*MINIBIO
Lucas Bobadilla, conocido como L170 o Liyo Boba, es de Puerto Esperanza, Misiones, y actualmente reside en Cipolletti, Río Negro. Se considera un artista visual y diseñador gráfico autodidacta, siempre metido en el aprendizaje y la creación digital. Sus hobbies son tocar la batería y la guitarra, cantar, y perderse en reels guardando tips que casi nunca llega a mirar.
—Desde dónde nace tu vínculo con la música y cómo se traduce eso en tu trabajo visual?
Mi vínculo con la música es un quilombo ordenado. Antes de cumplir un año ya me habían hecho agarrar un palillo de batería (guardate ese dato, eh) Incluso desde la panza ya me hacían escuchar bandas como Rescate, Sinergia o Puerto Seguro, que todavía hoy me siguen marcando.
A los 6 años me regalaron un DVD de Switchfoot. Había un tema, “Meant to Live”, que tenía escenas mezcladas con Spiderman, y me flasheó todo. No entendía cómo carajo estaban conectadas esas dos cosas. Tipo, ¿Spiderman sabía que existía la banda? No tenía idea, pero algo ahí me hizo clic. Fue como el primer cortocircuito entre lo visual y lo sonoro.
Ahí empecé a dibujar todo lo que veía o soñaba. Mis viejos me regalaron lápices, pinturas, hojas y cuadernos, todo lo que a un niño le podía hacer feliz, (por lo menos a mi) así que el dibujo se volvió mi manera de entender el mundo. Era mi forma de darle realidad a mi mente.
A los 12 armamos una banda con mi hermano, mi primo y unos amigos. Tenía mi primera batería y también me encargaba de hacer todo lo visual: las portadas, los carteles, lo que pintara. En ese proceso conocí Photoshop. Mis hermano y mi primo hacían portadas para sus canales de YouTube y yo de curioso olvidate que quería hacer lo mismo. Ahí empezó todo lo que vino después con el diseño.
Entendí que podía unir esas dos cosas que me movían: la música y la imagen. Imitaba cómo trabajaban otras bandas con su estética, las fotos, las webs, pero con mi propia impronta. Medio trucha al principio, pero con toda la fe el pibe. Siempre fui de los que se revientan a trompadas con las cosas hasta entenderlas o poner todo el foco en ir un poco más allá. Era el rompepelotas que quería hacer la página web, la tapa del disco (aunque no teníamos disco), pensar el merch, todo. Creo que ya venía adelantando algo sin saber que iba a terminar en esto del diseño. No me sale hacer algo si no lo siento o no lo veo un poco más allá, y más si no lo experimento.
Y eso también se nota en mi manera de diseñar: Busco probando, errando, repitiendo. Así es como aprendo.
Con el tiempo me di cuenta de que esa misma energía de tocar la batería la podía aplicar a los proyectos. Cada trabajo es como una sala de ensayo o un laboratorio (o ambas): vienen con ideas y me gusta abrirlas, experimentar, hacer que el arte no sólo acompañe, sino que dialogue con él.
Y otras veces soy un “che, te puedo regalar un flyer para tu evento ?”. porque tengo una idea nueva y necesito probarla sí o sí. Es mi forma de mantener viva la experimentación, como si cada diseño fuera la maqueta de una cancion que todavía ni sé cómo va a sonar.
Entre los 18 y los 22 todos me conocían como Palillo. Era mi apodo, mi nombre de diseñador y de baterista. Fue mi primera identidad artística, el punto donde entendí que todo lo que hacía tocar, dibujar, diseñar, era parte de lo mismo.
Después vino el cambio. Llegó L170: el 17 por mi fecha de nacimiento, el fuego, la constancia. Una forma de conceptualizar lo que estaba siendo en ese momento. Sentía que tenía que soltar algo, simplificar. Así que de Palillo pasé a Liyo: le saqué el “Pa”, pero guardé la esencia. Liyo empezó siendo mi cuenta de diseño, mientras Palillo quedaba más para lo personal.
Con el tiempo todo se mezcló y terminó apareciendo Liyo Boba. Lo de “Boba” fue más íntimo: aprender a aceptar mi apellido, algo que de chico no me gustaba. Fue como cerrar un círculo, ponerle mi verdadero nombre a lo que hago.
Y al final, nada cambió tanto (o sí). Sigo haciendo lo mismo: y, si pinta, un poco de risa pa que no nos duela nada, por qué no?
—Tus piezas parecen tener ruido, textura, pulso. Cómo hacés para atrapar el sonido en una imagen?
Creo que tiene que ver con mi cabeza y mi oreja. Últimamente vengo escuchando de todo: rock, metal, folklore, soul, jazz fusión, hip hop… y de a poco encontré una forma de mezclar todo eso visualmente. También hay algo de lo viejo, de las revistas, del papel gastado. Lo viejo funciona, dijo uno. Me gusta intervenir cosas del pasado aunque no haya vivido ni el 1% de los 80 o 90, pero investigando siempre encuentro detalles que me inspiran y termino aplicándolos.
En los flyers, por ejemplo, me gusta imaginar que son afiches en blanco y negro, tipo fanzine, pegados en un poste de luz cerca del recital. Como si salieras del show todavía con el zumbido en los oídos y ya vieras el próximo toque anunciado en la pared.
No sé si realmente logro atrapar el sonido en una imagen… pero sí sé que el sonido me atrapó a mí primero. A veces veo algo y lo escucho sin querer. Es raro, pero pasa. Y supongo que ahí es donde empieza todo.
—En tus redes podemos ver que trabajas con bandas, eventos y artistas emergentes de la escena patagónica. Qué te interesa de ese territorio y de su energía artística?
Lo que más me interesa de este territorio es que siempre hay algo nuevo para hacer. En mi caso, todo empezó cuando fui a una jam de Dante Spinetta en La Vieja Estación en 2023. Ahí conocí a Emi, el dueño, que me abrió las puertas y me permitió dar mis primeros pasos en la escena local, no solo como músico sino tambien en el área visual. Gracias a esa confianza, en menos de dos años pude trabajar con artistas dentro y fuera del valle y colaborar con bandas como El Peligro de los Vientos, Automata Personal, Capi, Vrule, La Mono, Sur Oculto, Dandara, Malosetti, Francisca y Los Exploradores, Sacrum, Crewrod, entre otras. Fue un período muy intenso de aprendizaje y experimentación, donde cada proyecto me ayudó a evolucionar mi manera de ver, sentir y proyectar diferente.
Pocas veces algo me atrapa de verdad. Me pasa que escucho o veo algo y digo: “esto está zarpado”, con ganas de hacer algo bien y que no se trate solo de pegarla. Ahí es cuando me dan ganas de involucrarme de lleno. No veo a las bandas como “clientes”, sino como parte de un mismo mapa. Cada uno hace su camino, pero en ese cruce los dos salimos ganando: a ellos les aporta, a mí también. Se nota en la retroalimentación constante, en esa energía que va y viene, y al final termina gustando un poco ese laburo en equipo.
Ser de Misiones y haberme mudado a la Patagonia también tiene que ver con eso del mapa. Llegar acá fue crecer: conocer bares, bandas, artistas, y entender que hay un aire emprendedor muy genuino. Acá no hace falta que te inviten; el ambiente mismo te impulsa a ser parte, a crear y a moverte con ellos. Y, sinceramente, me pone muy contento que después de lo de La Vieja Estación y de laburar con bandas locales, cada vez más gente empieza a buscarme para trabajar: es como ver que todo lo que uno va sembrando empieza a florecer y me impulsa a seguir evolucionando.
En resumen, lo que más me motiva del territorio es su energía creativa y su movimiento constante: siempre hay proyectos nuevos, artistas explorando ideas distintas y una sensación de que todo se construye entre todos. Esa vibra es la que me hace querer ser parte, crear, arriesgar y seguir experimentando
—Hay algo muy cinematográfico en algunas de tus composiciones, casi como si contaran una historia en un solo cuadro. Te interesa pensar la narrativa dentro del diseño?
Gracias por lo de cinematográfico. Es lindo recibirlo en forma de pregunta, porque es justamente algo a lo que apunto. En mis trabajos hay mucho de eso: de las películas y de la música. Me gustaría hacer un afiche para una película creo que todavía no he tenido la oportunidad, pero me pasa algo particular con Tarantino, no soy fan ni estudié su obra en profundidad, pero cada vez que me cruzo con afiches de sus películas encuentro patrones que se repiten. Es como si cada póster fuera una pieza de un mismo rompecabezas. Kill Bill, Django, Pulp Fiction, entre otras... tienen algo que los une, una identidad narrativa que se siente más que se explica.
Con mis diseños me pasa algo similar. Me interesa la idea de que una imagen pueda condensar una historia o un estado. No siempre busco que se entienda, pero sí que se sienta. Que haya una conexión entre elementos, aunque parezcan de mundos distintos.
Pienso mucho en la narrativa, pero no desde un lugar tan racional. Dejo que el proceso me guíe. Muchas veces entiendo de qué va lo que estoy haciendo recién cuando lo termino, y ahí descubro que esa historia ya estaba ahí, solo que tenía que encontrar su forma.
—Cuando trabajás con un músico o una banda, cómo es el proceso para llegar a una imagen que los represente? Buscás que el arte visual acompañe el sonido o que dialogue desde otro lugar?
Si la banda, el artista o la obra me generan algo, ya tengo la mitad del laburo hecho: esa dopamina inicial me impulsa a crear. Cuando algo me llega, una foto, una canción, un video, despierta mi curiosidad y las ganas de entender qué hay detrás. No hablo solo de lo que se ve (como la punta del iceberg) sino de lo que se siente, de lo que está escondido, como si habláramos de la parte oscura del iceberg.
Creo que también al ser músico, ese vínculo vibra distinto: es como hablar el mismo idioma sin tener que decirlo. No busco que el arte visual acompañe al sonido de manera literal, sino que conviva con él y dialogue desde otro lugar. A veces pasa algo raro y pocas veces sucede: hay gente que no conecta con la música de un artista, pero sí con su obra visual o su estética o viceversa. Esos casos son pocos, porque generalmente cuando algo te gusta, termina gustándote todo, pero cuando pasa, se vuelve interesante: el visual actúa como un imán. como dicen “todo entra por los ojos”.
Mi trabajo se mueve entre lo visible y lo invisible, entre lo que suena y lo que se ve. Antes de abrir Photoshop ya hay un proceso mental, una historia y un análisis que guían todo. La forma de vestir, la actitud, la estética de la banda: todo comunica y mi tarea es construir ese puente coherente dentro de su universo.
Al final, también hay algo más personal: la historia que se arma entre ellos y yo. Qué quiero dejar en su laburo y qué dejan ellos en mí. Esa ida y vuelta es lo que realmente le da sentido a todo.
—Qué lugar ocupa lo analógico en tu proceso creativo y cómo se mezcla con lo digital?
Lo analógico tiene un lugar importante en mi proceso creativo. En mi escritorio tengo calcos, cuadros y cosas de bandas con las que trabajé, tiene mucho que ver, ya que son como reliquias o souvenirs que me inspiran y conectan con lo que hago. Me gusta pensar que todo lo que diseño pueda materializarse, y si no es posible, trato de que exista de alguna forma, aunque sea en un mockup, como si ya fuera tangible.
Para mí, lo analógico y lo digital van siempre de la mano. Lo analógico es como la piedra (intentando clavar un clavo), la base, el recuerdo. Lo digital, o incluso la IA, es el martillo (para clavar ese clavo): una herramienta que nos permite hacer las cosas más rápido, explorar y experimentar, pero sin reemplazar la creatividad ni el pensamiento. La IA, como cualquier otra herramienta, me ayuda a reforzar lo que hago y ahorrar tiempo, pero no decide por mí.
Todo esto se mezcla en mi proceso: diseño pensando en cómo se va a materializar y cómo va a convivir con lo físico. Los objetos analógicos que me rodean me sirven de inspiración, y esa relación con lo tangible genera un paralelismo fuerte con lo digital, donde puedo probar, simular y preparar algo que luego podría existir de verdad.
Al final, me interesa que mis trabajos tengan esa conexión: que lo que diseño no quede solo en la pantalla, sino que también pueda existir en el mundo real, aunque sea como idea, como mockup, o como algo que algún día alguien pueda tocar y coleccionarlo.
Si tuvieras que elegir una palabra para definir lo que querés transmitir con tu trabajo, ¿cuál sería?
La ironía.
Porque creo que en mi trabajo funciona como un portal entre la ficción y la realidad. Me gusta exagerar mucho, pero en esa exageración aparece lo más verdadero: la capacidad de imaginar.
Es lo mismo que nos pasaba de chicos cuando nos leían cuentos en la primaria: sabíamos que no eran reales, pero igual creíamos para poder verlos. Era como sentir la esperanza de tocar esas cosas con la mente.
El marketing funciona igual. Pensá en el caso de Red Bull, que te promete dar alas: sin literalizar las alas, la gente se lo toma, y aunque no vuele, se convence de mirar más alto.
Ahí está el truco, y también la verdad.
Mi diseño nace de esa tensión: de que, de alguna manera si te hace reír, cumplí con un poco de ese objetivo. Hoy todos buscamos algo que nos entretenga, y aunque un flyer/un branding/ sea una imagen quieta, mi idea es que te genere esa sensación de cruzarte con un anuncio de marketing, como si el evento de la banda o del artista fuera en Las Vegas, viste? Esa vibra exagerada, medio parodia, pero atractiva.
Por eso creo que la ironía encaja perfecto. No me tomo nada en serio.
Lo único que me tomo en serio es la joda.
(Lo dijo El Bananero, pero tenía razón).