Mnemosine y los pasillos de la memoria
Columna de Romina Perez
Mnemosine y los pasillos de la memoria
Columna de Romina Perez

Según los griegos, la memoria era esa capacidad fundamental que nos diferencia de los animales, la muestra del poder recordar como sinónimo de la supervivencia, la continuidad del conocimiento como victoria a la propia muerte. Tan solo pronunciar la palabra “memoria” resulta en una invocación etimológica a la Titánide Mnemosine.

Hija de Gea y Urano, la representación mitológica de la memoria configuraba la madre de todas las musas. La relación directa con las artes la propone como un personaje puramente activo, creador. Al mismo tiempo, Mnemosine era el nombre que bautizaba a uno de los dos ríos cruciales del Hades, siendo su opuesto el rio Lete, quien sometía a quien bebiera de sus aguas al olvido eterno. En este sentido nos encontramos con dos conceptos claves: la memoria frente al olvido.

La experiencia personal, nuestras propias vivencias, se resguardan en los que podríamos dar a llamar “el atlas de la memoria”. Centrándonos en este aspecto, y tomando en consideración exclusivamente su carácter visual, se entiende a la memoria como un archivo gigante de imágenes o pequeñas producciones audiovisuales que proyectamos internamente al recordar. Ya en el siglo XIX, el teórico Aby Warburg, retomando conocimientos en torno la psicología (por ejemplo, la noción de la memoria como principio fundamental en las transformaciones de los seres vivos de Richard Semon) pone en el centro reflexivo el concepto de enagrama. Se entiende al enagrama como un residuo que la reiteración de ciertas sensaciones deja en la psique de un ser vivo. Esas huellas se relacionan entre sí, de modo que se producen asociaciones de enagramas que suelen presentar, como eslabones de una cadena, una emoción y una determinada actitud exterior del cuerpo la cual no es sino la estructura de una expresión.

Tomemos la analogía de un álbum fotográfico, como archivo protector de la memoria familiar, las fotografías, como imágenes que suspenden un determinado momento, constituirían la materia prima de los millones de álbumes fotográficos que almacenan el panteón de la memoria. Pasillos y pasillos con cajones llenos de recuerdos. Para esto hay dos conceptos de la lengua germánica que esclarecen las ideas de Warburg: Nachleben y Überleben.

Mariela Silvana Vargas, en un reconocido artículo explica:

“Nachleben” en el diccionario de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm lo define como:

1) »nachfolgendes, nachdauerndes leben« [vida posterior, vida que pervive] y 2) »nachahmendes leben« [vida que imita]. El verbo “nachleben” recoge también el doble significado de sobrevivir e imitar, tomar a alguien como ejemplo. En diccionarios contemporáneos se define “Nachleben” como “la vida de un muerto en el recuerdo de sus deudos” o la “pervivencia en el recuerdo de los descendientes” y al verbo “nachleben” como imitar, “vivir de acuerdo al ejemplo dado por alguien”. Este último significado vincula “nachleben” con “nacherleben”, cuya definición es “revivir a través del recuerdo algo que otros han vivido”.

Para los antiguos, carecer del don de la memoria era casi similar a estar muerto. Aquí vuelve a tomar relevancia la mitología griega, ya que tal como se narra, el alma al llegar al inframundo podía escoger si beber del río Mnemosine o del Lete. Aquellos que tomarán la decisión de tomar de las aguas del río Mnemosine se verían recompensados con el resguardo del conocimiento de sus vidas anteriores, mientras que los que bebían del río Lete serían condenados al olvido.

Por otro lado, el concepto de Überleben hace especial hincapíe en la supervivencia, la permanencia frente al olvido, la existencia a través del tiempo. Y es que la memoria, tanto personal como colectiva, o en sus campos científicos (como pueden ser la historiografía o la filosofía, entre otras) engloba no solo un conjunto de conocimientos, sino la relación entre ellos. Es decir que no involucra solamente un almacén pasivo, sino que se entiende como un ente ontológico activo, en su dinámica facultad de participar en la construcción y reconstrucción del conocimiento. A través de ella surgen los significados, determinando nuestra comprensión del mundo externo.

Entonces, dentro de la teoría warburguiana en torno a la memoria, encontramos tres puntos fundamentales derivados del ya comentado R. Semon. En primer lugar, la materialidad, tanto simbólica como social, a la que está atada. En segundo lugar, y en plena relación con el nachleben, la memoria es lo que da vida a la propia materia. Por último, esa materialidad, en cuanto a imagen (o cualquier otro elemento) aparece, o es creada, a partir de una huella y se configura ya sea como imagen o símbolo. Es decir, y en confluencia con las palabras de Giorgio Agamben, que para Warburg, tanto el símbolo como la imagen desempeñan una función similar a la que, según Semon, cumple el engrama. En ellos se concentran una energía cargada y una experiencia emocional que persisten como una herencia transmitida por la memoria colectiva y que se activan mediante la influencia de la voluntad selectiva de una época específica cuando entran en contacto con ella.

Los pasillos de la memoria, como escena, nos permiten crear una imagen teatral de nuestras vidas. Sin dejar de lado que la experiencia de recordar se ha ido moldeando, sobre todo en el último siglo, por los modelos cinematográficos y fotográficos que se nos presentan continuamente, también es necesario comprender que creamos un cierto pacto de ficción con nuestros propios recuerdos. En este sentido, solemos pensar nuestro pasado a través de una cronología, los pasillos que inventamos tienen un orden, como un archivo institucional, un año, un lugar, una cierta paleta de colores. En realidad, me atrevería a decir, que ese orden cronológico es más bien una imposición, ya que la memoria puede constituirse como una facultad que colecta fenómenos discontinuos, a veces robados (como cuando no sabemos si es algo que hemos vivido o soñado) y claramente distorsionado.

Los pasillos de la memoria, como escena, nos permiten crear una imagen teatral de nuestras vidas.

Romina Pérez Historiadora del arte

En conclusión, la reflexión en torno a las estructuras de la memoria resulta ineludible en la experiencia de vivir. Desde la antigüedad hasta las teorías contemporáneas, el estudio de la misma resulta fundamental, por lo que la memoria no constituye solamente un resguardo, sino que se corresponde al principio creador, así como la Titánide Mnemosine se constituye como madre de las nueve musas. Los estudios del siglo XIX, que siguen sumamente vigente en lo que hoy se llaman “Estudios Visuales”, nos permiten entender que hay una cierta voluntad selectiva, una decisión en cuanto a qué agua de qué río tomar, y entender las posibles distorsiones en las lecturas del pasado. Finalmente, la intención se basa en construir un escenario para los recuerdos, una cajonera inmensa que puede ser fragmentada, plenamente subjetiva y susceptible a la distorsión. A pesar de ello, la memoria resulta, en última instancia, en un vínculo vital con nuestro pasado y como base de construcción para el continuo presente.

Escrito por:

ROMINA PEREZ

Colaboradora Revista CUAD

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