“These days are all gone now but some things remain”
Mercury/May
Llegaron juntos el insomnio, los terrores nocturnos y el recuerdo de la casa que equilibra un poco el malestar. A los terrores los conozco. Aparecen cada tanto cuando estoy estresada. El insomnio es nuevo y la casa del tío Fortunato no sé por qué, se me instala como una aguja en la memoria. Ahí pasé los veranos de mi infancia, en Monte Hermoso. En estos días, esa casa vuelve como una obsesión. Punza en cada detalle. Anoche fue el escudo que estaba en el living, arriba del hogar como marca de una genealogía barata. Era de cobre y tenía cruzadas dos espadas sin filo. Qué desilusión nos daba sacarlas y comprobar que no eran reales. Además de las pesadillas y la transpiración, la casa queda fija en mi mente como una foto impresa. A veces creo que es ella la que me piensa.
Cuando despierto aprovecho esas imágenes para recorrerla y agudizo la memoria. Entro en cada ambiente y amplío detalles como si fuera el ojo de Google Earth. En sí misma, la casa, era un mapa con zonas delimitadas. En el galpón se freían los cornalitos y hacíamos las comidas familiares después de tirar la red en la playa. También se armaba la mesa de pingpong los días de viento o lluvia. El ruido de la pelotita iba y venía de una paleta a la otra en la cadencia de la siesta que parecía no tener fin. El patio del fondo era un territorio al que me prohibían ir y en el que, decían las vecinas, se oían voces. Desde el jardín de adelante, sentada en la reja que delimitaba parque y vereda, los domingos miraba a quienes iban a misa, a la iglesia de al lado. Muy temprano un disco hacía sonar las campanas. El ruido rasposo de la púa era apenas menor a las campanadas que luego de varias vueltas se cortaban abruptamente. Eso alcanzaba para acercar a los devotos, para que me sacara la modorra de los ojos y me ubicara en mi lugar de observadora. Hija de ateos, despeinada, en bikini y short, los miraba pasar. Me detenía en las niñas con moños en el pelo, bien vestidas y agarradas de las manos de sus padres. La distancia entre esa prolijidad y mi atuendo playero me gustaba, había algo de libertad en mi gesto. Y la libertad no era algo menor en esos años.
Fui muy feliz ahí.
Antes de morir el tío, la casa se vendió. Nunca supe bien por qué, si era como un país para la familia. Desapareció de un plumazo. Ahí quedó fija una parte de mi infancia, en esa edad en que una no piensa en que las casas pueden venderse.
Y olvidarse.
Decido ir a Monte Hermoso. Mi esposo prefiere Mar Azul que nos queda más cerca, pero le hablo de la necesidad de descansar y de volver a ciertos lugares. Dibujo un plan familiar de fin de semana.
En cuanto llegamos llevo a mi hija a la plaza. La casa está casi igual y reconozco cada espacio de la galería de adelante. Mientras la miro, revivo la escena de mi madre llamándome a comer a los gritos. En la reja que antes era verde y hoy está oxidada, me detengo en el cartel de la inmobiliaria. En el mismo lugar en el que me sentaba a ver pasar a los devotos: Se Vende. Me estremezco. Esa casa que había sido tan mía, a la deriva. Quién pudiera comprarla, pienso y desvío la vista hacia mi hija en el tobogán. Hay momentos del recuerdo que son intolerables. ¿Comprarla? qué idea hermosa. Las cortinas parecen las mismas y el garaje de la derecha está transformado. Ya en el último tiempo le habían modificado unos metros por un problema de mensura catastral con la Iglesia. Hubo discusiones entre mi padre y mi tío. Mi padre insistía en resistir, no cedas te van a arruinar la casa; y el tío movía la cabeza, abatido y monosilábico, no sé, no sé.
La gente sigue yendo a la iglesia como antes y la calle que era de tierra, está asfaltada. La casa, inmutable. ¿Entrar a verla? El corazón se me acelera al pensarlo. Otra vez la nostalgia me toma. Pero cuando más niego la idea, más se instala.
Lo decidí. Quiero pasar el umbral. Me quedo. De una u otra manera voy a entrar en la casa. Un fin de semana no alcanza. Le explico a mi marido que es una deuda con del pasado y necesito quedarme sola unos días. Él se preocupa por mis malestares nocturnos pero le aclaro, bah, le miento, diciéndole que necesito el mar con su yodo para relajarme.
—No me parece que sea la solución a tus problemas.
—No te pregunto. Te informo. —le digo. Es evidente su disgusto.
—Después no llames pidiendo ayuda como siempre.
La última vez que estuvimos con mis padres en la casa se desató un temporal. La sudestada llegó después del mediodía. Abrigados, fuimos hasta la costanera a ver cómo las olas comían parte de la playa, donde hasta el día anterior jugábamos a la paleta. No pude quitarle la mirada a las olas. Esa energía descontrolada y amenazante del mar me encantaba. Volvimos. Tuvimos tarde de churros y pingpong. Se cortó la luz como sucedía en todos los temporales. Mi padre buscó las velas y el farol de gas. Anochecía, el viento y la bruma marina agitaban los árboles. Fuimos bien abrigados, haciéndole fuerza al viento, hasta la cooperativa eléctrica de la esquina a ver si sabían cuándo iba a volver. Oscuridad. Nos cruzamos con una mujer de capucha que nos dijo hijos de puta. La vi de cerca, su lengua modelaba cada palabra. Los ojos eran saltones, cuidado con esos, son unos hijos de puta, repitió. Mi padre me apretó fuerte la mano. Está mal, dijo. Tuve miedo, su mirada era intensa. Cenamos temprano. El viento era un rugido que parecía aumentar hora a hora. Aunque estábamos lejos, temía que el mar llegara hasta el patio trasero. No quería ir a las habitaciones del fondo. En el living, las persianas estaban abiertas a la calle y a la plaza a oscuras. Mi madre pidió bajarlas un poco, me inquietó que ella mostrara miedo. En esos años, el silencio y el miedo eran sinónimos en mi casa, y de las vacaciones me gustaba, justamente, que borraban ese malestar.
De golpe, mientras cenábamos y me distraía con las sombras de las velas que temblaban en la pared, una luz azul iluminó la noche. Frenó un auto de policía. Bajó alguien. Golpeó las manos. El palmoteo resonó fuerte. Inesperadamente abrió el portoncito. Oímos el chirrido del metal. Nadie abría el portón sin permiso. Salió mi padre. Mi madre empezó a moverse juntando la mesa como solía hacer cuando ocultaba nervios o incomodidad. Andan buscando a una mujer que se escapó de la colonia, dijo mi padre. Me pidieron permiso para recorrer alrededor de la casa y el patio del fondo. Cruzaron miradas. Nos apuraron para que mi hermana y yo nos fuéramos a dormir. Resistimos. No queríamos acostarnos temprano y sin luz. Mi hermana, para tapar su miedo, me asustaba diciendo que en el ropero había alguien, que no mirara por las hendijas del respiradero de metal porque iba a ver sus ojos. Sentí terror. Me quedé quieta, inmóvil en la cama para que nada malo sucediera. Transpiraba del miedo y oí gritar gatos que maullaban cada vez más fuerte. Mi sueño fue inestable. El mar rugía en la ventana y tuve mucho frío. Toda la noche me pareció escuchar a los policías caminando alrededor de la casa.
No logro acordarme con exactitud qué pasó al otro día. Algo con el cura, creo que vino temprano y habló con mi padre en el jardín. Sí, en un principio agitaba los brazos, se agarraba la cabeza y mi madre nos prohibió mirar. Vayan a ordenar la pieza, sentenció. Espié. Parecía desesperado.
¿Escucharon a los gatos?, dije en el desayuno. Callate nena, no ves que mamá llora, dijo mi hermana. No entendí, pero me callé. Mi padre repentinamente quiso cortar la estadía. Mamá afirmó que no, que todavía nos quedaba una semana. Nadie habló nunca de ese hecho. Con el tiempo cuando les pregunté a mis padres qué había pasado esa noche, decían no acordarse.
Fui a la inmobiliaria.
—Sí señora, también tenemos otras casas para ofrecerle. Esa es un poco vieja y está en venta. Bien ubicada, pero esa casa —dijo el empleado —tiene problemas con el termotanque. Hizo silencio y agregó —tampoco tiene suerte con la gente —y bajó la vista.
—Alquilarla —dije —una semana.
— ¿Una semana? ¿Es usted sola? Mire que es una casa grande.
La alquilé.
—Te estuvimos esperando en la playa ¿qué pasó? —preguntó mi marido con la sombrilla al hombro. Inventé que el insomnio hizo que me durmiera después del desayuno.
— ¿Otra vez lo mismo? —dijo. Después de subir las valijas al auto intentó convencerme.
— ¿Estás segura de lo que hacés? Le avisé a la señora del hotel, pero ¿una semana no es demasiado? —No le hablé de mi secreto.
— ¿Qué vas a hacer sola?
—Caminar por la playa, juntar caracoles —dije con la vista fija en el suelo.
. —El clima no va a estar bueno —agregó, mirándome sin pestañar como para sacar un voy con ustedes. Mi hija lo llamaba desde el auto.
—Vamos pá. Chau má, pasála lindo.
—Comunicate por favor. Cuidate mucho —dijo —Esperemos que te haga bien. Odio ese proteccionismo masculino que me pone siempre en el lugar de la equivocada.
Dejo el hotel. La dueña se sorprende de mi partida.
— ¿Cómo? ¿No se quedaba usted?
Le pido al señor de la inmobiliaria que me alcance en auto. De solo pensar en caminar por esa entrada, mi corazón se acelera. Seguro voy a emocionarme y llorar. Mientras vamos yendo me imagino los olores de antes. Se confunden los recuerdos. De pronto estar sola me preocupa, hace tiempo que somos tres para todo. Intento no pensar en la noche. Siento muy familiar al de la inmobiliaria que solo mira el reloj y habla por teléfono. Pone la llave. La puerta es la misma, de madera, pesada. Entramos. Me preparo internamente para ese momento. El hombre no entiende por qué cierro los ojos, ¿se siente bien, señora? los abro, no hay nada de fabuloso en el living. Tiene olor a desinfectante barato, manteles y flores plásticas. Todo es muy pequeño. Parece otra casa. Confirmo que ir fue una estupidez. Me muestra la cocina, las habitaciones y la remodelación del entrepiso. Decido quedarme. Él habla del termotanque y de cómo prender el piloto. Yo estoy lejos. ¿Quiere ver otra? Piensa que el mareo se debe a mi disgusto con la casa. Algo que no sabría explicar, una sensación corporal hace que me quede.
El hombre me da el manojo de llaves. Explica cuál es la de cada puerta pero yo no oigo. Solo miro extasiada. Cualquier cosa me avisa, dice. Estoy feliz con mi decisión, la casa es otra y es la misma. Los azulejos del baño, los roperos, las perillas del horno, me traen tantos recuerdos. Quiero disfrutar cada minuto de esta semana, por eso organizo un cronograma diario que me va a ayudar mucho. Voy a recorrerla centímetro a centímetro para sentir el pasado en mi cuerpo. Y para que después de mi visita, por fin esta casa me suelte.
Compraré una libreta. El lunes habitaré el galpón; martes, la pieza del fondo; miércoles, el patio de atrás y el lavadero; jueves, living; viernes, pasillos; sábado, galería del frente; domingo, patio delantero y reja. Al entrepiso nuevo, voy a obviarlo. Ese espacio de la casa no fue parte de mi pasado. El último día quiero darme tiempo para llorar, para desahogarme de la tristeza y la nostalgia. Lo que no decido aún es a dónde dormir.
Pruebo las llaves. Falta la del galpón. Voy a la inmobiliaria, el hombre se para de golpe, habla algo con el chico del otro escritorio y grita
— ¿Qué pasa señora? —Me parece exagerada su reacción —No puede ser que falte, ¿la necesita?
— Sí, quiero hacer un asado.
Suena rara hasta para mí la respuesta, pero sirve para que busquen y encuentren la llave.
—Acá está.
Me acompaña a la puerta bastante rápido con un gesto de amabilidad fingida. No importa. Tengo mi llave. Vuelvo a la casa por los mismos caminos que hacía en mi infancia.
Compro tomates, una bolsa enorme de cornalitos y la libreta. Estoy cansada. Decido dormir en la habitación que era de mis padres. Es increíble como las casas, aunque distintas, conservan la esencia de lo que fueron. Me fascina eso. No dejo de observar los detalles, los zócalos, el techo. Repaso. Mañana lunes, me toca el galpón. Quizás mire televisión mientras ceno. Es raro comer sola, pero no los voy a llamar. La noche conserva su tranquilidad como antes. Me acuerdo de los platos y tenedores que usábamos. Parece que el tiempo se superpone.
Hace un rato volvió la luz. Me asusté. Mientras miraba tele empecé a sentir ruidos en el fondo, en la parte del galpón. Bajé el sonido ¿Quién anda? dije, haciéndome la valiente. Iluminé con la linterna porque la luz del costado no funciona ¿quién anda?, repetí. Nadie, me dije. Se cortó la luz al ratito. Pánico. Llamé a mi marido.
—Se cortó la luz, —comenté al pasar.
—¿Pero a dónde estás? —dijo, te llamé al hotel. —Le expliqué un poco. No entendía.
—Capaz vaya hasta la esquina, a la cooperativa a ver si me dicen algo.
—No deberías estar ahí, se inquietó —¿es corte general? —Y empezó con su proteccionismo. Corté. Fui hasta la cooperativa.
—Debe ser en su casa, señora. No hay corte registrado. —Cuando volví ya había luz.
Me acuesto temprano. Dejo la lamparita del pasillo prendida, como hacía mi mamá. Al rato empiezo a oír el rebote seco de una pelota de pingpong. Pienso que estoy dormida, pero me levanto y el sonido es preciso. Me paro contra la ventana a escuchar. Tomo el abrigo y decido ir al fondo. La noche está muy oscura; la luz del galpón, encendida. Se aceleran mis latidos. Oigo risas. Me asomo por la mirilla de la llave y veo la remera rayada que usaba de chica, mi pelo, a mi hermana en la otra punta de la mesa. Quedo helada. Vuelvo a la cama temblando. Al rato, oigo nuestras voces en la ventana. Pasamos conversando, mi hermana y yo. Trampa, hacés trampa, digo. Me emociono al escuchar mi voz de niña. Levanto un poco la persiana de madera y nos veo caminando, divertidas.
No pego un ojo en toda la noche. No me muevo en la cama para que nada malo suceda. Duermo muy mal. Al despertar no salgo de mi asombro. No puedo conversarlo con nadie. Estoy conmovida, me ovillo en la cama y duermo hasta que suena el teléfono. Es el de la inmobiliaria
— ¿Señora le molestaría que vaya gente a ver la casa? Es un ratito, ¿quizás cuando usted va a la playa?
—No va a poder ser —le digo y corto. No quiero entrar en explicaciones. Qué le importa si voy o no voy a la playa.
Me siento a desayunar en la galería de adelante como solíamos hacer. Dejo el cronograma por hoy. Mañana martes sigo con la pieza del fondo. Cuando estoy yendo a la cocina escucho voces. Es mi mamá que llora.
—Tu tío, tu tío y sus arreglos con la policía eso es ¿Viste cómo le pegaron?
—Sé que al tío lo aprietan si no paga —responde mi padre.
— ¿Y el cura? —dice mamá.
Me tiro en el piso y espío desde el umbral de la cocina. De golpe el mobiliario es el de antes y ellos son muy jóvenes. Discuten bajito, no alcanzo a oír. Me detengo en los gestos y en la ropa.
—Esto es un horror —dice ella —que lo arregle tu tío. Yo voy a hacer como si nada pasara. Las nenas merecen sus vacaciones.
No logro entender de qué hablan.
—También podemos irnos y que todo se vaya a la mierda —dice él.
Quedan como congelados. Me voy hacia el living. Mi corazón late muy fuerte, tengo que sentarme. Estoy en shock. Vuelvo decidida a la cocina y ya no están.
La bolsa de cornalitos tiene olor feo, los dejé pasar. Abro la puerta de la cocina y los tiro al patio de la iglesia, algunos se enganchan en la pared medianera. Las cabecitas se separan de los cuerpos en las agallas. Me detengo a observarlos, han perdido totalmente su forma de pez.
Almuerzo tomates con pan y mayonesa. Hoy es la pieza del fondo. Voy, preparo el mate, llevo la libreta. La habito. El aroma del ambiente es igual al de antes, qué belleza. Abro las puertas del armario para ver si hay algún rastro mío. Nada. Aunque una uña marcada en la madera quizás sí fuera mía. De pronto alguien camina por el pasillo de alrededor. Me detengo a escuchar. Empiezo a pensar quiénes serán esta vez. Son varios, seis o siete.
—Esta es la ventana de otra pieza. —Es el de la inmobiliaria.
—Debe haber ido a la playa —oigo. Los odio, interrumpen mi momento.
—Sí, ese es el patio, pero son todos rumores —agrega.
Me da miedo que entren. Los pasos se alejan. Siguen hacia la galería del frente. Escucho el auto, parece que se van.
Llama mi esposo. Le repito que en el hotel no podía estar. Hablo poco.
—Fui a la playa. Un día hermoso. Sí, muchos caracoles, algún farito. Sí, bastante viento. Poca gente. Lindo, lo paso lindo. Estoy bien. No, no vengas. Quiero estar sola.
Ya no sé bien qué día es. Anoche lo vi todo o casi todo. Hubo corridas y gritos. Fue de madrugada. Iban hacia el patio del fondo. Vi a la mujer de la capucha. Déjenlo. A mi marido no, decía. Y le pegaban. Entré desesperada no sabía qué hacer. Fui a la habitación donde dormíamos. Ahí estaba yo durita con los ojos semi abiertos. Sé que no dormía, transpiraba. Mi hermana, al lado, sí dormía. Avancé a la pieza del fondo. Mis padres estaban mirando por la ventana de atrás. Reconocí el camisón lila de mamá. Lloraba.
—Roberto, esto es un horror, déjenla —gritó.
Mi padre le hizo un gesto desesperado de silencio con su mano, y susurró:
—Mañana nos vamos, Fortunato me contó algo, pero nunca imaginé esto.
Fui a la pieza y me encerré en el ropero. Sentí terror como en la infancia. Los vi acostarse por la mirilla. Me dormí acurrucada entre valijas. Desperté muy contracturada. Salí del ropero y ya no había nadie.
Intento recuperar el cronograma, aunque siento que no estoy logrando lo que quiero. Hoy me toca el patio del fondo. El viento trae olor a podrido, deben ser los cornalitos. Ya no sé si quiero ir, pero mi sentido del deber me impulsa. Llevo todo. Bajo la escalera y me siento en los yuyos que están muy revueltos. Veo a esos pequeños escarabajos negros que hacen caminos en la arena, los sigo un rato con la mirada. Me tranquilizan. Para ellos el tiempo es siempre presente. No logro concentrarme, los pastos pinchan. Voy a buscar una lona. Ahí los veo, a mi padre y el cura en el patio del frente. Me acerco hasta la galería y escucho.
—Me obligan. ¿No entendés, querido? No es la primera vez, hace tiempo que lo hacen. Me amenazan. Y esa mujer era mi amiga. —Llora. Se agarra la cabeza y se va agachando en cámara lenta como si las rodillas no lo sostuvieran. Mi padre quiere levantarlo de los codos. Se incorpora.
—A tu tío también lo amenazan, por eso viene cada vez menos. Mirá mi mano. —Muestra que le falta un dedo.
—Yo no doy más —dice. —Váyanse, esto es grave.
Soy testigo de algo importante, lo sé. Lo de anotar cada día perdió sentido, pero igual anoto: cura sin dedo, padre, tío. Cada una de esas palabras me va a refrescar la memoria de lo vivido esta semana. Aunque quizás, mañana prefiera no recordar. No quiero saber nada más. Todo me resulta hostil. El hombre de la inmobiliaria me llamó molesto porque no lo dejo entrar. Insiste con venir a mostrar la casa en el horario que voy a la playa. Lo cierto es que duermo mucho en el día y no quiero que me molesten. Falta poco, por suerte.
Hoy es viernes, me tocan los pasillos. Son espacios angostos y cerrados pero muy conducentes. Te llevan. Sobre todo, el del living a las habitaciones del fondo. Se pasa por una puerta vaivén. Pienso recorrerlo después de desayunar. Oigo voces y otra vez es el de la inmobiliaria que camina por alrededor de la casa. Estoy rodeada. Se ríe y dice que a todo el mundo le llama la atención el patio del fondo. Lo veo que se asoma por la ventana del living. Todos aplastan sus caras contra el vidrio. Me agacho con la taza y las galletas debajo de la mesa. Se me vuelca un poco de café. No me ven. Miran. Es grande, dice el hombre, demoran bastante en irse. Oigo que comenta que otro día la van a ver en detalle por dentro y se van.
De nuevo corridas en la noche y una escena. Salgo con cuidado. La pared medianera no está, pero sí el antiguo cerco de ligustro. Miro hacia la iglesia a través del cerco. Veo al cura cavando un pozo muy profundo justo en el límite. Hay dos cuerpos en el piso y tres hombres que lo amenazan con armas.
—Más profundo cura cagón— le dicen—, no ves que no entran. Uno al lado del otro, como sentados en tu iglesia, pero descansando en paz. No defraudes a tus fieles —Se ríen. Le pegan.
—Apurate, si ya sabés cómo es. Y si tanto te molesta, pedile al viejo de al lado, que se los quede. Ya le va a tocar a él —se ríen los tres hombres. Resuenan en la noche. Corro[N1.1] a mi habitación. Lo que vi no me deja dormir.
De golpe entiendo todo. Voy cerrando puertas para no escuchar los ruidos del fondo. No quiero más gritos. Ni pelotas de pingpong. Anoche sonó el disco de las campanas. Se repetía constantemente. Pero esta vez fue todo en el jardín de adelante. En plena oscuridad estaba el tío con el cura.
—Véndala —dijo el sacerdote—. Van a quedar todos de su lado como me pidieron. Nunca los va a conformar a estos tipos. Fortunato, hágame caso. Si no vamos a tener problemas cuando cambien las autoridades. Algún día tiene que terminar esto. Corra el cerco y la vende. Total usted ya está grande—.
Después podaron el cerco de ligustro y tomaron medidas a dónde ahora está la pared.
Me despierta el teléfono. Lo apago. No contesto a nadie más. Tengo un nudo en la garganta. Me voy más angustiada de lo que vine. El cronograma queda incompleto. Mientras subo al taxi, giro la cabeza y le pido al chofer que espere. Nos veo llegar. Admiro mi inocencia cuando bajo del Citroën amarillo. Corro feliz, mis piernas parecen destartalarse en la velocidad, mi hermana viene atrás. Abro el pasante del portón de metal y me tiro en el césped boca arriba, mirando al cielo.




