Paolo Sorrentino, un director sentimental
Escrito por Rocco Avena
Paolo Sorrentino, un director sentimental
Escrito por Rocco Avena

El director napolitano visitó Buenos Aires antes de partir hacia San Martín de los Andes para dictar una residencia creativa en la que artistas de todo el mundo trabajarán junto a él en sus cortometrajes.

Paolo Sorrentino camina con timidez, como si el cariño del público lo inhibiera, como si las luces del escenario del Teatro San Martín lo sofocaran. Esa sensación apenas se mantiene: desde la primera pregunta hasta la última, en una masterclass gratuita a sala llena que se extendió gracias a su predisposición, el realizador italiano se muestra gracioso, amable, agudo.

Sorrentino llegó a Argentina para encabezar una residencia creativa en San Martín de los Andes en colaboración con PlayLab Films. Participarán 50 artistas que durante 10 días trabajarán de manera intensiva en sus proyectos. Pero antes de partir para la Patagonia, el sábado 29 de noviembre, el autor brindó una masterclass en Buenos Aires. Las actividades también incluían una proyección de La mano de Dios en la Avenida Corrientes, que debió suspenderse por lluvia.

La relación entre Argentina y Sorrentino, napolitano y fanático del fútbol, comenzó con Diego Maradona pero se reforzó en el 2001, cuando su ópera prima, L'uomo in più, ganó el premio del jurado joven en el BAFICI. Fue la primera distinción en su carrera. Esta es su segunda visita al país.

Luego de eso vinieron 10 películas más que lo consolidaron como un autor y una figura de renombre en el cine internacional. En su obra, hay un profundo interés religioso, arquitectónico y cultural, muchas veces marcado por las diferencias entre la infancia y la adultez. En la clase magistral, reconoce la importancia de la emoción en su obra: “Soy un director sentimental”.

Pese a eso, le recomienda al público, repleto de estudiantes, artistas y cinéfilos, tener mucho cuidado con la emoción en sus películas. Es como el chocolate, explica, es delicioso, pero no se puede comer mucho porque el cuerpo no lo soporta. Por eso, en su trabajo tiende a demorar el componente sentimental hasta los treinta minutos.

Ese método lo emplea en “La grande bellezza”, su película más aclamada. Narra la vida de Jep Gambardella, escritor y periodista, durante los gobiernos de Silvio Berlusconi, en la que el mismo protagonista relata su relación con la emoción: “Yo estaba destinado a la sensibilidad”. También funciona como una continuación simbólica de “La dolce vita”, uno de los grandes clásicos de Federico Fellini, su héroe.

Sin embargo, su película más célebre en Argentina es “È stata la mano di Dio” (La mano de Dios), autobiografía en la que demuestra todo su amor a Maradona. Su admiración por el diez no es solo futbolística. En sus propias palabras, le salvó la vida: sus padres murieron por una fuga de gas;é l no estaba en su casa por haber ido a ver un partido del Napoli. Esa también fue la mano de Dios. Y el gol a los ingleses que le da el título a la obra es, como lo expresan los personajes, un gesto revolucionario, un acto político.

Entre el público había muchos maradonianos, que decidieron indagar en su relación con el diez una vez que se abrieron las preguntas. El director se emocionó al recibir una bufanda de Argentinos Juniors, que sostuvo contra su pecho hasta finalizar la clase, y confesó que está esperando la resolución del juicio sobre la muerte de Maradona.

Su revelación más importante, sin embargo, es que desea que su carrera cinematográfica se extienda lo máximo posible para hacer una película sobre la vida de su salvador. Todavía es muy temprano para hacerla, explica. Quiere tener todas las cartas sobre la mesa, no apresurarse. Faltarán muchos años para que esto suceda. Los íconos, como Maradona, necesitan tiempo. Hay muchos episodios sobre su vida que se desconocen, que no están claros. Así sucede con las leyendas.

A pesar de que el tiempo había concluido, Sorrentino permitió que muchos más asistentes pudieran hacerle una pregunta. “Avanti, avanti”, dijo, entre cálidos aplausos, aun cuando ya se oían los primeros acordes de un ballet en la planta baja del teatro. Solo pidió terminar media hora después: tenía ganas de fumar. El cigarrillo le permite combatir las redes sociales, le permite pensar. Se escapa de las historias de Instagram y de los contenidos veloces para ir a buscar las ideas.

“Fumar es una cita con los pensamientos”, sentenció, una imagen que se ve en varias de sus películas, como en “La Grazia”, que todavía no se estrenó en Argentina. El tabaco no fue lo único que reivindicó en sus procesos creativos, también el fútbol. Añora terminar de filmar una película porque sabe que durante los próximos meses se dedicará a ver todos los partidos que le interesen hasta que le llegue una idea. Ese es el momento para sentarse a desarrollar una nueva película.

“Estoy lejos de Italia y puedo decir lo que pienso”, repitió, aliviado, en dos ocasiones. La primera, en tono de broma, al limitar la elección de Toni Servillo como su protagonista en la mayoría de sus películas a su nulo interés en generar nuevas relaciones, en escuchar los problemas de los actores. 

La segunda, al reflexionar en que hay más verdad en las películas de Wes Anderson y Tim Burton, dos realizadores que sobreestilizan la puesta en escena con estilos muy reconocibles para el espectador, que en el cine afgano o iraní en la que se narra la travesía de un granjero desde el punto A hasta el punto B durante dos horas.

A los cineastas, les brindó dos consejos. Primero, insistir, porque es muy complejo obtener el éxito, la aceptación de los productores. Por eso escribe sus guiones como si fueran novelas. Se escapa de las convenciones y de las reglas, que considera frías y repetitivas, para profundizar en una narración más autoral que llame la atención de los lectores. Cautiva porque se distingue de todos los demás largometrajes que reciben las empresas.

La escritura del guion es el proceso que más disfruta al concebir una película, el único que le genera placer. Es el primer espectador, el primer emocionado. Pero sobre todo aconseja vivir antes que ver películas. Todo lo que uno puede contar sobre un universo, enfatiza, se crea a partir de las relaciones personales.

La creación surge al estar lo más conectado posible con la vida, con la gente, los amigos, la familia. Solo así es posible construir originalidad poética. Y eso es lo que le importa en un mundo que se rige por la hipocresía. “Es lo único inteligente que puedo decir”, miente, como varios de sus personajes, pero dentro de esa mentira se encuentra la verdad.

Escrito por:

ROCCO AVENA

Colaborador Revista CUAD

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