La Valenti: el corazón acústico del Sur
Escrito por Gabriel Plaza
La Valenti: el corazón acústico del Sur
Escrito por Gabriel Plaza

Criada en Neuquén, la cantante y compositora Valentina Soria, La Valenti, es una figura en ascenso en la escena porteña. Con la música, con sus personajes, narra su biografía , sus deseos, sus temores con sensibilidad y profundidad, entre el ruido abrumador de Buenos Aires y los aires patagónicos donde tiene su corazón.

La Valenti, cantante y compositora criada en Neuquén capital desde los diez meses de edad, sembró un camino en la escena porteña con un soul fato in casa, hip hop, funk, pop, una dosis de electrónica y un interés creciente por el folklore, que la ubicó como una artista relevante con presencia en playlists de Spotify como Piola, Hip Hop Argento, Amor Indie, o el compilado Buen día (“una inyección de alegría para tus mañanas”), donde sus canciones aparecen junto a las de Bad Bunny, Lali y Karol G.

Ella sorprende con sus metamorfosis. La música es su manera de narrar su propio biografía, encarnar varios personajes como en una película coral, que transcurre entre Buenos Aires y Neuquén, para desnudarse frente al espejo de sus canciones, hablar de sus inseguridades, sus miedos, sus relaciones con otras chicas y chicos, sus deseos, su manera de respirar, o de rezar a santos apócrifos. Frente a la manera de hacer un soul argento que suena como una música funcional para ascensores, La Valenti eleva la voz, tiene cosas para decir y las dice con sensibilidad, humor y profundidad.

“Soy como las cenizas del fuego/me vuelo con el viento/tierra de la que vengo/y siento/ que me arrastro por el suelo/con este par de huesos/que se me caen a cada verso”.

La Valenti, puede sonar etérea, retro y moderna en una canción como “Toita”, que tiene quince grados de separación con el universo Rosalía; puede explorar su sensualidad elegante con una voz de terciopelo en el bolero “Bobo”, atravesar los beats modernos de una fiesta electro pop donde podrían estar los invitados Miranda en “Yanina”; o encontrar la intimidad de una fogata y una guitarreada folklórica en “Volver al sur”.

Dos discos la instalaron en la escena independiente: R Chop de 2022, (el nombre del tratamiento de quimioterapia que tuvo que atravesar en 2020 cuando tenía 23 años), y La Capitana (2024), donde dio un paso hacia una madurez artística y conceptual. “En el primero disco había una niña. Ahora soy una mujer. No es una cuestión física, sino una cuestión de actitud”, dice Valenti, artista patagónica que nació en Córdoba, pero vivió hasta los 17 años en Neuquén.

En estas tres últimas semanas, La Valenti fue protagonista y organizadora de un tributo colectivo de la nueva generación a Mercedes Sosa; cantó como invitada en la sesiones musicales de Florián (hijo de Vicentico) llamadas Gentileza; se presentó en la Sala Zitarrosa de Montevideo, ciudad que visitó por primera vez, estrenó un nuevo tema con Niño ETC, y estrenó su espectáculo Corazón acústico en el Konex con entradas agotadas.

“Siempre estamos buscando algo más. Estoy en mil cosas, es verdad, pero trabajo de esto y necesito que constantemente estén pasando cosas. Por suerte, suceden”, dice La Valenti, que el 29 de agosto vuelve a la capital neuquina para cantar en Casa Tres.

En su pulsión vital, una intensidad que acompaña su juventud, está el registro en el cuerpo del padecimiento de un cáncer que la mantuvo alejada de todo. “Empezó en pandemia y estuve con mi familia al principio del tratamiento en Neuquén. Fue loco después volver a Buenos Aires, porque la gente piensa que te vas a morir. Por suerte, me adapté súper bien. Cuando veo fotos de aquel momento flasheo. Recién ahora me siento y me veo como era antes. Mismo la energía que no tenía. Perdí todo ese tiempo noción de mi cuerpo, mi cara, mi deseo. Fue como volver a sentirme una persona y crecer”, dice con 28 años.

La luz ingresa por el ventanal del cuarto donde está sentada frente a la computadora. Se ven los mechones rubios debajo de la gorra azul que le resalta esos ojos de mirada melancólica y una sonrisa leve cada vez que recuerda la pasión de su madre por el teatro, o las tardes de su padre escuchando música mientras diseñaba planos. Es un rostro angular de finas facciones y un aire retro, que lo aprovechó para teatralizar la estética y el diseño para el arte de su último disco La Capitana. Su vestuario habitual, en cambio, es el de una artista del trap informal: lleva puesta una chomba Lacoste bien abotonada hasta el cuello.

Todavía tiene fresco el recuerdo de cuando llegó a la ciudad de Buenos Aires, el lugar al que le había prometido a sus padres, -un arquitecto y una diseñadora de ropa-, se iba a mudar desde muy chica. Lo que sintió, el recuerdo en sí, después de toda una crianza en Neuquén y viviendo a tres cuadras del Río Limay, -en esas calles que eran un conjunto de chacras que hoy están rodeadas de construcciones más urbanas-, fue el olor a caño de escape de los autos. El smog extrañamente le fascinaba a esa joven cercana a la naturaleza.

Con los años, esa toxicidad, el ruido, la aceleración de la ciudad, la afectó tanto que fue como un enemigo invisible para su salud mental: “tenía ansiedad, pensaba que estaba deprimida”. Hasta que hace una temporada decidió refugiarse en Florida, un barrio de zona norte mucho más tranquilo cruzando la General Paz, la avenida que divide simbólicamente la capital de la provincia de Buenos Aires, donde está su centro de operaciones: allí escribe los guiones de sus conciertos, compone y piensa el concepto de cada espectáculo. Así nació Corazón acústico, donde incursiona en obras de canciones más del repertorio latinoamericano como “Canción de las simples cosas” y “Como la cigarra”.

“En los conciertos siempre había una parte más acústica y folklórica, pero me parecía que era bueno tomar esa idea y desarrollarla en todo un espectáculo”, dice La Valenti.

Sus singles, discos y colaboraciones marcan etapas en su bitácora musical y revelan a una artista en constante mudanza. Pero hay que ir bien atrás para encontrar los rastros de su personalidad creativa. Sus padres no son músicos, pero la llevaron a conciertos desde que era una bebé. “Los dos eran muy jóvenes cuando me tuvieron y me llevaban a todos lados. Para mí, eso generó algo”, dice La Valenti.

En su casa escuchaban música todo el día: rock, hip hop, folklore. “La biblioteca musical era gigante. Teníamos cd’s y cassettes un montón”, dice. Desde los siete estudio música, teatro y baile, en una academia. También tomaba cursos de otras ramas del hip hop y danza afroamericana. Su madre, una apasionada del teatro que nunca ejerció, siempre le hablaba del escenario. “El escenario es súper importante me decía y eso me quedó. Es un lugar sagrado, de mucha transformación y donde sos inimputable. Eso es bastante loco. Podes hacer lo que quieras. Nadie te puede juzgar”, dice Valenti.

De niña tenía la decisión tomada de venirse a estudiar a Buenos Aires. Cuando llegó a la ciudad vivió en una residencia de monjas en Barrio Norte. No era una cuestión religiosa sino por seguridad: todavía no era mayor de edad. De día trabajaba para una diseñadora. De noche estudiaba teatro en Avellaneda, donde cursó tres años. Le faltó uno para recibirse. Algo le hizo un click interno cuando escuchó los discos de Bebe, Natalia Lafourcade y Mon Laferte y quedó fascinada con esa manera de hacer música y explorar la raíz.

“Me hice traer la guitarra de Neuquén, me compré un ukelele y empecé a cantar. Estaba luchando con el teatro, millones de castings y no quedaba en nada. Me llamaron de un festival de música en Neuquén. Sentí que algo de la música me dio un espacio y me fui para ahí”, dice.

El punto de regreso siempre está en Neuquén, en esa cruz del sur donde está la casa de sus afectos. No es casualidad que el tema que abre su último disco de La Capitana, es “Quimey Neuquén”, la composición de Marcelo Berbel y Milton Aguilar. “Es el segundo himno de nuestra provincia, el que cantábamos de chicos en el colegio. A mí siempre me gustó la versión de Los Hermanos Berbel y un poco el desafío de La Capitana era tener el folclore de Neuquén. Siempre quise cantar esa canción, pero nunca sabía dónde cantarla y por qué, y encontré en La Capitana el espacio para hacerlo”, dice La Valenti.

La Capitana, es un álbum de nueve canciones, que en 2025 tuvo una edición especial con tres nuevos temas. El personaje principal del disco está inspirado en el libro Santa Evita de Tomás Eloy Martinez y en la estética de Eva Perón, aunque es un álbum que no trabaja con esa literalidad, sino con una atmósfera de época, un cuento sobre la importancia del rol femenino en la sociedad y el curso misterioso que toma la vida. El álbum habla de las relaciones amorosas, la libertad sexual, la dificultad de los vínculos en una época líquida, las heridas de la vida, la superficialidad de la sociedad, la nostalgia del que se va de su lugar y siempre quiere volver.

“Es un disco que aparece cuando yo estaba saturada de la ciudad. No soportaba vivir en capital y extrañaba mucho Neuquén. No podía entender por qué no podía estar ahí. Hice un racconto de todo lo que ese lugar significa para mí y lo que sacrificas por no estar ahí. Eso tiene que ver con la Capitana, porque es un personaje que habla mucho de su tierra y se pregunta si vuelve a ese lugar o no”, dice la cantante.

“Es un disco que aparece cuando yo estaba saturada de la ciudad. No soportaba vivir en capital y extrañaba mucho Neuquén”

Es otra faceta solista a la de 2018, cuando llevó adelante un matrimonio musical con una banda de siete músicos. Con ese proyecto empezó a protagonizar una nueva escena de neosoul porteño incipiente, donde asomaban bandas como Nafta. Fue una época que concluyó cuando buscaba un nuevo sonido, entre la producción electrónica y la raíz folklórica, mucho más minimalista. Después de un año girando con las canciones del disco R Chop, desarmó la banda para encontrar una formación más íntima y sostenible.

“Es muy difícil sostener económicamente una banda grande cuando sos solista y quería hacer otro tipo de música. Cuando desarmas algo pensas que no va a ser igual, pero todo es diferente y está bueno. Lo que estoy haciendo ahora me parece lo más lindo que hice. Uno aprende”, dice y acompaña las palabras con un gesto de sorpresa, abriendo bien esos ojos redondos color miel.

El proyecto de La Capitana es más versátil y se desplegó con vida propia, como si fuera una obra de teatro, un unipersonal que va mutando y donde desarrolló un personaje onírico, que tiene su propio spin off, donde puede cantar otro repertorio más cercano a la musica latinoamericana y con temas de su autoría que conviven con grandes clásicos de la canción popular.

El corazón acústico de su propuesta tomó mayor protagonismo. Además de incluir “Quimey Neuquén”, en su último disco, quería componer un himno a su región mucho más personal. “Quería tener mi tema de folclore, hablar de Neuquén como yo lo veo y con las cosas, las imágenes que yo tengo de mi vida”, dice la artista.

“Quería tener mi tema de folclore, hablar de Neuquén como yo lo veo y con las cosas, las imágenes que yo tengo de mi vida”.

“Volver al sur”, una canción de su autoría, tiene ese registro de diario íntimo. Es una canción de río dulce, serena, melancólica, que se hamaca sobre los acordes de una guitarra acústica, pero también con una letra que tiene ese carácter del viento patagónico y habla de araucos tristes, un desierto inmenso y una pena lejana. Es el sentir de un paisaje del presente.

“Cuando fuimos a Neuquén a presentar La Capitana en mayo, la gente cantaba la canción de punta a punta. Era como es estar cantando nuestro nuevo himno, Son imágenes que casi todos tenemos ahora de la provincia, imágenes más actuales y con otras sensaciones, o palabras que son más conocidas para nosotros porque “Quimey Neuquén” es una descripción del nacimiento de la provincia con otras metáforas, y “Volver al Sur” es como algo nuevo”, dice La Valenti.

La nueva producción de La Capitana se complementa con el proyecto audiovisual subido a Youtube con las nueve micro historias. En los videos ella puede aparecer con ruleros, batas sexis, o vestida con una maleta en mano para un viaje que nunca llega. Si en el set audiovisual, cada movimiento y gesto es controlado estética y conceptualmente, en el escenario todo se sale más de su control y llega a otro estado, a un desdoblamiento de su personalidad, a un lugar de fantasía total. Allí es otra, un animal de escenario, una mujer desinhibida y sin etiquetas, que puede bailar sobre un beat enloquecido y funk, muy distinta a la chica locuaz, que esconde su timidez debajo de una gorra que le tapa parcialmente la mirada.

“Siento que soy dos personas distintas-dice, mira al frente y luego sonríe maliciosamente. Estás poseído por algo. Es muy flashero. En los ensayos o cuando grabo, jamás me sale cantar como canto en los escenarios”.

El directo es su territorio de absoluta libertad, el lugar donde no tiene que reprimir lo que siente y hace, el espacio donde puede confesar que se quiere morir cantando, donde puede rapear con acidez y decir: “no sé que me hablan de libertad”. Es el lugar donde siente el vértigo de estar viva, siempre al borde de la caída, y donde se calma evocando ese paisaje de montaña. Desde ahí grita para que todos la oigan, mientras deja su vida al descubierto en las canciones, en un acto de bendita resistencia.

Escrito por:

Gabriel Plaza

Colaborador Revista CUAD

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