En “Valor sentimental” (2025), el filme que dirige Joachim Trier, premio Óscar a la mejor película extranjera, una casa de madera roja permanece en pie mientras las generaciones pasan, discuten, se van y regresan. Las habitaciones se llenan de silencios, los pasillos sostienen recuerdos que nadie termina de nombrar. La casa no sólo observa, se resiente junto a sus habitantes. En “Una casa sola”, la nueva novela de Selva Almada, ocurre algo similar: una construcción mínima, en este caso levantada en medio del monte desolado, permanece mientras todo a su alrededor cambia. No hay nostalgia ni épica. Hay tiempo acumulado y, también vacío.
Desde la primera página, la casa se presenta como un cuerpo que recuerda: “Las raíces irradiaron los cimientos: árbol y muros se van volviendo un mismo monte”. Esa frase —seca, material— condensa buena parte de la narración. La casa no habla desde la metáfora, sino desde la experiencia: vio pasar trabajadores, animales, familias, muertes. Y vio también, sobre todo, una ausencia que no se explica.

Publicada en 2026, “Una casa sola” está narrada por esas paredes. No se trata de una casa señorial ni de una construcción cargada de linaje, sino de una edificación precaria, levantada por peones golondrina, como refugio primero, convertida en hogar después. Allí vive durante años la familia Lucero, hasta que un día se va y ya no vuelve. No hay testigos. La casa recuerda, pero no puede responder a la pregunta central: por qué nadie regresó.
En entrevistas recientes, Almada explicó que el punto de partida de la novela fue esa inquietud: “Me interesaba pensar qué le pasa a un lugar cuando quienes lo habitan ya no están”. La respuesta que construye el libro es más bien física. La naturaleza avanza, los animales ocupan los restos, el monte vuelve a cerrarse sobre lo que levantó el hombre. La casa no desaparece de inmediato; se mezcla con el entorno, se vuelve paisaje.
Ese punto fijo desde el cual se narra es clave. La casa no puede moverse, no puede investigar, no puede saberlo todo. Solo puede registrar lo que sucede a su alrededor. Esa limitación es pura potencia literaria. Hay fragmentos de memoria, escenas sueltas, voces que atraviesan el tiempo. “La casa ve todo, pero no entiende todo”, como dice Almada..
La novela se construye entonces como una superposición de capas temporales. La historia de los Lucero convive con relatos más antiguos: soldados de distintas guerras, amantes, trabajadores, murmullos que quedaron suspendidos en el aire del espinal. La historia argentina aparece filtrada por el territorio, sin fechas ni nombres propios, como una sucesión de marcas que no terminan de borrarse.
En este sentido, “Una casa sola” dialoga con una tradición literaria que piensa la historia desde los márgenes. En una reseña publicada en Babelia, se señala que la novela “vuelve audible el transcurrir del tiempo y sensible la obstinación de la naturaleza por recuperar lo que los hombres tomaron”. La casa de Almada no defiende apellidos ni herencias: no pertenece a nadie. “Será que ni al monte ni a mí nunca nos ha gustado que nos sujeten”, dice en uno de los pasajes..
Una casa sola propone una idea inquietante: las casas no son únicamente aquello que resguardan, sino también aquello que sobrevive.
La prosa de Almada, autora de las inolvidables “Chicas muertas” y “El viento que arrasa" entre otros títulos, es siempre parca y a la vez profundamente rítmica y enraizada en el paisaje. El lenguaje recoge la oralidad del litoral, dejando que el ritmo y las imágenes hagan su trabajo. No hay exceso explicativo ni dramatización del misterio. La desaparición de la familia —que Almada definió como “una desaparición en democracia”— no se convierte en denuncia directa, pero tampoco en abstracción: queda ahí, como una herida sin nombre.
A medida que avanza la novela, la pregunta deja de ser qué pasó con la familia Lucero y se desplaza hacia otra más incómoda: qué es una casa cuando ya no hay nadie que la habite. ¿Sigue siendo una casa o se convierte en otra cosa? ¿Un resto, un testigo, un cuerpo extraño en el paisaje?
La casa de Almada no responde desde la nostalgia ni desde la ruina romántica. No añora a sus habitantes como propiedad perdida. Recuerda, pero también aprende a existir sin ellos. “No pertenezco a nadie”, parece decir cuando se reconoce parte del monte, cuando acepta que el abandono no es solo pérdida, sino transformación. En ese sentido, Una casa sola propone una idea inquietante: las casas no son únicamente aquello que resguardan, sino también aquello que sobrevive.
Esta perspectiva desplaza la noción clásica de hogar. La casa deja de ser refugio humano para convertirse en archivo material del tiempo, en superficie donde quedan inscriptas vidas, trabajos, violencias y ausencias. Almada no humaniza a la casa para volverla sentimental; la vuelve sensible para pensar el paso del tiempo desde otro lugar.
Para los lectores de la Patagonia, “Una casa sola” puede resonar de manera particular. No por la geografía específica, sino por la manera en que el libro entiende el territorio: como algo vivo, activo, no subordinado a la presencia humana. La casa existe en relación con el viento, la tierra, los ciclos naturales. No domina el entorno: convive con él, como tantas construcciones rurales del sur que persisten incluso cuando ya no cumplen su función original.
Al igual que en "Valor sentimental", la casa es testigo de vínculos rotos y silencios heredados. Pero mientras la película de Trier pone el foco en la familia y en el arte como posible reparación, Una casa sola se desplaza hacia otro lugar. “Sigo en pie, de pura empecinada no más”, dice la casa. Casi invisible desde lejos, absorbida por el monte, todavía ahí.




