Pichón
Escrito por Leandro A. López, con ilustración de Juan Soto
Pichón
Escrito por Leandro A. López, con ilustración de Juan Soto

Un cuento de Leandro A. López, a 50 años del golpe militar de 1976, que inauguró el período más violento y oscuro del país. Ilustrado por Juan Soto.

El día comienza

El domingo amaneció despacio, como si el sol también dudara en salir.


Manuel abrió los ojos, pero no se levantó. Se dejó caer otra vez en las sábanas, demorando el instante de ponerse de pie. En su cuerpo habitaba una contradicción que ya no intentaba corregir: despertar no significaba comenzar.
La cocina lo esperaba como un pequeño altar. Encendió la hornalla, llenó la pava, buscó la taza blanca con una mancha en el borde, el sobre de café instantáneo, el azúcar. Cada gesto tenía la parsimonia de lo sagrado. El café no era bebida: era permiso. Una redención privada antes de enfrentarse al mundo.


En la mesa descansaba un diario arrugado. Manuel lo ojeó sin ganas. Su padre solía leer así, con la vista clavada en los titulares, doblando las páginas antes de llegar al final. Recordó aquel gesto repetido en su adolescencia y el silencio que se imponía alrededor. No se comentaba nada. La dictadura había enseñado que la palabra era un riesgo y el silencio, una forma de sobrevivir. La voz de su madre volvía como un murmullo: “Mejor es no meterse.”


Ese recuerdo le amargó la boca más que el café. Tenía grabado a fuego el día en que un camión verde estacionó en la esquina de la plaza. Los soldados bajaron con los fusiles colgando, y los vecinos cerraron persianas sin preguntar nada. Él, con apenas catorce años, entendió que la brutalidad no se anunciaba: se imponía en silencio.


Sacudió la cabeza y dejó el diario a un costado. Hoy era domingo de elecciones y la jornada tendría la misma densidad que aquellos recuerdos. Se vistió con lentitud: camisa limpia, pantalón oscuro, abrigo gastado. Cada movimiento era una resistencia al apuro.


Caminó hacia la escuela con la solemnidad de quien acude a una ceremonia. La calle estaba húmeda de la llovizna nocturna; el barro se pegaba a las suelas, obligándolo a medir los pasos. Sonrió apenas: había algo en ese barro que lo reconciliaba con la tierra, con la crudeza de lo real. Filosofía y barro, pensó.


Antes de llegar se desvió por la plaza. Era su costumbre: detenerse para observar. El lugar estaba lleno de vida discreta. Mujeres peinaban a sus hijos, ancianos discutían en voz baja, jóvenes se reían sin demasiado entusiasmo. Manuel los miraba como un antropólogo sin libreta, atento a cada gesto. La democracia era eso: una mezcla desordenada de cuerpos, murmullos y fastidios.


Un grupo de militantes repartía boletas con sonrisas impostadas. Los empujones y los gritos le parecían parte del decorado. Para Manuel, cada boleta no era un papel más: era un testimonio, un fragmento de memoria. Pensó en su vecino guitarrista, aquel que una mañana desapareció y nunca volvió. Nadie preguntó. Nadie respondió. Mejor es no meterse.
Cada vez que veía una boleta socialista, pensaba que votaba también por él.


El olor a pan caliente salió de la panadería de la esquina y le llenó los pulmones. La filosofía se mezclaba con lo cotidiano: lo trascendente siempre venía envuelto en un detalle común. Se acomodó el abrigo, miró el cielo gris y murmuró para sí:
—No hay acto más íntimo que un voto. Y, sin embargo, no hay acto más público.


Avanzó hasta la puerta de la escuela. Allí lo esperaban los agentes de seguridad, uniformados, firmes como estatuas.
El verde de las telas le devolvió un latigazo de memoria: una tarde de 1981, él corría hacia el baldío con otros chicos cuando un soldado los frenó con un grito. No era la voz lo que lo asustaba, sino el arma colgando de la cintura. Nunca volvió a correr con la misma libertad.


Ahora, frente a esos uniformes, sintió el mismo frío en el estómago. No era odio, sino un dolor antiguo, como si el cuerpo recordara antes que la mente. La historia no desaparecía: se repetía disfrazada de seguridad.

El cuarto oscuro

La fila avanzaba con lentitud. Manuel escuchaba los rumores: faltaba el presidente de mesa. En su imaginación, esa ausencia se convertía en oportunidad. Se vio ocupando ese lugar, garante del deber cívico, militante del compromiso. Pero enseguida apareció otro hombre: saco liviano, sonrisa torcida. Nadie lo nombraba, todos lo conocían: puntero del partido liberal. En minutos, uno de los suyos quedó acomodado en la mesa.


Cuando por fin lo llamaron, Manuel firmó y entró al cuarto oscuro. El aire olía a polvo y confinamiento. Recorrió con la vista las pilas de boletas. Notó un hueco. Revisó una, dos, tres veces. La ausencia era evidente.


Salió y dijo en voz clara:
—Faltan boletas.
El presidente improvisado levantó apenas una ceja, como quien esperaba ese momento.
—No diga más nada, señor, cuidado con el voto cantado.
Los fiscales se acercaron de inmediato. Uno lo acusó de interrumpir el comicio. El puntero sonrió satisfecho. La treta funcionaba: cada vez que alguien señalara la falta, quedaba marcado como infractor.


La discusión subió de tono. Manuel, que rara vez gritaba, escuchó su propia voz desgarrada:
—¡El silencio es complicidad! ¡Ustedes quieren robarle la voz al pueblo!
El murmullo de la fila se transformó en ruido. Los uniformados se acercaron. Uno le tomó el brazo. Manuel sintió el contacto como un regreso a los ochenta. Se resistió apenas. El puntero ordenó:
—Está alterando el comicio. Llévenlo.


Lo arrastraron hacia afuera. El barro de la entrada se pegó a sus zapatos: la democracia también se ensucia, pero este barro no limpia: mancha, pensó.

Pichón

En la comisaría lo sentaron en un banco astillado. No hubo papeles, no hubo registros. Era invisible.
El olor a encierro le devolvió otro tiempo. No era la primera vez. Cerró los ojos.


—¿Usted también cayó por lo de las boletas? —preguntó un muchacho de no más de veinte años, flaco, con la campera mojada.
—Caímos todos por lo mismo, pibe —respondió Manuel—. Es una treta vieja. Yo ya la viví.
—¿Y entonces para qué seguir? —dijo el joven, bajando la voz.
—Porque justo por eso hay que seguir. Si el poder repite su trampa, nosotros tenemos que repetir la lucha. Para que algún día cambie el final.


El chico lo miró con un respeto súbito, como si hubiera encontrado en esas palabras un mapa secreto. No volvieron a hablar, pero el silencio entre ambos ya no era vacío: era complicidad.
Pasó una noche en una celda húmeda. Ahí recordó la primera vez que lo detuvieron.


La calle estaba llena. Cantos, bombos, una pancarta sostenida con las dos manos. Era el presidente de la Unión de Estudiantes Secundarios. El boleto estudiantil no era una consigna: era la forma de llegar. El golpe vino de abajo.En el pie. Bajó la vista. Una piedra. No llegó a entender de dónde había salido. Las manos llegaron antes. El cuerpo torcido. El ruido de la calle alejándose. Después, las palabras: disturbios, resistencia, alteración del orden. Todo demasiado grande para ese instante mínimo. La comisaría. El mismo olor. La misma humedad pegada a las paredes. Y entonces, la voz:
—No vas a levantar vuelo, pichón.
La risa.
Y el silencio.

Mucho después apareció un abogado.
—Ya salís —dijo.
Se llamaba Franco Menéndez. Estaba con su hija.
—¿Sos vos el que se animó a levantar la piedra? —le dijo con media sonrisa.

Desde entonces caminaron juntos. Militancia y amor. Convicciones y pulsaciones. Durante todo el secundario fueron inseparables: marchas, cuadernos de consignas, primeras noches largas en cafés baratos.
Hasta que llegó la fiesta de egresados. Esa noche, entre brindis y abrazos, Manuel conoció al abuelo de Mariela. Lo reconoció al instante: un general del Ejército, condecoraciones brillando en el saco. El mundo se le vino abajo. No preguntó nada, no explicó nada. Apenas se alejó. La relación terminó allí, con la música alta de fondo y un silencio entre ambos que ya nunca pudieron romper.


El banco de la comisaría crujió. Manuel volvió al presente.Abrió los ojos. Estaba otra vez ahí. Solo. La resonancia de aquella voz policial todavía lo perseguía: pichón, nunca vas a levantar vuelo.

La liberación

Las horas pasaron sin registro. Nadie tomó su declaración. Al caer la tarde, un guardia abrió la puerta y dijo apenas:
—Puede irse.
Nada más. No había acta ni huella. Como si no hubiera pasado.
Afuera, otros rostros conocidos: socialistas liberados sin papeles, todos entrampados por el mismo ardid electoral. Se miraron con complicidad amarga. La derrota estaba escrita de antemano.
Alguien había hecho un llamado. Un contacto viejo. Un abogado.

El desengaño

En la vereda, Manuel se ajustó el abrigo. Un hombre se le acercó con paso decidido.
—¿Vos sos Manuel? —preguntó—. Soy Martín Godoy, el marido de Mariela. Mariela Menéndez.
El nombre lo atravesó como un rayo.
—¡Mariela! —La palabra le salió como un golpe, involuntaria, temblorosa.
Un sudor frío le corrió por la espalda. Intentó negar, inventar una excusa, pero las palabras se ahogaron en su garganta. La mirada de Martín no era de confrontación, sino de una lástima devastadora que lo desnudaba por completo. No había escapatoria.


—Sí —susurró por fin, vencido—. La recuerdo.
—Conozco tu historia —dijo Martín—. En mi familia se habla siempre de vos. Vos pensaste que era nieta de un militar, ¿no? Muchos lo creyeron. Pero ayer llegaron los resultados de ADN. Ya sabés lo que eso significa.

Las palabras quedaron suspendidas como si alguien hubiera vaciado el aire. Manuel sintió un peso en el pecho, un nudo imposible de desatar. Vio otra vez a la joven con el cuaderno en la mano, escribiendo consignas con letras apretadas, el pelo pegado al sudor de las marchas, la risa breve después de cada consigna. Y él, a su lado, siempre a su lado, hasta aquella noche en que eligió alejarse.
Comprendió que la ruptura había sido su cobardía: no confiar, no preguntar, no sostener. Había amado a Mariela, pero la había dejado sola frente a una herencia que ni siquiera era cierta. Esa duda, más que la dictadura, había sido su verdadera traición.

El silencio y la palabra

La noche lo recibió con bocinazos y banderas liberales. En su casa, el silencio era más duro que el de la comisaría. No había nadie esperándolo. La soledad era su compañía más fiel.


Encendió el televisor: gráficos, festejos, derrota socialista. Volvió a la cocina. Llenó la pava. El vapor subía despacio, como un humo frágil que quería sostenerlo. Tomó la taza y la sostuvo un largo rato entre las manos. El café se enfrió antes de llevarlo a la boca.
Lo bebió igual. El amargo le recordó que aún estaba vivo, aunque despertar, otra vez, no significara comenzar, porque un pichón nunca levanta vuelo.

Escrito por:

Leando A. Lopez

Juan Soto

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