Acuaria Estelar: jugar, crecer y dejar ver los hilos
Escrito por Verónica Bonacchi
Acuaria Estelar: jugar, crecer y dejar ver los hilos
Escrito por Verónica Bonacchi

Desde el Alto Valle, Acuaria Estelar construyó un universo sonoro donde lo tierno convive con lo crudo, lo lúdico con el desencanto. Perfil de una banda que convirtió el crecimiento, la vulnerabilidad y el trabajo colectivo en su identidad artística.

“Nosotros nunca pensamos: armemos una banda. Fue más juntémonos a hacer música y veamos qué pasa.”

Acuaria Estelar empezó así: sin un plan, sin una estrategia más allá de tocar. Ahí iban, en un colectivo, cuatro amigos rumbo a un recital, charlando de música, descubriendo afinidades y coincidencias. “Yo canto, a mí me gusta producir, yo toco la guitarra, yo toco el bajo”, recuerda Ana Iacono, la inquieta cantante del grupo, uno de los primeros diálogos. De esa conversación casual salió una primera reunión, un ensayo sin expectativas. Y de ese ensayo, casi sin querer, nació “Perritos al Sol”, la primera canción de la banda, que dice cosas como estas:

“Te tengo de algún lado /
Casi un recuerdo borrado /
Se difumina el momento /
Pero me escapo del tiempo /

Y ahí estás, en un parque /
Me invitaste a jugar /
Te tomé de la mano /
Y nos fuimos a construir un lugar feliz.”

El origen, marcado por la amistad, sigue siendo el núcleo del proyecto que hoy integran la bajista cipoleña Agustina Perticarini, el músico, guitarrista y cantante radicado en Neuquén, Valentino Siciliano; el baterista, Cris Padilla, y la compositora, intérprete, autora y productora musical oriunda de Centenario, Ana Iacono. Aunque hubo algunos cambios en la formación desde que se formó, en 2021, Acuaria Estelar no se piensa como la suma de individualidades, sino como una entidad colectiva. “Cuando los cuatro nos unimos a ensayar, a componer, a tocar, se forma una sola entidad”, dice. 

Entonces, pensaron el nombre. Ana lo explica con una imagen tomada de “Los padrinos Mágicos”, un dibujito animado infantil, y un clásico de la primera década de este siglo. “Estábamos viendolos para inspirarnos, para buscar nombres e ideas. Y ahí vimos el fuerte que tienen Cosmo y Wanda bajo el agua, en su acuario. Nos quedamos con esa palabra porque era  como un castillo mágico que tienen, un refugio. Nos quedamos con la palabra acuario, pero la hicimos femenina”, Y se quedaron también con una idea, que los personajes que, al unirse, se transforman en algo nuevo, más grande y más potente. 

Entonces, también pensaron el apellido: “Estelar”. Ese agregado llegó después, y más bien como una necesidad práctica, para no perderse entre algoritmos y búsquedas. Pero el corazón de la banda sigue estando en esa noción de amparo y unión. “Representa mucho esto de la amistad como refugio”, resume Ana.

Y entonces, también bautizaron el sonido que los caracteriza. Dice Ana que Acuaria Estelar tardó en encontrar una palabra que definiera su sonido. Sabían que hacían pop y pop rock, que les gustaba mezclar géneros, jugar con estructuras más o menos tradicionales, pero sentían que algo no terminaba de cuajar en una etiqueta conocida. “Hacemos pop, pero hay algo crudo, dejamos ver los hilos de las cosas”, explica. La respuesta apareció recién el año pasado, como un hallazgo colectivo. Lo denominaron Popdrido.

El término -mezcla de pop y podrido- condensa una búsqueda que venía de lejos. Canciones que no se quedan en una sola emoción, que muestran contrastes, cambios de clima, tensiones. “Pensar una canción en un solo tono para nosotros es aburrido”, dice Ana. Les interesa el choque: melodías alegres con letras que duelen, momentos de ternura atravesados por el enojo o la decepción. “Encuadre Violeta”, por ejemplo, uno de los temas clave del grupo, sintetiza esa lógica: refugio y crudeza coexistiendo en una misma canción. Una canción que celebra eso de “pero qué lindo fue perderte”.

Las letras de Acuaria Estelar surgen de un mundo emocional intenso y cotidiano. Amistades, amores que se confunden, expectativas sociales, el auto‑sabotaje, la sensación de crecer en un contexto que muchas veces decepciona. Sin embargo, no hay un pesimismo cerrado. “Siempre hay cosas para rescatar”, dice Ana, y nombra la ternura, las redes afectivas, la posibilidad de apoyarse en otros. Alguien definió alguna vez el disco como una especie de coming of age, una película sobre crecer. A Ana la idea le resonó: no era algo pensado de antemano, pero estaba ahí.

El proceso de composición fue tan diverso como desordenado. En parte, porque Acuaria fue una escuela para todos. “Ninguno había estado en una banda antes”, cuenta Ana. Aprendieron a escribir canciones, a no quedarse en una sola idea, a permitir que los temas respiren y muten. Algunas canciones surgieron de letras que ella traía y que luego se trabajaban colectivamente; otras nacieron de la improvisación grupal. Perritos al Sol salió casi de inmediato; otras llevaron meses. “Fue caótico, pero muy lúdico”, resume.

Esa falta de pretensión inicial —no pensar en el producto, no mirar tanto hacia afuera— terminó siendo una ventaja. Acuaria dejó que las canciones aparecieran jugando, probando, equivocándose. Probaban en la sala de ensayo y también en el home studio de Ana, mezclando instrumentos, computadora y ensayo presencial. De ese collage sobrevivieron las canciones que se sintieron más naturales, las que mejor reflejaban al grupo.

El territorio también forma parte esencial del proyecto. Ser una banda independiente del Alto Valle implica menos recursos, pero también una fuerte conciencia colectiva. “El hecho de estar lejos de grandes centros culturales o de donde podríamos tener más oportunidades, como por ejemplo Buenos Aires u otros lugares similares, hace que valoremos más el hecho de poder hacer lo mismo, pero con menos recursos y agarrando las pocas oportunidades que surgen. Y además valoramos mucho la autogestión, el trabajo colectivo; el hecho de ponerse en contacto con otras bandas independientes de Neuquén, de Centenario, de Cipolletti, de Fiske, y generar espacios de encuentro, fechas, moverse para tocar en otros lugares cercanos y que vaya llegando la música a más partes del territorio. Cada vez más, en el Valle, se piensa en lo colectivo y no en quedarse tanto en lo individual como banda; nos fijamos qué está pasando alrededor y lo sostenemos también, asistiendo a las fechas de otras personas, escuchando lo que hacen las otras personas que viven acá también, apoyando el arte local en general, la música, pero también la poesía, la danza, otras artes que suceden también”, dice Ana. 

En sus sonidos, su estética y su propuesta, hay ciertas influencias. La primera que le viene a la mente a Ana es una película. Se llama “ Scott Pilgrim vs. el Mundo”, y ella dice que “marca un poco la dinámica de la banda”. Tiene sus motivos: en un apretadísimo resumen, el filme, una comedia con humor incómodo, cuenta la historia de Scott Pilgrim (Michael Cera), un joven músico canadiense que conoce a la chica de sus sueños, Ramona Flowers, y para estar con ella  deberá enfrentarse a los siete malvados exnovios. “La banda de la película es muy similar a nosotros en el sentido de que son amigos y que buscan, sobre todo, disfrutar del hecho de tocar juntos”. A nivel musical, hay varios nombres: Virus, Bandalos Chinos, Babasónicos, Miranda, y también Charly García y Gorillaz, sobre todo a nivel estético.

Acuaria Estelar sigue siendo, cinco años después de aquella primera canción improvisada, un proyecto atravesado por el juego y la amistad. Una banda lúdica, que no busca disimular sus grietas, que se siente cómoda en la vulnerabilidad y en convertirla en música. O, como lo diría Ana, una entidad que se arma cuando varias personas se juntan a hacer lo que les gusta, sin saber del todo qué va a salir, pero confiando en que algo verdadero va a aparecer.

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Verónica Bonacchi

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