El sentido surge en ese juego rítmico entre el silencio y la palabra.
¿Qué sería del sonido sin el ruido?¿Acaso no hay gritos que parecen notas tan elevadas que se enredan en una sola y se convierten en un ruido ensordecedor? ¿Y si sólo existiera la metáfora sin sentido? ¿Y si el adentro y el afuera no existiera, y el mensaje no es invertido por su reverso, sino que es una proyección que vuelve como si fuera un otro que lo dijera?
Una palabra ¿sería la misma palabra sin el sentido que la unen? Una vocal, otra vocal, una voz que pronuncia, que les da un tono, ese que no sería posible en lo monocorde.
¿Qué sería de lo escrito sin el espacio entre cada palabra?, sería unsinfindepalabrasjuntas, y sin la coma y el punto, tal vez sería el caos más absurdo.
Una nota que se repite, la iteración de una frase que invade los pensamientos. ¿Qué sería del viento sin su silbido? ¿Y qué pasaría si todo lo que quiero decir se enmudece en un silencio eterno? ¿Acaso no existen pactos de silencio? Palabras mudas, que no dicen nada, puro bla bla, dirán algunos; otras jamás pronunciadas, y otras cantadas para que no se pierdan con el tiempo.
La importancia del silencio
En el psicoanálisis se respeta los silencios, se los contiene con abstinencia del analista, porque llenar el silencio que se presenta en el discurso del analizado es obturar aquello que se calla. La angustia que genera el vacío del silencio, no es sólo del analizante, sino también del analista, es de ambos. Porque ahí se juega el soportar lo insoportable de lo no dicho.
En el psicoanálisis se respeta los silencios, se los contiene con abstinencia del analista, porque llenar el silencio que se presenta en el discurso del analizado es obturar aquello que se calla.

Juana, una jóven de 19 años, llega a mi consultorio con muchas ganas de hablar. Se pasa cuatro meses hablando de su trabajo, de una compañera del supermercado que le hacía la vida imposible, de la vecina del edificio, de su “peor es nada”, del aumento del valor de las cosas. Todas las sesiones hablaba los 40 minutos sin parar. Una sesión llegó como siempre, se sentó y empezó a decir “es que estoy algo cansada de escucharme siempre lo mismo” y se quedó en silencio. Me miró, esperaba que dijera algo, algo que la haga hablar. Sólo la miré. Al rato, me increpó “no vas a decir nada”. Su tono era otro. Estaba enojada. Seguí en silencio. “Lo que pasa es que no quiero repetir como un loro, así me decían, que nunca me callo, que soy un loro”. Ese silencio, permitió que ella pueda realmente escuchar esa frase, ese significante “loro” que sólo repetía sin poder parar. Si yo hubiese respondido a su demanda con una pregunta ¿por qué estas cansada?, tal vez, eso hubiese sido motivo para que pueda desplegar todas sus hazañas nuevamente, sin poder detenerse en lo que ese silencio le decía. El silencio del analista (en este caso el mio) convocó el decir analizante, algo oculto para el sujeto, que logró poner en palabras . Esta es la función crucial del silencio en la experiencia analítica.
Wilhelm Fliess estudió en el análisis la conexión entre palabra y goce a través de los silencios. Distinguió tres tipos de silencios. Observó que son interrupciones de un lenguaje semejantes a las pausas o silencios de una partitura musical. Hay el pequeño silencio normal donde el paciente parece haber olvidado la regla analítica (asociación libre) e interrumpe la fluidez de las palabras.Otro que alude a los pacientes que se callan, retienen palabras, están sujetos a una inhibición. El sujeto no consigue retomar las asociaciones. Por último el silencio que parece interminable. Es un mutismo que da cuenta de una impotencia para hablar. Lacan retomó a Fliess precisamente por esta relación de la pulsión a la palabra. En el silencio hay la inhibición de la satisfacción que experimenta el sujeto en la producción del flujo de palabras.
El silencio da cuenta de la imposibilidad de decir. No se trata de que el analista se calle y no intervenga, sino de hacerlo de modo diferente que el inconsciente que interpreta.
El silencio da cuenta de la imposibilidad de decir. No se trata de que el analista se calle y no intervenga, sino de hacerlo de modo diferente que el inconsciente que interpreta.
El sonido sin pausa
Hay sonidos en la mente, son los pensamientos, los cuales inician una serie larga y compleja de rupturas del silencio primordial, hasta llegar al ruido exterior. ¿Cómo se expresan esos pensamientos en el habla? ¿Qué pasa si no se externalizan y no se callan nunca? ¿Es lo mismo un retorno de la palabra de uno mismo pero sin reconocerla cómo tal a cuando si hay un reconocimiento de lo propio?
¿Qué es la voz?
Me gusta la idea de pensar a la voz como una zona de frontera, la piel es el lugar del entre-cuerpos, como envoltorio sensorial del cuerpo, entonces la voz sería como la piel de la palabra. El lenguaje surge, no sólo en lo que pasa en las palabras, sino también
en lo que pasa entre ellas, en su continuo intervalo, pautado por el ritmo respiratorio. Entre la presencia y la ausencia, entre los silencios, en los que nos escuchamos a nosotros mismos. La voz acentúa no tanto en lo que se dice, sino en lo que no deja de decir.
Toda voz en el soliloquio o monólogo, es una voz dirigida a otro concreto, aunque sea imaginario. En el caso del bebé, esta voz se inicia en los padres que apalabran el llanto del cachorro humano, “tiene hambre”, “tiene sueño” “le molesta la música alta”, etc. Después el niño se apropia de la voz –la incorpora- conformando luego la voz del superyó (es esa parte del psiquismo que nos dice cómo deberíamos ser, o hacer), o también puede devenir voz ‘externa’ en el delirio. Esta voz del superyó es sonoridad muda, voz que está vaciada de lo sonoro, es una voz que no tiene que emitir algún sonido ni tiene que ver con umbrales o decibeles, sino con el sentido, con la significación y con la fuerza con se impone e impone gozar al Sujeto del cual no puede escapar, no puede no escucharla, es más, en ciertos casos lo atormenta, lo persigue o no deja dormir: “Tendrías que haber hecho ésto, tendrías que haberte callado, tendrías que ser más condescendiente, etc”.
En el caso de la paranoia, como había señalado, esa voz se proyecta al exterior, y es su propio pensamiento el que viene del otro. El otro me persigue, el otro externo dice “sos asqueroso”, cuando en realidad esa voz es del propio sujeto pero no puede identificarla como tal.
Me gusta la idea de pensar a la voz como una zona de frontera, la piel es el lugar del entre-cuerpos, como envoltorio sensorial del cuerpo, entonces la voz sería como la
piel de la palabra.
El pensamiento que no para
Para seguir con la voz y el pensamiento, me parece muy ejemplificador hablar de la categoría obsesiva, ya que hay un recrudecimiento del pensamiento, reflejando esa hiper severidad de la voz del superyó. Es decir, la obsesión es una idea que se establece y se entroniza sobre el sujeto. El obsesivo es un sujeto aprisionado, en tanto duda todo el tiempo, reemplaza constantemente la acción por el pensamiento y tiene ideas y pensamientos que se instalan fijamente. Siempre que el sujeto piensa algo relacionado con su deseo, surge en él el temor de que va a suceder algo terrible. Las ideas en el obsesivo a veces pueden tener el carácter de ser intrusivas. Es intrusiva porque el sujeto no se reconoce en ella, no la reconoce como propia, y se siente extraño ante ese pensamiento. Eso también suele ser una dificultad a la hora de hacer un diagnóstico diferencial, entre una paranoia, y un obsesivo grave, ya que ese carácter de extrañeza, se encuentra en ambos. La forma en las que se presentan, esto es, de órdenes impuestas al sujeto.

Carlos llega a mi consultorio porque ya no puede más con ciertas ideas que tiene. Se sienta en el sillón cada sesión y habla sobre ciertas hazañas realizadas. Pero eso no le hace ruido, porque contar sus hazañas le gusta, se siente bien con esas escenas; lo que le molesta son esas ideas que no puede dejar de pensar. “Siento que no puedo pararlas, y me avergüenzo de tenerlas. Siento que no soy yo el que piensa eso”. Me relata que desde muy chico siempre tiene ideas fijas que lo atemorizan. “Si no reviso la llave de luz, siento que algo malo le va a pasar a mi padre. Que se puede morir. Se me instaló eso, que sí o sí tengo que revisar que no haya quedado ninguna luz prendida porque sino algo le va a pasar”. Me habla de ideas obscenas que se le cruzan, y que enseguida intenta negarlas con pensamientos contrarios. También con angustia me dice “quería que le vaya mal a un amigo, esa idea no podía pararla, cuando en realidad después sentía culpa, porque yo a mi amigo lo quiero y no quiero que le vaya mal, pero esa idea se me vino a la mente y no me gusta, me genera rechazo mi propio pensamiento, me siento una mierda”. “Necesito que mi cabeza pare, todo el tiempo estoy pensando, y no puedo hacer nada porque siempre pienso si estará bien si decido ésto o si me estoy equivocando, entonces una decisión que tengo que tomar, se me vuelve un mundo y no puedo dejar de pensar en eso”.
Con este paciente se puede observar como esa voz de los pensamientos, no puede frenar, donde hay un continúo ruido en su mente que lo obtura a poder tomar decisiones. La voz del superyó, se convierte en pensamientos que lo invaden y lo hacen sufrir. ¿Por qué esa voz tiene este peso en este caso? ¿Qué puede hacer el sujeto con esto? Eso se trabaja caso por caso en el consultorio, pero lo que quisiera destacar es las distintas formas que tiene la voz de manifestarse, y como la palabra, el sonido y el silencio, toman una dimensión para cada sujeto atravesado por su historia. Una frase “sos un cobarde” que pudo decir alguna de las personas importantes para el sujeto (padre, madre, tío, etc) puede luego ser un sello que se repite en su historia. “No puedo enfrentar a mi jefe” “No puedo decirle a mi pareja que algo me molesta” “No me siento capaz de hacer nada bien”, etc.

El discurso, la palabra, la mirada de esos otros primordiales tiene un impacto en el sujeto. A veces no es una palabra, sino un silencio, cuando se buscaba una palabra del otro. “Yo quería que mi papá me dijera que estaba orgulloso de mí, pero en vez de eso sólo obtuve una mirada de desaprobación”. A veces es un grito que se vuelve ruido “yo veía que él me gritaba pero no sé qué me decía, sólo eran gritos y yo empecé a gritar también”, otras un pensamiento que no cesa, o una palabra enmudecida por el sentimiento de culpa. Hay palabras vacías, palabras plenas, hay silencios que dicen más de lo que la palabra calla en su sonido. El análisis recorre todas las dimensiones de la palabra, sus bordes y sus vericuetos.
Escrito por:

AYELEN PUPPO RAJNERI
Colaboradora Revista CUAD



