Dentro de Bobby Dupea, el protagonista de Five Easy Pieces, no hay nada. Ni ambición ni pertenencia ni afecto. Es puro vacío: un latido hueco que resuena como un piano roto. Es desolación y desasosiego, es desarraigo.
Titulada en Argentina como Mi vida es mi vida, relata la historia de Bobby Dupea (interpretado por Jack Nicholson), un joven prodigio y talentoso pianista convertido en cínico operador de una plataforma petrolera. Su presente, desapegado de su ciudad natal, su trabajo y hasta de una pareja a la que no tiene reparos en engañar, no se condice con un pasado en una familia de clase alta que le auguraba a Bobby un futuro musical al que parecía predestinado. Al enterarse de que su padre está por morir, Bobby regresa a su hogar junto a su novia Rayette Dipesto, compañía que sólo acepta porque ella amenaza con suicidarse si la abandona. Pero ese viaje también es un regreso a un pasado del que nunca termina de escapar.

Estrenada en 1970 y dirigida por Bob Rafelson, Five Easy Pieces es una de las películas que inaugura el New Hollywood, el movimiento en el que realizadores de la talla de Francis Ford Coppola o Martin Scorsese modifican el lenguaje cinematográfico y los modelos de producción en crisis en Estados Unidos.
Es una película de espacios transitorios, paisajes que podrían ser intercambiados por otros iguales, por otros distintos, escenarios sin pertenencia para Bobby Dupea. La puesta en escena se conforma por lugares de paso, como las estaciones de servicio, los moteles o las cafeterías, por entornos que deberían ser hogares para Bobby -la casa de su infancia, su casa- y se convierten en espacios transitorios y descartables
Espacios transitorios como los modelos de producción, nuevos y renovados ante la caída de los grandes estudios. Una representación de lo que también era filmar en el New Hollywood: productores independientes, actores alejados del sistema de estrellas, directores formados en la escuela de Roger Corman, rodajes en la ruta, que se convierte en escenario de muchas películas.

Five Easy Pieces sigue la tradición de Easy Riders, también con Jack Nicholson, en el que la ruta es el escenario principal de personajes desarraigados que solo anhelan la libertad, que viajan porque no se sienten atados a nada más que finalizar el día. Es el mismo escenario de The Rain People (1969), de Coppola; de Alice Doesn’t Live Here Anymore (1974), de Scorsese; o hasta de Duel (1971) y The Sugarland Express (1974), ambas de Steven Spielberg. Son películas en las que el auto, que viaja de Este a Oeste, de las urbes al campo, se convierte en el verdadero hogar de los protagonistas. No hay casas, mucho menos deseo de consolidarse en una ciudad. Que el nombre del protagonista, infantilizado, sea el mismo que el del director de la película puede ser solo una casualidad. O un ejercicio autoconsciente de que estos personajes y estas historias se relacionan con los modelos de producción, el sentir de los norteamericanos, el New Hollywood.
Bobby Dupea es pionero en una década en la que resaltan personajes hostiles, fríos, desvinculados de su pareja, su familia, su religión. Personajes que se sienten extraños en su ciudad, en su país. Es pionero en una década en la que los Travis Bickles (el protagonista de Taxi Driver, inmortalizado por Robert De Niro) enseñan la soledad de las grandes ciudades y los veteranos de Vietnam deambulan, perdidos, por las calles.
Bobby Dupea es todo eso. Un personaje frío que deambula por Estados Unidos, que transita por lugares pero no los habita, un personaje cínico y despiadado con el que se empatiza porque no tiene alma y no hay nada más desolador que eso. Un personaje perfectamente resumido en una línea de diálogo: “No tenés sentimientos interiores”. No hay rumbo, solo exilio. Pero también un personaje que puede y sabe ser encantador. Basta con ver una de las mejores secuencias de la película. Atascado en el tráfico junto a un amigo, furioso por la impaciencia de conductores frustrados que no cesan de tocar la bocina, Bobby desciende de su coche y se sube a la caja de un flete. Encuentra un piano y da un concierto hasta que la ruta se libera y la camioneta en la que está tocando se aleja por la primera salida. Bobby, sumido en el piano, no parece percibir lo que sucede ni oír los desesperados gritos de su amigo que intenta avisarle que se está yendo por la salida incorrecta. Su reencuentro con el piano es un atisbo de una antigua sensibilidad que se escapa, como él.

Bobby Dupea, el protagonista, es un personaje frío que deambula por Estados Unidos, que transita por lugares pero no los habita, un personaje cínico y despiadado con el que se empatiza porque no tiene alma y no hay nada más desolador que eso.
El final, el inevitable final para un personaje sin esperanza, es completamente desolador. Es, también, un plano perfecto en el que todos los elementos están coreografiados con precisión para que un espacio tan abierto como una estación de servicio en una ruta junto al bosque sea opresiva: desde la fotografía del gran László Kovács (el DF de Peter Bogdanovich) y una puesta en escena fría como el destino de Bobby Dupea hasta un blocking que posibilita el inicio de un camino hacia la nada.
Fuera de Bobby Dupea no queda mucho. Un rostro insensible, consumido por una oscuridad que anuncia el siguiente paso en su vida. Un rostro frío, desalmado, una premonición de que el retorno al hogar, si acaso existe, es imposible.
Escrito por:

ROCCO AVENA
Colaborador Revista CUAD
Rocco Avena nació en Buenos Aires en el 2000 pero vivió toda su infancia en General Roca. Es Licenciado en Periodismo y estudiante de Artes Audiovisuales con orientación en guion.