“Un destino común” (Caja Negra, 2025) es el primer libro de la directora Lucrecia Martel, pero sobre todo, es una extensión natural de su modo de pensar el cine, y la vida en común. Pero no es un libro para especialistas y eruditos. Ella misma lo aclara: “En este libro no van a encontrar mucho sobre cine, sino sobre lo que nos hace querer algo en la vida”. Y eso es justamente lo que hace. Con la excusa del cine, el sonido, de la educación, Martel alza otras banderas: las de recuperar el espacio público, interactuar, salir de las pequeñas cuevas que nos hemos inventado para quedarnos encerrados. “Si hubiera que escribir un folleto para que lean en otra galaxia sobre cuáles son los atractivos de la Tierra, yo pondría dos cosas: caminar y conversar. No creo que haya nada más interesante para hacer. Caminar lo que se pueda, sin miedo, sin temer que algo malo va a pasar. Y conversar con personas diferentes, que hablan y piensa distinto”, dice Martel.

Caja Negra reunió en este libro las intervenciones públicas que hizo de la directora entre 2009 y 2025, además de tres conversaciones: las que mantuvo con Carla Simón, César González y Leila Guerriero. El trabajo de edición —a cargo de Malena Rey y Pablo Marín— no se limita a transcribir lo que Martel dijo sobre un escenario y ante un auditorio siempre lleno. Lo que hace es ordenar un pensamiento que nació en la oralidad, sin perder la deriva que caracteriza la voz de Martel.
La imagen que articula buena parte del libro aparece en una de las charlas sobre los “indios insomnes”. Martel la encontró leyendo crónicas coloniales mientras viajaba en barco hacia Corrientes, antes de filmar “Zama”. En esos textos, un narrador describe a unos indígenas que deambulaban por las ciudades mineras del norte de Chile, Perú y Bolivia, incapaces de dormir, desorientados, sin saber adónde ir. Martel retoma esa escena para pensar el presente: “El mundo en el que creían, el que los organizaba, el que les permitía sobrevivir, había colapsado. Sus horas de vigilia, sus mejores horas, estaban ahora transformadas en trabajo para los otros. Y las cosas en las que creían, las más sagradas, habían sido derribadas, destruidas, burladas”. Para ella, esa desorientación es una fotografía de época, de estos días. No solo de la Argentina, sino de un mundo que ve desmoronarse las estructuras que lo sostenían. “El sueño, el descanso que exige nuestro cuerpo, se ha convertido en algo inadecuado para el tiempo que vivimos, porque 47/7 hay una oferta extraordinaria de cosas para ver, para no dormir”, dice para graficar que tan cerca estamos, anestesiados de estímulos, de aquellos indios insomnes.
El libro está dividido en tres partes. La primera reúne clases y conferencias donde Martel despliega su modo de trabajo. Martel insiste en que el sonido no es un complemento de la imagen, sino un modo de organizar el mundo. En su cine, el sonido garantiza la continuidad de lo que no se ve; sus charlas, funcionan como metáforas de aquello que sostiene la experiencia más allá de lo evidente. Lo dice así: “lo primero que me anuncia el sonido es el no vacío, la continuidad y la inmersión de lo que sea que está en ese volumen. La idea de estar inmersos no es algo que nos guste. Nos olvidamos permanentemente que estamos inmersos, que somos como unos peces del aire”.

También cuestiona la estructura dramática clásica, basada en la confrontación. Se pregunta si es posible sostener la atención sin depender de un choque, si se puede narrar desde lo que está ocurriendo y no desde la promesa de lo que vendrá.
La segunda parte reúne conversaciones con Simón, González y Guerriero. Allí aparece una de las ideas centrales del libro: la conversación como forma de pensamiento. Martel rechaza la lógica del debate como enfrentamiento. Conversar, para ella, es derivar, dejar que las palabras encuentren un punto de contacto inesperado. “Tengo una necesidad vital de conversar y tratar de comprender a los que piensan distinto”, dice en una entrevista con Hinde Pomeraniec. Esa disposición no es pura cordialidad: es un método. Martel piensa mejor cuando habla con otros, cuando la conversación la obliga a revisar lo que creía saber. En ese sentido, el libro funciona como una invitación a recuperar la conversación como práctica cultura.
La tercera parte es la más programática. Allí Martel piensa el presente desde dos ejes: la contracción del espacio vital y la expansión del capital concentrado. Observa que la pobreza siempre contrajo el espacio, pero que hoy esa contracción alcanza también a los sectores privilegiados. Los barrios cerrados, los adolescentes encerrados frente a las pantallas, los jóvenes que no salen ni a buscar comida: todos son síntomas de un mundo donde el espacio se reduce mientras la tecnología —y el capital que la sostiene— se expande. La pandemia confirmó que podíamos vivir encerrados más tiempo del que imaginábamos, pero también reveló que la contracción del espacio no es nueva: viene impulsada por estructuras económicas que funcionan como Estados planetarios. Martel no plantea una denuncia moral, sino una descripción precisa de un fenómeno que reorganiza la vida cotidiana.

El título del libro —Un destino común— surge de una reflexión sobre la cultura. Martel sostiene que no hemos logrado construir un destino compartido, y que ese fracaso, lejos de ser una condena, es una oportunidad para inventar desde cero. La cultura, dice, no es un campo de batalla ni una “batalla cultural” que haya que ganar. “La cultura no es para pelear, es para encontrarse”.
Hay algo, en cada una de las clases públicas de Martel, de verdadera enseñanza. Como cuando le dice a los alumnos que la escuchan: “Quiero decirles que hemos fracasado profundamente, y el fracaso es una enorme oportunidad. No creo que haya que ponerse una agenda de invenciones tipo ‘la película nacional’ , ‘la película argentina’... Mi recomendación, que parece medio boluda, es que filmen para el barrio. Si se entiende en el barrio, se entiende en Australia, en cualquier parte del mundo”.
“Un destino común” es un libro que se puede leer de corrido o saquear por fragmentos. Abrir páginas al azar y asistir a una conferencia de Martel con los ojos -y los oídos, pediría ella- alertas. Hay, en esas páginas, mucho más que unas clases lúcidas: hay una manera de pensar el presente sin resignación, y sobre todo y a pesar de todo, una invitación luminosa, optimista, a recuperar eso que ocurre cuando estamos afuera, encontrándonos con otros, escuchándonos, intercambiando ideas.
Escrito por:

VERONICA BONACCHI
Jefa de Redacción Revista CUAD



