Lo que se perdió en la escuela: rituales invisibles que educaban sin darnos cuenta
Escrito por Julieta Busceame
Lo que se perdió en la escuela: rituales invisibles que educaban sin darnos cuenta
Escrito por Julieta Busceame

Un artículo donde la licenciada Julieta Busceame nos invita a reflexionar sobre los tiempos actuales, la pérdida de algunos rituales y el impacto en la educación.

En los últimos años, cuando se habla de educación, solemos enfocarnos en contenidos, tecnología, rendimiento o innovación. Se discute qué enseñar, cómo evaluar o qué herramientas incorporar para mejorar los aprendizajes. Sin embargo, hay algo menos visible que también se ha ido transformando, y en algunos casos perdiendo, los pequeños rituales cotidianos que organizaban la vida escolar.

No eran programas, ni materias, ni teorías. Eran gestos, costumbres, formas de estar. Y aunque muchas veces pasaban desapercibidos, cumplían una función fundamental: ayudaban a construir identidad, vínculo y sentido de pertenencia dentro del espacio educativo.

Hoy vale la pena preguntarnos qué pasó con esos rituales y qué efectos tiene su ausencia en la experiencia de enseñar y aprender.

Un ritual no es simplemente un hábito repetido. Es una acción que tiene un significado compartido, que organiza y da sentido. En la escuela, los rituales imprimían comienzos y finales, estructuraban el tiempo, generaban previsibilidad y sustentaban la vida en común. Ingresar al aula, saludar, sentarse, abrir el cuaderno, actos simples, pero no neutros. Indicaban que algo comenzaba, que había un espacio distinto al de afuera, con reglas propias, con otro tipo de atención y presencia. El saludo, por ejemplo, era más que una formalidad, era una forma de reconocer al otro, de registrar su presencia, de habilitar el encuentro, ese pequeño gesto marcaba un pasaje: de lo individual a lo compartido. Hoy, muchas veces, ese momento se diluye o desaparece. No se trata de volver a formas rígidas o forzadas, sino de recuperar el sentido del encuentro humano dentro del aula.

Otro aprendizaje silencioso que antes estaba más presente era el de esperar, levantar la mano, escuchar al otro, no interrumpir. Esperar no es solo una regla de convivencia, es una experiencia emocional compleja, implica tolerar la frustración, aceptar que no todo es inmediato, reconocer que hay otros con derecho a la palabra.

En un mundo atravesado por la inmediatez, donde todo parece disponible de forma instantánea, esta capacidad se vuelve cada vez más frágil, y la escuela era, históricamente, uno de los espacios donde esta habilidad se entrenaba de manera cotidiana, sin necesidad de explicitarla.

El cuaderno también cumplía una función más profunda que la de registrar contenidos. Era un espacio personal, donde quedaban huellas del proceso: errores, avances, tachaduras, correcciones. Allí se veía el recorrido del aprendizaje.

Hoy, con lo digital, muchas de esas marcas se pierden. Cuando todo es editable, lo imperfecto desaparece más rápido, y sin embargo, en lo imperfecto también hay aprendizaje. Ver el error, sostenerlo, revisarlo, forma parte del proceso de construir conocimiento.

También se ha transformado la experiencia grupal. Antes, el aula funcionaba más claramente como grupo. Había una sensación más definida de pertenencia a un “nosotros”. Hoy, muchas veces, los estudiantes coexisten más que conviven. Comparten un espacio físico, pero no siempre construyen un vínculo.

Los rituales ayudaban a sostener ese lazo. Eran pequeños organizadores de lo colectivo. Sin ellos, el vínculo se vuelve más frágil, más difuso, más difícil de sostener en el tiempo.

Los tiempos también cambiaron. La escuela tenía cortes claros: entrada, recreo, cambio de materia, salida. Esos límites no solo organizaban la jornada, sino también la experiencia interna. Ayudaban a empezar, a concentrarse, a cerrar.

Cuando todo se vuelve continuo, sin pausas claras, cuesta más iniciar una tarea y también finalizarla. Y eso no es menor. Porque los rituales no solo ordenan la conducta: ordenan la mente, estructuran la atención y facilitan la regulación emocional.

Todo esto importa porque estos hábitos enseñaban algo esencial sin necesidad de explicarlo. Transmitían formas de estar en el mundo: la capacidad de esperar, de escuchar, de tolerar la frustración, de respetar tiempos y espacios, de organizarse internamente.

No se trata de idealizar el pasado ni de volver atrás. Muchos rituales también estaban atravesados por rigidez, por normas excesivas o poco flexibles. El desafío hoy es otro: rescatar la función sin repetir la forma.

Tal vez no se trate de volver a ponerse de pie cuando entra un docente, pero sí de generar momentos que marquen el inicio. Tal vez no sea necesario el silencio absoluto, pero sí crear espacios donde la escucha sea real y posible.

No es nostalgia. Es reflexión.

Hay escenas cotidianas que lo muestran con claridad, un docente entra al aula, nadie levanta la vista. Algunos estudiantes están con el celular, otros conversando, otros en su propio mundo. El docente comienza la clase. Algunos escuchan, otros no, nada grave ocurre, no hay conflicto visible. Pero algo falta… falta ese gesto que marque el comienzo. Que construya un nosotros. Que dé sentido a lo compartido. Ese gesto es un ritual, y su ausencia también educa.

Tal vez el mayor desafío hoy no sea solo qué enseñar, sino cómo volver a crear condiciones para que algo del encuentro sea posible en el espacio educativo.

Porque educar no es solo transmitir información. Es también enseñar a habitar el tiempo, el vínculo, la espera y la presencia del otro.

Y muchas veces, eso no se enseña con palabras, sino con pequeños actos que, repetidos en el tiempo, construyen algo más grande.

Esos rituales invisibles que, sin darnos cuenta, nos ayudaban, y aún pueden ayudarnos, a ser quienes somos.

Escrito por:

Julieta Busceame

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