Medianeras, el lado indeseable
Escrito por Rocco Avena
Medianeras, el lado indeseable
Escrito por Rocco Avena

Entre departamentos aislados y la arquitectura de Buenos Aires que afecta la vida de sus habitantes, la película de Gustavo Taretto explora la posibilidad del encuentro amoroso cuando la tecnología separa a sus personajes del mundo.

Un diseñador web que trabaja desde su computadora en un monoambiente, en Santa Fe 1105. Una arquitecta que no consigue empleo en su profesión y se dedica a decorar una vidriera en las cercanías de su dúplex, que llama caja de zapatos, en Santa Fe 1183. Dos viviendas que el sol esquiva todo el año, dos vecinos destinados pero incapaces de encontrarse, hiperconectados por Internet, que los acercó al mundo y los alejó de la vida.

Esa es la premisa de Medianeras, el drama romántico de Gustavo Taretto en el que él cuestiona cómo la arquitectura influye en la vida de la superpoblada Buenos Aires; cómo los cables que atraviesan toda la ciudad para conectar a los habitantes sirven para encerrarlos más; cómo lo digital se convierte en una vía de escape y de aislamiento; cómo los edificios, tan dispares y distintos entre sí, reflejan la misma falta de planificación que rige la vida de los humanos.

Basada en su cortometraje, estrenado seis años antes, Taretto concibió una película anclada en la misma premisa, según sus propias palabras: “la presencia de lo tecnológico en relación con la soledad”. En el largo, mantuvo a Javier Drolas como Martín e incluyó a Pilar López de Ayala como Mariana.

Medianeras se inscribe dentro de lo que Robert McKee, uno de los teóricos del guion más importantes de la historia, denomina historias de añoranza para diferenciarla de las historias de amor. El clásico chico conoce a chica no se produce al principio de la narración sino al final. Las dificultades no están en la relación sino en encontrarse. Y Martín y Mariana deben hacerlo en una Buenos Aires que los esquiva, que los separa, que los encierra.

Martín es fóbico, apenas sale de su casa. No necesita hacerlo: trabaja, compra, se relaciona y se divierte desde su escritorio. El empleo y el ocio se limitan a cuatro paredes. Para romper su sedentarismo y su miedo a la ciudad, su analista le recomendó fotografiar la ciudad. No usa ningún medio de transporte, camina con una mochila que pesa 5,8 kilogramos y carga todo lo que puede llegar a necesitar.

Mariana también es fóbica. Sube las escaleras porque es incapaz de tomarse un ascensor, le teme al encierro y a las multitudes. El libro clave de su vida es ¿Dónde está Wally? porque representa la angustia que siente al ser un personaje perdido entre millones. A Wally lo encuentra en el shopping, en el aeropuerto y en la playa, pero no en la ciudad. Es la página que le falta resolver.

La película inicia con muchos planos documentales de Buenos Aires, en una paleta gris, apagada como los personajes, guiada por una narración en la que Martín cuestiona la falta de criterio estético y ético detrás de los edificios. Altos y bajos, racionalistas e irracionales, franceses y sin estilo. Esas irregularidades, dice, lo reflejan. 

La ciudad, imponente y caótica, tiene un peso dramático similar al de sus personajes, es un obstáculo. La referencia a Manhattan es explicita. El director incluye una escena en la que Martín y Mariana, cada uno encerrado en su departamento, ven la película de Woody Allen por televisión. Buenos Aires funciona como Nueva York, o como Tokio en Lost in Translation, de Sofia Coppola.

“Todos los edificios, absolutamente todos, tienen una cara inútil, inservible, que no da ni al frente ni al contrafrente: la medianera. Superficies enormes que nos dividen y nos recuerdan el paso del tiempo, el smog y la mugre de la ciudad”, narra Mariana. También es la pared que lo separa de Martín: sus medianeras están enfrentadas, sucias, desgastadas pero no tienen ventanas que los comuniquen.

El deseo romántico que atraviesa toda la película está unido a la angustia existencial que sienten los dos protagonistas. Taretto emplea el contraste de situaciones espejadas y la casualidad de encuentros fallidos para conectar a sus personajes. Los une en su dolor, en su interés de amar, en su anhelo de escapar de una vida mediada por las pantallas. Pero lo tecnológico no funciona y la caprichosa lógica de la vida real los esquiva.

Los edificios de Buenos Aires están unidos por cables que garantizan una conectividad total, que a principios de siglo inauguraron una etapa de relaciones virtuales, que generaron que personajes como Martín no necesiten salir de su casa. Para Taretto, en vez de unir a los habitantes, los mantiene alejados.

Para romper ese encierro en el que viven pero, también y sin saberlo, para forzar ese azar, recurren a una vía de escape: una ventana construida sobre la medianera que les permite gozar de la luz solar que el urbanismo les niega. Desde entonces, el 8°G de Mariana tiene vista directa al 4°H de Martín.

Romper la pared funciona de manera literal y simbólica. No es solo oponerse a la falta de planificación de los desarrolladores, sino también una toma de conciencia. Es un acto de voluntad para escapar de sus rutinas encapsuladas, de la hiperconectividad que domina ambas vidas. Es un paso necesario para construirse su propio destino, como si se tratara de los sitios webs, de las vidrieras o de los edificios.

El azar que rige sus desencuentros, entonces, es menos arbitrario. La incomunicación, los fracasos amorosos, las fallas tecnológicas se enmarcan dentro de la lógica que propone la película. La misma casualidad caótica que construyó Buenos Aires es la que empuja que los personajes, cumpliendo sus añoranzas, se encuentren entre la multitud. En consecuencia, romper la pared de la medianera es darle una nueva vida al lado inservible, es elegir la vida real.

Escrito por:

ROCCO AVENA

Colaborador Revista CUAD

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