El mundo de un chico de cinco años
Escrito por Leandro A. López. Ilustrado por Juan Soto
El mundo de un chico de cinco años
Escrito por Leandro A. López. Ilustrado por Juan Soto

Un hombre que recuerda su infancia pura, mientras reflexiona sobre el mundo de hoy.

Quiero escribir una historia, pero no recuerdo por dónde empieza.

Seguro que si la cuento en casa, las chicas dirán que es tan vieja que el olvido ya la alcanzó. Y puede ser. El tiempo tiene esa manera silenciosa de cubrir las cosas con una capa fina, como el polvo sobre los muebles que uno ya no usa. A veces uno quiere levantarlo todo, soplar, mirar otra vez lo que estaba ahí.

O tal vez no estaba ahí.

Tal vez uno inventa lo que necesita recordar.

Yo tendría cinco o seis años.

Mis mañanas eran así.

Me despertaba temprano, como si el día me estuviera esperando desde antes. Abría la ventana y respiraba el aire limpio que entraba desde el campo. Era un aire distinto, difícil de explicar hoy. Un aire que parecía nuevo cada mañana.

Estábamos rodeados de campos abiertos. El horizonte era simplemente lo que alcanzaba la vista desde mi pequeña altura. Para un chico de cinco años el mundo era inmenso. El campo parecía no terminar nunca. Pastizales altos que se movían con el viento y que, para nosotros, eran casi una frontera natural. Daban la sensación de protegernos de cualquier cosa que pudiera venir desde afuera.

En ese tiempo yo no pensaba que alguien pudiera atacarnos. El mundo todavía era un lugar simple.

Pasaba el lechero. Caminábamos quinientos o seiscientos metros entre los pastos altos. Después nos montábamos a caballo y salíamos a buscar las vacas para ordeñarlas. Las vacas a veces se perdían en la hondura de los pastizales. Había que subirse al caballo y mirar hacia abajo para encontrarlas entre el verde profundo del campo.

La leche salía tibia, espumosa. La tomábamos ahí mismo. Nos dejaba un bigote blanco sobre los labios que después nos limpiábamos con el dorso de la mano.

Soplaba el viento. Un viento limpio que cruzaba el campo sin encontrar obstáculos.

Hoy, cuando sopla, a veces trae olor a quemado. Uno mira hacia el sur y ve una columna de humo. Piensa: otra vez.

Pero no es otra vez.

Es algo distinto.

En medio de todo eso corría un arroyo.

Un hilo de agua clara que atravesaba la tierra como si fuera parte natural del paisaje desde siempre. Yo tomaba agua de ese arroyo. Me agachaba y bebía directamente de la corriente. Era fresca, transparente, viva.

Mucho tiempo después supe que ese hilo de agua terminaba desembocando en el Río de la Plata.

El estuario más ancho del mundo.

También supe, mucho después, que hay quienes miden el ancho de un río en dinero.

De chico no pensaba en esas cosas. Solo sabía que el agua era pura. Que estaba ahí. Que se podía beber.

En las orillas del arroyo había ranas. Las cazábamos con lana roja atada a un hilo. Era un juego antiguo, simple. Las ranas mordían la lana y nosotros tirábamos del hilo. Después las freíamos y las comíamos.

Todo formaba parte de un mismo ecosistema que entonces nos parecía infinito.

El aire.

La tierra.

El agua.

No necesitábamos mucho más.

Después de tomar la leche volvía a casa. Me lavaba la cara y las manos. Y enseguida salía otra vez corriendo hasta lo de Moncho, un vecino. Le gritaba desde lejos, como se gritaban las cosas en esos tiempos:

—¡Moncho! ¿Venís a la pileta de casa?

Así de primitivo. Así de simple.

Hoy, mientras intento escribir esta historia, me doy cuenta de que ese mundo ya no está.

O quizás el que ya no está soy yo.

Porque el campo sigue ahí, pero algo cambió en nosotros. Cambió la manera en que habitamos la tierra.

Hoy ya no bebería de ese arroyo con la misma tranquilidad.

Tampoco del río al que ese arroyo desembocaba.

Afuera, en alguna parte, están moviendo tierra. Dicen que es progreso. Dicen que es energía. Dicen que es desarrollo. Pero el viento ya no huele igual, y cuando llueve, el agua corre con un brillo raro.

El aire pesa distinto.

El agua ya no es transparente.

Y la tierra arde cada verano en algún lugar del sur.

A veces me pregunto qué estamos haciendo.

Qué hicimos con ese mundo donde bastaban el aire, la tierra y el agua.

Y hay algo todavía más extraño.

Tal vez, para escribir estas palabras, tenga que asesinar un bosque para convertirlo en papel. O tal vez haya que romper montañas y vaciar glaciares para encontrar el litio que alimente la batería del teléfono o de la computadora con la que estoy escribiendo.

Para entonces, quizá termine llorando como un chico.

Como un chico al que le quitaron el aire, el agua y la tierra.

Y mientras lloro, afuera siguen moviendo tierra. El viento trae olor a quemado.

En algún lugar del sur, un bosque que nos protegía ya no está.

Dicen que es la ley.

Yo solo sé que el mundo de un chico de cinco años era más grande que todo esto.

Escrito por:

Leando A. Lopez

Ilustrado por:

Juan Soto

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