Adolfo, un adiós nostálgico a una leyenda
Escrito por Rocco Avena
Adolfo, un adiós nostálgico a una leyenda
Escrito por Rocco Avena

El cine de Aristarain es de héroes dignos y de exiliados que deambulan entre Argentina y España para encontrar su lugar en el mundo.

Adolfo se fue. Eso de extrañar, la nostalgia, no será un verso como intentaba convencernos el personaje de Federico Luppi en Martín Hache. Será un hecho: se lo recordará con cariño, se añorarán sus películas, se valorará aún más haber tenido un artista tan valiente, talentoso, humano.

Antes de ser Aristarain, el director que ya nadie duda en colocar entre los mejores de la historia del cine argentino, Adolfo vivió desde 1967 hasta 1974 en Madrid. Es una etapa que marcó su vida y su cine. Su obra oscila entre Argentina y España, presenta personajes que vivieron el exilio, que desdeñan su pasado, que lo extrañan.

Fue asistente de dirección del gran Sergio Leone, pero no era el cine que admiraba. Su primera película, La parte del león, sentó las bases de un estilo influenciado por los realizadores del Hollywood Clásico que tanto lo apasionaban y que figuraron en los agradecimientos de los créditos finales: Fritz Lang, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, Raoul Walsh y John Ford.

Tiempo de Revancha, estrenada en 1981, es un antes y un después en el cine argentino; una película de denuncia en la que el protagonista apenas dice algo. La valentía es admirable: habla de la dictadura militar sin mencionarla. Simboliza lo que ocurría en el país a través de las omisiones, de los silencios, de la imagen.

Apenas unas semanas después del estreno, Aristarain ya le había presentado el guion de Los últimos días de la víctima a Héctor Olivera, otra figura clave en el cine argentino. Es una película en que mantuvo la apuesta, afirmando su maestría en el género policial. Mendizabal, el personaje interpretado otra vez por Luppi, es un hombre aristariano: duro, digno, obsesionado. En Tiempo de Revancha, la opresión venía desde afuera, aquí ya está adentro.

Su filmografía no fue la misma después de The Stranger, su primera y única incursión en el cine estadounidense que tanto admiraba, que ya no era el Hollywood Clásico de sus ídolos. Divide su obra a la mitad: es la sexta de once películas. La primera parte es más visceral; la segunda, más íntima.

En Un lugar en el mundo, la pareja protagonista abandonó el país por la dictadura y regresó cuando terminó; La ley de la frontera da un indicio en su título, transcurre en Galicia y Portugal e incluye un bandolero argentino; en Martín (Hache), el padre emigró a España y su hijo viaja a Madrid para reencontrarse con él; Lugares Comunes es una adaptación de una novela de su primo; en Roma, su película más abiertamente autobiográfica, también hay un exilio que coincide con la época en la que el mismo Adolfo partió de Buenos Aires.

Un lugar en el mundo inaugura una época en la que el espectador puede reconocer a un personaje de cada una de sus películas que le recuerda a Adolfo. O a varios que expresan su cosmovisión, que no difiere de la anterior pero se centra más en los protagonistas, en sus emociones.

Allí, Tulsaco, la empresa minera de Tiempo de Revancha, es una multinacional que quiere construir una represa hidroeléctrica aprovechándose de los pobladores de una localidad de San Luis. El antagonista, en el fondo, sigue siendo el mismo pero el protagonista cambió: sabe que son sus últimas batallas. Y, aún con el paso del tiempo, sabe que tiene que darlas con honor porque encontró su lugar en el mundo.

Es también su película más fordiana. Recuerda a The man who shot Liberty Valance (“Un tiro en la noche”), el western crepuscular con el que el realizador que tanto admiraba clausuró una etapa de un género y abrió otra. Inician con una muerte, con la llegada de un tren que parte al final. Luppi es su John Wayne, su héroe que puede perder todo menos la dignidad.

Eso de extrañar, la nostalgia, es un verso, dice Luppi en Martín (Hache), un personaje que reniega de su pasado en Argentina mientras cena un bife de chorizo. La riqueza está en la contradicción. Esa contradicción que atraviesa a sus protagonistas, que los fuerza a aceptar algo sobre sí mismos, a cambiar. En Lugares Comunes sucede algo similar pero a la inversa: es el hijo el que emigró a España y son los padres los que se niegan a abandonar Argentina.

Todos los caminos conducen a Roma, estrenada en 2004, la última de sus películas. El recorrido de su carrera le permite retratar una historia que comienza en España y que vuelve a Argentina en un flashback. Es la autobiografía de un escritor ficticio pero que narra momentos esenciales de la vida de Adolfo, como su juventud durante los años 60 y 70.

El título es en honor al nombre de la madre de Joaquín, el protagonista, y la que le da sentido a su vida, como también la película le otorga sentido a su filmografía. La nostalgia ya no es una excusa ni un verso; es un hombre que extraña a su madre, así como el cine argentino añorará un director como Adolfo.

Escrito por:

Rocco Avena

> OTRAS MIRADAS

Rocco Avena

Phoenix, el renacer de una identidad

Leandro A. López

El mundo de un chico de cinco años

Verónica Bonacchi

 Luis Cide: una vida en el sonido

Revista Cuad

Horacio Lavandera: un viaje del clásico al rock