“Son muchas vidas en una sola vida”. Luis Cide lo dice con naturalidad, como quien enumera estaciones de un viaje. Y en efecto, su biografía parece un mapa de desplazamientos y retornos, de guitarras que cruzan océanos y escenarios de distintos lugares, desde General Roca hasta Colonia, en Alemania, desde Zúrich hasta Vigo, y desde ahí, a los escenarios de Fundación Cultural Patagonia. La música, para él, ha sido siempre un templo donde se conjugan la disciplina del oficio y la emoción de cada concierto.
Su historia, que empieza en Plaza Huincul, el lugar donde nació, en 1956, y se expande desde General Roca hacia Europa y de vuelta al Alto Valle, es la de un guitarrista que hizo del jazz un territorio de exploración y de la enseñanza un modo de transmitir, de compartir, y de apostar por las nuevas generaciones.
Cide llegó a Roca a los ocho años y aquí encontró, casi por intuición, su instrumento. A los trece ya tocaba la guitarra y a los diecisiete integraba grupos de rock progresivo como Dahuluo y Germinación, en una época en la que la información musical circulaba poco y había que aprender a fuerza de oído, paciencia y curiosidad. El rock fue su puerta de entrada, pero pronto el jazz se convirtió en su horizonte: un lenguaje que exigía rigor, apertura y una relación distinta con el tiempo y la improvisación.

El salto decisivo llegó en 1981, cuando viajó a Suiza. Allí se vinculó con productores audiovisuales que lo invitaron a componer música para documentales sobre Latinoamérica. Tocó en el Volkshaus de Zúrich, participó en festivales contra la dictadura y grabó su primera chacarera en vinilo. Europa le ofreció algo que en Argentina era difícil de encontrar: profesionalización, contratos, giras, continuidad. Vivió once años en Alemania, entre Zúrich y Colonia, donde se sumergió en una escena jazzística exigente y diversa. Grabó discos como Mensajes (1987), El Cuadro Natural, Patagonia de la Fusión, La Edad del Tiempo, Modus Vivendi y, ya de regreso en Argentina, Ancestral. Tocó en universidades, clubes y festivales de Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Bélgica, España y Turquía. Aprendió alemán, perfeccionó su inglés y construyó una red de vínculos que lo acompañaría toda la vida.
En Europa comprendió que el jazz no era una música comercial, sino un lenguaje que combinaba sensibilidad e intelecto. La improvisación no era un capricho, sino un modo de pensar. Cada concierto era distinto, irrepetible, y esa irrepetibilidad era parte del oficio. “Tocar es un regalo de la naturaleza”, suele decir. Un regalo que exige disciplina, estudio y una entrega total al momento presente.
La música, PARA LUIS, ha sido siempre un templo donde se conjugan la disciplina del oficio y la emoción de cada concierto.
El regreso definitivo a Argentina se produjo en el año 2000, tras casi dos décadas en Europa. La decisión estuvo marcada por cuestiones familiares, pero también por la posibilidad de sembrar aquí lo que había aprendido allá. “Venía cada tres años a visitar a mi familia. Cuando estaba afuera del país, siempre añoraba, deseaba si algún día volvía a la Argentina, poder tocar en todos los rincones y volcar la música que uno hace.” Esa voluntad de compartir, de sembrar, es una especie de brújula interna: “Siempre digo que hay que armonizar el mundo. Al planeta hay que armonizarlo. Y de eso nos encargamos los que tenemos la posibilidad de hacerlo, hay otros que no pueden”.
En Roca se integró a la Fundación Cultural Patagonia, donde le ofrecieron asumir la dirección del Grupo de Jazz, además de coordinar la Escuela de Jazz del Instituto Universitario Patagónico de las Artes. Desde entonces, su tarea ha sido doble: seguir tocando y formar nuevas generaciones. Bajo su guía, jóvenes saxofonistas, trompetistas, pianistas y bateristas han descubierto a Miles Davis, Coltrane, Bill Evans y Wayne Shorter, pero también han compuesto sus propias obras y consolidado una escena local que hace veinte años era impensada. El Alto Valle, gracias en parte a su trabajo, se convirtió en un polo jazzístico inesperado.
Cide insiste en que la música es un espacio de trabajo y de sentido. No da discursos antes de subir al escenario: ensaya, trabaja y deja que la música hable. El aplauso del público es, para él, la confirmación de que el arte sigue siendo un refugio. La música, dice, permite pensar la existencia más allá de lo religioso, explorar sensaciones y vínculos que no deberían perderse.
Cide insiste en que la música es un espacio de trabajo y de sentido. No da discursos antes de subir al escenario: ensaya, trabaja y deja que la música hable.
Su historia es también la de un puente entre culturas. En Europa aprendió la disciplina de los contratos profesionales, la exigencia de cumplir con giras y compromisos a largo plazo. En Argentina, en cambio, debió enfrentarse a la falta de difusión del jazz en radios y televisiones, a un medio que muchas veces no ofrece la calidad que él busca. Pero lejos de resignarse, convirtió esa carencia en desafío: organizó ciclos de jazz y tango, impulsó proyectos académicos y formó a decenas de alumnos que hoy tocan en escenarios de todo el país. “No hay que resignarse, nunca”, repite más de una vez durante la entrevista con CUAD.
En 2021, el Senado de la Nación lo reconoció por su trayectoria y su aporte a la cultura. El reconocimiento no cambió su rutina: sigue ensayando, componiendo y enseñando. A sus casi setenta años, prepara espectáculos como Sinatra-Bennett, participa en puestas como María de Buenos Aires y continúa al frente del Grupo de Jazz de la Fundación Cultural Patagonia.
Muchas de las fotos que existen de él -la mayoría en la penumbra del escenario, el traje puesto, bajo el foco de luz, la guitarra en la mano- muestran esa devoción y compromiso, al oficio, a la música.




