Juana las llamaba bichos atados. También le decía agujero blanco al agua turbia del río y muérdago a la ribera donde fondea el Riachuelo. Pienso, ahora que apareció el cuerpo en la orilla, que fue su manera de darle sentido a lo que nos sucedía: una entidad distinta, como si lo que nos rodeaba tuviese otra sustancia.
Era una muchacha delgada, de cara ovalada y cejas anchas. El pelo color habano le caía desde la nuca como una crin; parecía que podían contarse uno a uno y clasificarlos por largo y grosor. Sus ojos oscuros dirigían la mirada a algo que yo pocas veces alcanzaba a saber qué era. Hablaba en voz baja, pausada, con la cadencia de la gente del interior.

—A mí me pusieron Juana por Juana de Arco. En Cuatiá vivía una vieja que nos curaba con hierbas. Me llamaba la herejita y me llevaba con ella a los ranchos del cerro. Me enseñó a diferenciar un yuyo de otro. Sé cuál es malo y cuál no.
Fue cuando empecé a ayudar en el barrio que empezamos a vernos seguido, en la plaza o en la salita de la capilla de Itatí. Me contaba historias de la selva, me enseñaba palabras en guaraní y, algunas tardes, nos quedábamos desnudos en un vagón abandonado en las afueras del barrio. Yo le pasaba los dedos por el dibujo del hombro y le preguntaba por qué se había tatuado una flor que parecía despestañada.
—Es la flor del espinillo, me protege. Invoco a Tupá, él me cuida del yaguareté.
Después se quedaba callada. Esperaba a que pasara el tren y seguía hablando. El traqueteo de los vagones sobre las vías oxidadas no me dejaba oír.

La miraba en silencio, le pasaba la yema de mis dedos por el borde amarillo de la flor y seguía por las ramas pardas remarcadas de tinta que bajaban por la espalda. Subía por las espinas pinchudas hasta que ella se reía y me pedía que parara. Movía la cabeza contra el hombro por las cosquillas, la flor del espinillo se encogía y yo repetía a media voz esa palabra en guaraní que tenía escrita debajo de la flor.
La noche que desapareció no ayudé a buscarla. Me quedé sentado en la ribera, mirando las luces de las barcazas temblar en la neblina y la costa domar el río; después caminé junto al muro de piedras, dejándome llevar como esos barcos arrastrados por el oleaje.




