“Retrato de Giacometti” no es solo un libro sobre un artista célebre ni tampoco una biografía en sentido estricto. Es, más bien, el registro minucioso de una experiencia llevada al extremo: dieciocho sesiones de pose, en 1964, durante las cuales Alberto Giacometti intenta pintar el retrato de James Lord. A partir de notas tomadas en el mismo taller, Lord compone un texto excepcional sobre el acto de ver, el fracaso constante de toda representación y la obstinación casi trágica de uno de los grandes artistas del siglo XX.
El libro se estructura como un diario: cada capítulo corresponde a una sesión de trabajo. Sin embargo, lo que podría haber sido una simple crónica del proceso pictórico se transforma en una reflexión profunda sobre el arte y la condición humana. Giacometti aparece allí no como un genio seguro de sí mismo, sino como un hombre acosado por la imposibilidad de alcanzar aquello que ve. “Es imposible reproducir lo que uno ve”, dice en un momento, condensando una angustia que atraviesa tanto su obra escultórica como pictórica.

Antes de cada sesión, James Lord llega al taller de Giacometti, en la rue Hippolyte-Maindron, un espacio pequeño, casi precario, saturado de polvo, telas, esculturas y restos de trabajos anteriores. Se sienta donde el artista le indica, sobre un taburete fijo, siempre a la misma distancia del caballete, bajo una luz que Giacometti observa con una atención casi paranoica. El pintor tarda en empezar: mide, corrige la posición, duda, habla solo.
Cuando finalmente toma el pincel, avanza a golpes breves, dibuja una cabeza, la borra, vuelve a empezar. Al día siguiente, destruye casi todo lo hecho la jornada anterior. Así, sesión tras sesión, el retrato no progresa en línea recta sino en espiral: cada intento parece acercarse y alejarse al mismo tiempo, como si Giacometti no buscara la imagen de Lord sino una forma siempre esquiva de ver.
Giacometti: una vida dedicada a la mirada
Alberto Giacometti (1901–1966) fue escultor, pintor y dibujante, nacido en Suiza y formado en París, donde entró en contacto con las vanguardias del siglo XX. Tras un período surrealista en los años treinta, su obra dio un giro decisivo hacia la figura humana, representada de un modo radicalmente nuevo: cuerpos alargados, casi erosionados, solitarios, que parecen estar siempre a punto de desaparecer.

Estas figuras —como El hombre que camina— no buscan el parecido naturalista ni la belleza clásica, sino una verdad más esquiva: la presencia del ser humano en el espacio, su fragilidad, su aislamiento. No es casual que el filósofo Jean-Paul Sartre viera en Giacometti a un artista profundamente ligado al existencialismo, alguien que trabajaba “a mitad de camino entre el ser y la nada”.
“Retrato de Giacometti” tiene la virtud de mostrar cómo esa búsqueda se manifiesta también en la pintura. Durante las sesiones descritas por Lord, Giacometti avanza y retrocede sin cesar: corrige, borra, destruye lo que ha hecho el día anterior. “Odio rellenar todo el lienzo”, confiesa, porque para él una obra cerrada equivale casi a una traición a la experiencia visual, siempre cambiante.
El arte como combate
Uno de los aspectos más fascinantes del libro es la manera en que Giacometti trabaja hablando en voz alta, como si pensara contra el lienzo, en combate contra él. Lord registra con precisión esa lucha diaria, en la que cada trazo es puesto en duda. Hay días en los que parece no haber avanzado nada, o que todo lo que se ve es una mancha oscura. A fin de cuentas, el retrato terminado importa menos que el proceso mismo: lo verdaderamente significativo es la obstinación del artista frente a una tarea que sabe, de antemano, imposible.
“Los rayados trágicos, la espiral enmarañada de sus trazos, la presencia humana que aparece y se esfuma en cada sesión, esa senda iniciática y única, ese crear el mundo a cada momento y esa hecatombe diaria, nos convierte a todos, de la mano de James Lord, en testigos alucinados de dos retratos prodigiosos creándose en paralelo”, escribe el pintor Pedro Oriol sobre este libro magnífico.
Así, el texto termina funcionando como un doble retrato. Por un lado, vemos a Giacometti retratando a Lord; por otro, a Lord retratando a Giacometti con palabras. Este juego de espejos convierte al lector en un testigo privilegiado de la creación artística, no como inspiración súbita, sino como trabajo reiterado, agotador, casi desesperado.

James Lord: el testigo atento
James Lord (1922–2009) fue un escritor y ensayista estadounidense que vivió gran parte de su vida en París, donde entabló amistad con numerosos artistas e intelectuales del siglo XX. Su obra se caracteriza por un estilo claro, sin grandilocuencia, basado en la observación atenta y en la memoria personal.
En “Retrato de Giacometti”, Lord adopta una posición singular: no intenta interpretar ni teorizar el arte de su amigo, sino registrar lo que ocurre. Esa aparente modestia es una de las grandes fortalezas del libro. Al abstenerse de juzgar, Lord deja que la experiencia hable por sí sola y que el lector asista, casi en tiempo real, al drama cotidiano del acto creativo.
Más allá de su valor documental, Retrato de Giacometti es un libro sobre el límite: el límite de la representación, del lenguaje, de la paciencia humana. En sus páginas se revela una idea central del arte moderno: que la obra no es la solución a un problema, sino la manifestación de una pregunta persistente.
Por eso, este texto sigue siendo fundamental no solo para quienes se interesan por Giacometti, sino para cualquiera que quiera pensar el arte como experiencia viva, conflictiva y radicalmente humana. En ese sentido, Retrato de Giacometti no retrata únicamente a un artista, sino a la condición -desafiante, dolorosa, a veces imposible- de crear.




