“Nunca me abandones”: dobles de cuerpo
Reseña por Verónica Bonacchi
“Nunca me abandones”: dobles de cuerpo
Reseña por Verónica Bonacchi

Kazuo Ishiguro construye una distopía íntima que desnuda la crueldad silenciosa de un sistema que decide qué vidas son prescindibles. “Nunca me abandones” interpela nuestro presente más que cualquier futuro imaginado.

“Me imaginé a todos los que había perdido, dispersos en el viento, y supe que pronto me uniría a ellos.” La atmósfera parece siempre gris en “Nunca me abandones”, la melancólica novela que Kazuo Ishiguro escribió hace 20 años y que parece hablar de un futuro distópico, aunque hace preguntas actuales: ¿Qué vidas consideramos prescindibles? ¿quiénes pueden considerarse sus dueños?

Hailsham, el internado donde Kathy, Ruth y Tommy, los tres protagonistas, crecen, podría parecer para cualquier observador ajeno, un lugar idílico y exclusivísimo de la Inglaterra de los años cincuenta. “Mis recuerdos más antiguos están llenos de campos verdes y pasillos luminosos, como si todo hubiera sido diseñado para que creyéramos que éramos especiales.” Lo eran: a ellos tres, y a otros muchos, los han preparado para que sirvan a otros. Pero esa aparente normalidad es la primera extrañeza. La infancia protegida de Hailsham es apenas un decorado que oculta una verdad siniestra: los estudiantes son en realidad clones destinados a donar sus órganos a unos millonarios que pagan por ese privilegio. “Pronto serán llamados a donar. Es lo que siempre ha estado previsto.” La naturalidad con que se enuncia esa crueldad silenciosa es más perturbadora que cualquier violencia explícita.  

La novela avanza con un ritmo casi resignado, y en esa elección narrativa, mezcla de nostalgia y de cielos que parecen siempre encapotados, reside su potencia. No hay rebeliones ni sistemas totalitarios visibles: el verdadero desasosiego está en la aceptación dócil, en esa obediencia que nunca se cuestiona. Ishiguro construye una distopía íntima, donde lo más inquietante no es el destino impuesto, que de por sí es lo suficientemente perturbador, sino la manera en que los personajes lo asumen como parte de su identidad. Kathy, Ruth y Tommy buscan sentido en medio de la condena, y lo hacen a través de los afectos. 

La relación entre los tres personajes, marcada también por celos, lealtades y traiciones, complejiza la trama. Ruth, con su ambición y su manipulación, encarna la necesidad de afirmarse aun sabiendo que su destino está sellado. Tommy, vulnerable y explosivo, busca en el arte una vía de escape, como si sus dibujos pudieran demostrar que él y todos los clones tienen alma. Kathy, narradora y testigo, se aferra a la memoria como forma de resistencia. Nada es suficiente.

Hay escenas devastadoras. 

Como ésta: Kathy y Tommy emprenden un viaje hacia un pueblo cercano, buscando confirmar la posibilidad de que el amor pueda aplazar su destino de seres hechos para ser vaciados en distintas donaciones de órganos. El trayecto, con sus caminos rurales y casas silenciosas, transmite una calma engañosa: la esperanza se sostiene en rumores, en la ilusión de que el amor pueda alterar lo inevitable. 

Y también ésta otra:  Kathy y Tommy llevan sus dibujos y trabajos a Madame -una de las figuras que encarna el poder y el misterio del sistema- con la ilusión de que allí se revelará algo sobre su humanidad, de que sus obras podrán demostrar que tienen alma, que merecen un aplazamiento. La escena es profundamente teatral: los personajes se exponen como niños que muestran sus cuadernos, y esperan una validación que nunca llega. Madame los observa con distancia, con una mezcla de compasión y frialdad. El arte, la creatividad, les dirá, no prueba nada. 

Ishiguro, nacido en Nagasaki en 1954 y criado en Inglaterra desde la infancia, ha hecho de la memoria y la fragilidad humana su territorio narrativo. Con “Los restos del día” alcanzó fama internacional y en 2017 recibió el Nobel de Literatura. En “Nunca me abandones”, su mirada se desplaza hacia un futuro cercano, pero sin abandonar la pregunta esencial: ¿qué vidas consideramos dignas de ser vividas?  

La versión cinematográfica de 2010, dirigida por Mark Romanek y escrita por Alex Garland, con Carey Mulligan, Keira Knightley y Andrew Garfield, intentó trasladar esa atmósfera al cine. La fotografía impecable y las actuaciones logran momentos de belleza, pero la película no consigue transmitir la mezcla de nostalgia y violencia soterrada que sostiene el texto. 

Es imposible salir indemne de “Nunca me abandones”. La atmósfera del libro queda suspendida por días, como una nube inquietante y perturbadora, alrededor. Parece que habla del futuro, pero bien podría ser el presente.

Escrito por:

VERONICA BONACCHI

Jefa de Redacción Revista CUAD

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