Jorge Drexler, entre el homenaje y el legado
Escrito por Gabriel Plaza
Jorge Drexler, entre el homenaje y el legado
Escrito por Gabriel Plaza

A los 61 años, el músico uruguayo escribió el que será a futuro uno de sus mejores trabajos: Taracá. Aquel que sobrevivirá en el anaquel preciado de su propia discografía. Es en todo sentido un disco muy uruguayo y cosmopolita.

Es la medianoche y Jorge Drexler no quiere que termine la celebración. “¿Una más?”, le pide a los seis músicos que integran esa selección bautizada La Rueda de Candombe, un espectáculo que condensa los grandes clásicos del género y que desde el 2024 se transformó en el gran fenómeno musical en Montevideo, con gente bailando y coreando aquellos grandes temas de Rubén Rada, Jaime Roos, Edu “Pitufo” Lombardo, entre otros. 

Ya pasaron “Amándote”, “Descolgando el cielo”, “Candombe para Gardel”, “Ayer te ví”.  

Una vez que se enciende la brasa del baile nadie puede apagarla. En cada toque se agrega combustión. La línea de tambores -repique, chico y piano- hacen su trabajo rítmico que completan la guitarra, el guitarrón y el acordeón, avivan el fuego con esa clave afro, que replican las manos. 

El candombe genera una sensación muy corporal, un loop bailable adictivo y un contacto con la experiencia del momento de la que participan todos los que están. Es estar “acá y estar ahora”, en una celebración del instante eterno, como dice una de las nuevas canciones del álbum de Jorge Drexler llamado Taracá.

Dos horas antes el cielo está violeta, hay viento sur y caen unas pequeñas gotas. Jorge Drexler está a punto de presentar por primera vez y en Montevideo, sus nuevas canciones. La banda formada por Facundo Balta (piano, teclados y bajo), Nacho Algorta (piano y coros), Camila Ferrari y Cecilia de los Santos (coros), está ubicada en su lugar. El equipo de producción está nervioso. Drexler, también, aunque no se le nota cuando aparece con una sonrisa entre la gente apiñada alrededor del escenario y se deja abrazar por los familiares, amigos y colegas, invitados al lanzamiento de su disco, organizado en el Centro Cultural Candela, más conocido como La casa del Lobo Núñez, un guardián del candombe, que toca en la banda de Rubén Rada. 

El nuevo disco de Jorge Drexler, se impregna de todo ese imaginario simbólico del candombe. No sólo es la brújula del disco, sino su propio geolocalizador personal. Es su forma de dialogar con aquellos que no están físicamente, pero cuya presencia queda prendida en el viaje de la vida de cada uno. 

El olor a choripán y el humo de la parrilla pegada al escenario, los barriles con bebidas frescas, las guirnaldas con luces, recrean ese ambiente de las fiestas populares de los domingos en Montevideo, el día de las llamadas: cuando salen las comparsas en cada barrio para honrar una memoria del cuero que es el legado de los primeros esclavos en Uruguay y continúa en el toque de las cuerdas de tambores que salen a desfilar por las calles junto a bailarinas, bailarines y figuras tradicionales como el bastonero, la doña mama y el gramillero. 

El nuevo disco de Jorge Drexler, también, se impregna de todo ese imaginario simbólico del candombe. No sólo es la brújula del disco, sino su propio geolocalizador personal. Es su forma de dialogar con aquellos que no están físicamente, pero cuya presencia queda prendida en el viaje de la vida de cada uno. 

Taracá es su manera de procesar la perdida de su padre que murió en noviembre de 2024, la nostalgia de vivir hace treinta años en Madrid, lejos de su país, dialogar con la propia identidad y la raíz montevideana, experimentar y ver cómo ese sonido que llegó de Africa y se expandió musicalmente a través del candombe como forma de catalizar el dolor de la esclavitud, sigue en viaje, y también como puede formar parte de ese legado, a su manera. 

Hay que decirlo porque el compositor prefiere no hacerlo, a los 61 años, el músico uruguayo escribió el que será a futuro uno de sus mejores trabajos. Aquel que sobrevivirá en el anaquel preciado de su propia discografía. Es en todo sentido un disco muy uruguayo y cosmopolita, que tiene la participación de productores de su país de distintas generaciones como Tadu Vázquez, Facu Balta, Lucas Piedra Cueva, Carlos Casacuberta; artistas de Montevideo como los músicos de la Rueda de Candombe (Darío Terán, tambor chico, Claudio Martínez, tambor repique, Diego Paredes, tambor piano, Alejandro Luzardo, guitarra, Rolo Fernandez, guitarrón, y  Hernán Peyrou, acordeón), la orquesta La Susi dirigida por Nacho Algorta, la murga Falta y Resto, Julio Cobelli, Américo Young, y figuras del trap como la portorriqueña Young Miko, la flamenca Angeles Toledano y la española Meritxell Nederman, que fue parte de su anterior banda.

En el disco realiza su propio tributo directo al candombe en canciones como “Toca madera” y “Tambor chico”, o juega con el trap y la canción en “Cómo se ama”, pero también propone una conversación de ida y vuelta entre la guitarra de Julio Cobelli, (hay que escuchar ese sonido grave y criollo de la escuela de Alfredo Zitarrosa), y la cantaora flamenca Angeles Toledano, para mostrar que la milonga uruguaya y el cante gitano forman parte de su propia historia desde que se fue a vivir a España. 

Aunque es la clave afro del candombe, -el corazón del álbum-, lo que atraviesa el espíritu de Taracá y que lo devolvió a su tierra para grabar un disco en Montevideo, después de veinte años. 

En “Ante la duda baila”, un ensayo sobre las prohibiciones de los bailes populares desde el siglo XV en adelante, Drexler recapitula como un historiador dando clase en una universidad, o si estuviera dando una charla TED, el derrotero que sufrieron géneros como la zarabanda, el tango y hasta el reggaetón, sobre una base dance de loops y tambores de la comparsa La Dominguera, registrado con su celular en las calles de Montevideo.

El disco propone otros giros en la balada acústica “Te llevo tatuada”, con la reggaetonera Young Miko, que deja a un costado los beats urbanos para concentrarse en la melodía, la guitarra en el centro, el clima de fogón bajo un cielo nocturno creado por esos efectos de la programación (¿cuando las estrellas titilan podrían tener ese sonido?), y que habla sobre la huella que deja en el cuerpo un viejo amor. O en la canción “Amar y ser amado”, que tiene la vibra del álbum Blonde de Frank Ocean, con una arquitectura minimalista de sintetizadores, una guitarra marcando el beat, y el efecto del vocoder, que logra que las voces de Drexler y Meritxell Nederman, estén flotando en el espacio, para recrear una letra que es como un haiku japonés.

Amar y ser amado,     

y poco o nada más

que amar y ser amado.

Sin entender 

cómo empezó,

a dónde va, 

ni cuál va a ser el resultado:

dejar caer los dados

Drexler ofrece una mirada reveladora, a la vez que ingeniosa en “¿Hay alguien A.I?”, una reflexión sobre el avance de la inteligencia artificial en la vida cotidiana y un posible futuro distópico, y, también, se conecta con el mensaje comunitario de su oficio en la canción “Nuestro trabajo/Los puentes”, donde pone en diálogo musical al candombe y la plena uruguaya, representado en la voz de Américo Young, un género afro bailable que llegó a Montevideo desde Puerto Rico, a mediados de los años cincuenta y se quedó a vivir al sur del continente.

Entre las once canciones del disco, hay una que no compuso pero parece suya, o lo esperó todo este tiempo para ser incluida en un álbum así. Drexler toma un himno del compositor carioca Gonzaguinha (1945-1991), aquellas canciones que sonaban en las radios y que los brasileños tienen clavadas en la memoria, y la comparte en este disco para que se vuelve un himno propio de los rioplatenses, un futuro himno de las ruedas de candombe: “¿Qué será que és?”. 

Allí Drexler se entrega a ese trazo existencial de una letra que habla del misterio de la vida y de ese sentimiento que nadie sabe cuánto puede durar, y cuando llega o cuando se va. 

Hace poco se viralizó en las redes un video de Nick Cave en un programa de televisión leyendo una carta donde le respondía a un fan que ya no creía en la humanidad y en la esperanza. Cave le dijo: “Hizo falta algo devastador para encontrar la esperanza”. La clave es que Cave, sufrió la muerte de dos hijos en 2015 y 2022.

Drexler perdió a su padre y necesitaba cantar una canción como la de Gonzaguinha, donde se pregunta ¿Qué es la vida?. Una canción, donde acompañado por el pulso de la rueda de candombe, echa a rodar una pregunta existencial y compleja que el autor, a la manera de un filósofo, desanda en cuatro minutos. 

En esta canción, Drexler, que sigue procesando su duelo, encontró en los versos de Gonzaguinha una respuesta posible frente al sinsentido de la muerte, y una manera de seguir en el camino. 

Vivir y no tener vergüenza de ser feliz.

cantar y cantar y cantar

la belleza de ser un eterno aprendiz 

Yo sé que la vida puede ser mejor y será

pero eso no impide que repita

es bonita, es bonita. 


Es una canción memorable. No es la única. Drexler cierra el disco con “Las palabras”, una obra compuesta entre 2017 y 2025. Allí, también, se hace otra pregunta filosófica sobre la vida y la muerte. Lo que queda al final del camino. Es una canción que dedicó a su padre, pero no la compuso de manera consciente, aunque empezó a escribirla el 13 de marzo, día de nacimiento de Günther Drexler.

Allí repite un mantra que es el estribillo de la canción, “La gente pasa pero las palabras quedan”, frasea Drexler sobre una clave de candombe, el chasquido de los dedos, los acordes ominosos del piano eléctrico Wulitzer, la tensión de las cuerdas y los detalles de programación. 

Toda la canción tiene una carga emocional, un final sutilmente épico en los coros de la murga Falta y Resto, -este año fue su regreso al Carnaval 2026-, que se sumó para que esa canción suene definitiva, suene para la posteridad, suene con la importancia de un manifiesto suave sobre lo que queda del paso por la tierra, el rastro en la arena borrado por las olas del mar. 

Antes que pase eso, Drexler escribe:

Se ordena el cielo, cuando las palabras suenan,

y en el sonido toma forma lo que nombran,

tarde o temprano por las malas o la buenas

del sol nos da refugio la palabra “sombra”

y pone el pecho en sombras la palabra “pena”.

La gente pasa, pero las palabras quedan

como una estela queda dando fe de un barco,

así la huella en el barro, evocará la rueda,

como una flecha guarda la tensión del arco.

La gente pasa, pero las palabras quedan.

Escrito por:

Gabriel Plaza

> OTRAS MIRADAS

Leandro A. López

Pichón

Leandro A. López

El mundo de un chico de cinco años

Fabio Wasserman

Juana

Veronica Bonacchi

La carrera imposible del consumo cultural