Nuestra Tierra y la construcción de relatos
Reseña del documental "Nuestra Tierra"
Nuestra Tierra y la construcción de relatos
Reseña del documental "Nuestra Tierra"

En su primer documental, Lucrecia Martel explora los mismos temas que en sus cuatro largometrajes anteriores.

Lucrecia Martel lo entiende: el tema es tan argentino como global. Tan histórico como presente. Lo entiende en el primer plano que abre su documental Nuestra Tierra, una vasta imagen cósmica que abre un recorrido desde lo universal a lo particular, desde los satélites que todo lo ven hasta los cerros de Tucumán que habitan los miembros de la comunidad Chuschagasta. “Señor, ten piedad de nosotros”, canta Mercedes Sosa, porque la mirada de Dios, presente en esos cenitales, es fundamental en el largometraje. De lo celestial a lo mundano.

¿A quién le pertenece la tierra? Es una pregunta fundamental que atraviesa a todos los países, culturas, religiones. Es una pregunta fundamental que atraviesa épocas, que aún no ha encontrado una solución. O mejor dicho, sí la tuvo y aún la tiene: las guerras, las disputas, los crímenes.

Nuestra Tierra, disponible en cines, se centra en el asesinato del Cacique Javier Chocobar, dirigente de la Comunidad Chuschagasta, y el posterior juicio a su asesino, Dario Amín, y a los dos sicarios que lo acompañaban, Luis Gómez y José Valdivieso. Pero también es un documental sobre los despojos a los pueblos originarios, un cuestionamiento sobre la fragilidad de las leyes y las escrituras que determinan a quién le pertenece la tierra, cuáles son sus límites. 

Lucrecia Martel conocía el famoso video del asesinato a Javier Chocobar, estaba disponible en Youtube. Podría haber realizado un documental judicial, un true crime que aprovechara su acceso a tribunales. Pero no hubiese sido suficiente para retratar a la comunidad, porque el interés de la directora no es probar la culpabilidad del asesino sino cómo se construyen los relatos históricos, los hilos de los que penden. 

La estructura guionada por la misma Martel y María Alché (protagonista de La niña santa, la segunda película de la realizadora salteña), en cambio, alterna los avances de la investigación y los testimonios de los acusados y las víctimas con las historias de la Comunidad Chuschagasta. Son sus voces, su mundo, su pasado.

Si los relatos que se cuentan sobre Argentina los ignoran, si las escuelas enseñan sobre ellos en pasado, como si hubiesen dejado de existir, si la Iglesia los retrata como enemigos, si los mismos historiadores determinan que se extinguieron, Martel los coloca en el centro de la escena.

Nuestra Tierra es también un documental que reflexiona con autoconsciencia sobre las imágenes, sobre su valor narrativo. Especialmente en tres escenas: en un testimonio de la defensa, que se queja de que alguien está filmando una película sin su autorización (que no era necesaria); un dron, que es golpeado por un ave y derribado al suelo; y una secuencia final en la que la Comunidad Chuschasgasta mira Nuestra Tierra, o una versión previa, inacabada, que necesitaba su aprobación (que aquí sí era necesaria).

A quién le pertenece la tierra? Es una pregunta fundamental que atraviesa a todos los países, culturas, religiones. Es una pregunta fundamental que atraviesa épocas, que aún no ha encontrado una solución. O mejor dicho, sí la tuvo y aún la tiene: las guerras, las disputas, los crímenes.

Martel utiliza el dron como no lo había hecho nunca en su filmografía. Lo hace con maestría para presentar el universo, para recorrer la tierra, para desmentir testimonios. Es particularmente virtuoso un movimiento de cámara, un paneo, que evidencia la fragilidad del testimonio de una agrimensora que niega conocer la distancia entre el terreno que supuestamente le pertenece a Amín y los hogares de la comunidad. No hacen falta palabras, la apertura del plano lo dice todo. El archivo es impactante, el montaje de evidencias lo vuelve revelador, una experiencia transformadora. 

Hay un aprendizaje sobre las imágenes y sobre las narraciones. Demetrio Balderra, comunero que iba mucho al cine de pequeño, resume la lucha de la comunidad en una de las primeras películas de su vida, Ben Hur, de William Wyler, de la que aún tiene un vivo recuerdo de las escenas en las cuadrigas. La ve reflejada en la organización de los habitantes de Judea para oponerse al abuso del Imperio Romano. Los films, como la historia, los libros y las religiones, construyen relatos históricos.

“La comunidad de Chuschagasta ha dejado de existir en 1807”, expone la defensa citando un artículo periodístico de La Gaceta de Tucumán para justificar que sus derechos sobre la tierra en disputa eran inexistentes. La historia es una narración.  El montaje es rápido, tragicómico, irrefutable: Carlos Páez de la Torre, autor del texto, niega su propia afirmación. “Imaginate si voy a saber de dónde saco cada cosa que escribo”, dice, entre risas. “Había que publicar todos los días”, sentencia.

Páez de la Torre también aprendió de las imágenes, aunque por otra película. Recuerda a Laurence Olivier en El discípulo del Diablo. “Y qué va a decir la Historia de todo esto? Mentiras, como siempre”. Las construcciones de los relatos son argentinas y universales; las disputas por la tierra, también.

Escrito por:

Rocco Avena

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