingresa a la Academia de Bellas Artes para hacer pinturas al servicio del pueblo, siguiendo las máximas del realismo socialista impuestas en la Alemania Oriental. Su talento se limita a un estilo, una forma, pocos temas. En Düsseldorf, en la Alemania Occidental, la pintura figurativa que apasiona a Kurt es vista como antigua y burguesa. Es una escuela que apuesta por la libertad creativa, pero Kurt no se encuentra: no tiene temas, falla en encontrar una forma, adopta estilos que le son impropios.

Su primera mentora es su tía Elisabeth, que lo lleva a museos para alimentar su temprana pasión por la pintura. En Dresden, el guía desdeña de los cuadros de Kandinsky y de las esculturas de Eugen Hoffman, como manda el imperativo nazi: el arte moderno es degenerativo. A Elisabeth le gustan, Kurt mira en silencio.
Como también mira en silencio cuando su tía convence a varios colectiveros de que toquen sus bocinas al unísono. O incluso cuando la encuentra desnuda, tocando música de Bach en el piano, tras sufrir un brote luego de entregarle un ramo de flores a Hitler. “Nunca apartes la mirada”, le enseña ella, porque “todo lo que contiene belleza es verdadero”.
Elisabeth encuentra la belleza y verdad contenida en una única nota que después replica golpeándose en la cabeza con un cenicero. Antes de ser trasladada al camión que la llevará al programa de eutanasia nazi, ella le repite su enseñanza: “nunca apartes la mirada”.
Kurt no la aparta ni cuando las enfermeras nazis le impiden ver a su tía ni cuando descubre el suicidio de su padre: aprendió a mirar. Sus traumas se difuminan gracias al uso del fuera de foco, un recurso que se aplica con una creatividad pocas veces vista y que demuestra que Von Donnersmarck (y su protagonista) es un autor, aunque lo invisibilice, aunque mienta en conferencia de prensa.
Elisabeth es asesinada tras ser diagnosticada como esquizofrénica por el ginecólogo Carl Seeband pero Kurt nunca olvidará sus enseñanzas: la mirada es el gen del artista, la base sobre la que debe construir su arte.

En la Academia de Bellas Artes de Dresden, encuentra a su segundo mentor, Horst Grimma y al amor de su vida, Ellie, la hija de Carl Seeband (y esto no es una coincidencia telenovelesca, como algunos le critican, sino que se inspira en la historia del pintor alemán Gerhard Richter, al que muchos historiadores del arte le recriminan haber realizado una obra sin autor).
Grimma lo introduce en el realismo socialista. Él se opone al “yo, yo, yo”: el arte debe estar al servicio del pueblo y no a los intereses del artista. Kurt convierte a Ellie en su musa, en el centro de un cuadro con la revolución obrera como tema central. Él se transforma en el modelo de los trajes que ella diseña.

Carl funciona como un mentor que moldea la obra de Kurt, pero por oposición: quiere un retrato, y no una fotografía, que moldee su figura, que la embellezca, como si la pintura fuese más verdadera. Pero su suegro, que insiste en ser llamado Profesor Seeband, no es un tutor: no entiende la función del arte. Está al servicio de su ego, del “yo” que repudia Grimma.
En Düsseldorf encuentra a su tercer mentor, el profesor Antonious Van Verten, su guía final para el autodescubrimiento. Kurt recibe la ayuda de varios compañeros de la academia con buenas intenciones pero desinteresados por su experiencia personal. También funcionan por oposición, porque le enseñan qué es lo que no quiere para su obra.

Harry Preusser considera que la pintura es un arte en decadencia, antiguo, burgués. Le introduce un mundo nuevo, moderno, vanguardista. Kurt lo intenta: cuadros pintados con sus pies, lienzos que se rajan, obras que buscan ser originales, pero que no tienen nada para decir.
Harry insta a Kurt a encontrar una idea. Está convencido de que no la va a encontrar en los lienzos porque pasó de moda, como el folk o las películas mudas. Hay otros dos amigos que lo desvían de su búsqueda artística: Max, que está interesado en las papas; y Finck, que explica (y decora) para sus clientes el significado de sus decisiones estéticas para vender sus obras.
Van Verten reconoce en Kurt una mirada melancólica, un pasado triste, una experiencia personal reveladora. Pero eso no está en el arte que produjo en occidente. Su mentoría es definitiva, una sentencia estética: solo Kurt puede saber quién es.
El profesor intenta retratar en cada una de sus obras la verdad que descubrió cuando le salvaron la vida. Le interesa el mito, una sensación que replique todas las sensaciones: es la búsqueda de Elisabeth. Y espera que su aprendiz logre lo mismo. Es un mentor porque su enseñanza lo aleja de las distracciones, porque lo centra en su búsqueda.

Y Kurt es un hombre que no aparta la mirada, que la sostiene al enseñar su obra a Seeband. Es un hombre que encuentra la verdad en pinturas fuera de foco, es Ellie y Elizabeth, es tan íntimo que se vuelve universal, que refleja la lucha de tantos durante el nazismo sin resignar a su experiencia. Es un héroe que completó su autodescubrimiento, que aprendió de sus mentores y de sus falsos guías. Es un artista.



