La sencillez conmovedora de “Como si pasara un tren”
Escrito por Veronica Bonacchi
La sencillez conmovedora de “Como si pasara un tren”
Escrito por Veronica Bonacchi

Director de la pieza que abre el festival de teatro de FCP-IUPA, Tato Cayón cuenta el proceso que lo llevó no sólo a elegir esta obra y a los actores, sino el modo en que se hizo para que se transmita la sensibilidad que cuenta.

En el escenario de “Como si pasara un tren”, la emoción se filtra como la luz entre las persianas: tenue. A veces ilumina, a veces conmueve. Ese es el efecto que busca Tato Cayón, el director de la obra que abrirá el Festival de Teatro que organizan Fundación Cultural Patagonia (FCP) y el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA), del 20 al 23 de agosto.

La historia de Tato quedó ligada al teatro desde su adolescencia. A los 16 años, su padre lo inscribió en un taller municipal dictado por la actriz y maestra de actores Olga Corral. Pero lo que parecía una estrategia para vencer la introversión se convirtió en el inicio de una vocación. “Olga fue mi primera maestra. Su amorosidad como docente, la pasión con la que vivía el teatro y su talento hicieron que, sin lugar a dudas, yo abrace ese hobbie que rápidamente se convirtió en mi profesión”, recuerda ahora Cayón. Desde entonces, se convirtió en destino.

Su formación en la Escuela Nacional de Arte Dramático (hoy Universidad Nacional de las Artes, UNA), y su paso por el circuito comercial e independiente de Buenos Aires, lo fueron moldeando como actor, dramaturgo y director. Tomó clases de actuación con Alejandro Catalán, Silvina Sabater, clases de dramaturgia con Andrés Binetti y Lucas Lagreé; estudió canto, hizo cursos de dirección, trabajó mucho (en el circuito de teatro comercial, haciendo producción, asistencia de dirección y actuando). Y también escribió y dirigió sus propias obras en el circuito independiente (“Donde terminan los rieles”, “Río que va”, “Como los terremotos que solo dejan escombros”).

En 2018, decidió volver a General Roca. El motivo fue tan sencillo como profundo: “Necesitaba ver crecer y ser el tío de mi sobrina”. Lo que iba a ser una pausa breve se transformó en un nuevo capítulo largo. En ese regreso, hubo otra figura clave: Ana Bertoni. “La conocía desde hacía muchos años, ella era parte del staff de FCP. A los pocos días de haber llegado, me crucé con ella en el IUPA y entre abrazos me dijo: dame ya tu currículum’”. Ese gesto espontáneo de Bertoni se convirtió en el punto de partida de su vínculo con Fundación Cultural Patagonia.

Pero Ana Bertoni no fue solo el nexo institucional. “Además de ser una gran colega que hasta el momento de su jubilación no hizo más que acompañarme en cada proyecto, se convirtió en una gran amiga a quien admiro y respeto profundamente”, dice Cayón. Su presencia, discreta pero decisiva, fue parte del tejido afectivo que sostiene su trabajo en la región.

Bertoni y Corral. Las dos mujeres fueron decisivas en la vida de Cayón. Una especie de amalgama de lo mejor de cada una. “Creo que aquella pasión que en su momento Olga me había transmitido, se vió reflejada en mi trabajo y fue por eso que me fui ganando la confianza de quienes comandan la institución y los espacios que hoy ocupo”, dice el que hoy es Director de Teatro FCP.

Fue en ese contexto donde germinó la idea de dirigir “Como si pasara un tren”, una puesta que había visto años atrás en Buenos Aires y que lo había atravesado emocionalmente. “Es una obra sencilla pero conmovedora. Es una pieza que apela a la actuación por sobre todas las cosas porque no pide grandilocuencias en lo que se refiere a la puesta escenográfica, pero sí evidencia un gran desafío para quien la dirige y quien la actúa. Es una obra que necesita actores comprometidos, si no, se convierte en una mentira. Si no se trabajan los vínculos, es una mentira. Si no hay verdad, sensibilidad y los actores no ponen el cuerpo, es una mentira. En Como si pasara un tren, no existe el “cómo qué”, lo que sucede, sucede”, dice.

“Es una obra que necesita actores comprometidos, si no, se convierte en una mentira. Si no se trabajan los vínculos, es una mentira. Si no hay verdad, sensibilidad y los actores no ponen el cuerpo, es una mentira.”.

La pieza, escrita por Lorena Romanin, explora la complejidad de las relaciones familiares, la discapacidad y la búsqueda de la independencia. No cae en el melodrama. Busca el humor y la frescura. La trama se centra en Susana, una madre sobreprotectora, y Juan, su hijo de casi 30 años con un leve retraso madurativo. La vida de ambos transcurre en la aparente calma de su hogar en un pueblo pequeño, un universo cerrado que se ve alterado por la llegada de Valeria, la sobrina de Susana. La aparición de Valeria, con su frescura y su visión del mundo, actúa como un catalizador que desafía los roles establecidos y obliga a los personajes a replantearse sus vidas.

La elección del elenco fue tan intuitiva como precisa. “La hice pensando en qué era lo que necesitaba para darle vida a cada uno de los personajes y así fue que inmediatamente se me vino a la memoria el trabajo de Mariana Jaime a quien conocía como colega y también había dirigido en una oportunidad, en el 2019. Mariana es una actriz potente y con mucho escenario recorrido, lo cual es fue un gran punto a favor al momento de los ensayos. Emiliano fue el primero en quien pensé. Él trabajó conmigo en “El loco y la camisa”. Lo había visto una sola vez en una varieté en Casa de la Cultura y en ese momento ví en él algo muy particular, un talento innato que había que pulir. Emiliano Flores es un actor sensible, comprometido, permeable y un gran compañero de sus compañeros. No había forma de que no lo convoque para hacer a Juan. Malena Mena entró al elenco a través de una audición que se hizo en FCP a finales del año pasado. Inmediatamente me atrajo. Male es una actriz hermosa que trabaja con mucha curiosidad y siempre está dispuesta a aprender lo que sea necesario para seguir creciendo”, dice.

Los ensayos fueron un espacio de cuidado y construcción colectiva. “La obra nos ponía vulnerables todo el tiempo y la construcción de los personajes se gestó desde esa vulnerabilidad. Necesitaba que estén disponibles, con la emoción y con el cuerpo, porque desde mi visión como director, no había otra forma de contar esta historia”.

“La obra nos ponía vulnerables todo el tiempo y la construcción de los personajes se gestó desde esa vulnerabilidad”.

El guión, que narra la vida de Juan, un joven con retraso madurativo, exigía una mirada atenta y respetuosa. “Los límites eran muy finos y todo podía inclinarse al estereotipo. Por eso trabajamos con lo que cada uno tenía, sin forzar, construyendo desde lo real”, explica.

Aunque la obra abrirá el festival de Teatro, el 20 de agosto, ya se ha presentado en Roca, Cipolletti y Choele Choel. Cada función, dice, le provoca los mismos nervios. “Cada vez siento los mismos nervios y el mismo placer posterior, también, de escuchar los comentarios, los buenos y los otros, porque sea lo que sea que te haya sucedido como espectador, quiere decir que por algún motivo la obra te interpeló”, dice.

En todo eso que ocurre de este lado del escenario termina de completarse su vocación, en los espectadores. En eso queda reverberando: “Que cuando hayan salido de la sala, aunque sea por un rato, les quede algo de lo que vieron: una emoción, un comentario, una reflexión, pero sobre todo, las ganas de volver a ver la obra”.

Escrito por:

VERONICA BONACCHI

Jefa de Redacción Revista CUAD

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