La escena podría ser cualquiera de las que se repiten a lo largo del año, pero siempre tiene algo que la hace única. Una escuela rural, un SUM que hace de teatro, un aula donde las mesas se corren para abrir un espacio. Afuera, el viento del valle o de la meseta o de la costa. Adentro, los chicos que se asoman por la ventana antes de que empiece la función, tratando de adivinar qué va a pasar. El tablado todavía no está armado, pero ya hay expectativa. En ese instante previo, cuando el silencio se mezcla con el murmullo, aparece la esencia del proyecto: llevar los títeres donde no los hay, abrir un mundo. “Los niños nos reciben con una alegría que te desarma”, dice Lucía Filippuzzi, una de las dos integrantes de Títeres FCP. No es sólo un espectáculo: es un acontecimiento educativo.

Títeres FCP nació en 2004 como parte del entramado artístico y pedagógico de Fundación Cultural Patagonia. La idea era simple y ambiciosa a la vez: llevar teatro de títeres a nivel inicial y primario en toda la provincia, especialmente a las escuelas más alejadas de los centros urbanos. Pero no como un entretenimiento ocasional, sino como una política cultural sostenida que entiende al arte como parte de la formación. La tradición titiritera en la región tiene raíces profundas. En 1985, cuando el ISARN se transformó en el Instituto Nacional Superior de Artes, la Escuela de Títeres dirigida por Adela Litvak se convirtió en un semillero de artistas. Ese impulso inicial, que entendía al títere como un lenguaje completo -actoral, plástico, musical, corporal-, encontró en FCP un espacio para proyectarse hacia el territorio y hacia la educación pública. Desde entonces, el elenco realiza alrededor de cien funciones por año, un ritmo de trabajo que implica viajar, montar, desmontar, actuar, cantar, manipular, sostener la voz y el cuerpo en cada función. Es un oficio que se aprende en la ruta y en contacto directo con las infancias.
El tablado todavía no está armado, pero ya hay expectativa. En ese instante previo, cuando el silencio se mezcla con el murmullo, aparece la esencia del proyecto: llevar los títeres donde no los hay, abrir un mundo. “
Los nombres de los lugares que recorren son un mapa vivo: Aguada Guzmán, Cerro Policía, Naupa Huen, Maquinchao, Jacobacci, Los Menucos, Clemente Onelli, Sierra Colorada, Sierra Grande, Pailemán, Las Grutas, San Antonio. Cada uno con su geografía, su clima, su escuela, su modo de recibir. “Llegamos a escuelas realmente muy, muy alejadas, donde los niños y las niñas nos reciben siempre con muchísima alegría”, cuenta Lucía. En esos viajes, el teatro de títeres es una irrupción pedagógica. “Recorriendo distintos lugares, distintos tipos de escuelas, parajes y localidades, a veces en contextos de escuelas, a veces en museos o en otro formato, en plazas, lo que siempre se repite en el público es el asombro de los niños, la emoción al ver el escenario y qué va a suceder, las ganas de conectar con los títeres, de ser parte ellos también de la obra”, dice. Ese asombro es parte del aprendizaje: un modo de abrir preguntas, de habilitar la imaginación, de generar un espacio donde el juego y la palabra circulan de otra manera.
Los chicos se acercan, preguntan, quieren tocar los títeres, quieren saber cómo funcionan. A veces los invitan a almorzar. A veces se quedan charlando después de la función. A veces simplemente miran, en silencio, como si algo se abriera por primera vez. Ese momento posterior -la conversación, la curiosidad, la necesidad de entender cómo se mueve un objeto que cobra vida- es también parte del trabajo educativo que el proyecto sostiene.
“Recorriendo distintos lugares, distintos tipos de escuelas, (..) lo que siempre se repite en el público es el asombro de los niños, la emoción al ver el escenario y qué va a suceder, las ganas de conectar con los títeres, de ser parte ellos también de la obra”, dice Lucia.
Detrás de cada función hay un trabajo físico y técnico que pocas veces se ve. El armado del tablado, las luces, el sonido, la escenografía. “Además de actuar, armamos luces, sonido, escenario. Todo. Y la energía tiene que sostenerse de punta a punta”, dice Lucía. En una escuela hacen dos funciones: una para el turno mañana, otra para el turno tarde. En las giras, cuando el tiempo es poco, convocan a varias escuelas para una única función. Lo importante es que la mayor cantidad de chicos pueda ver la obra. La logística se adapta al territorio, no al revés. Esa flexibilidad es parte del compromiso educativo: llegar, incluso cuando las condiciones no son ideales, porque la experiencia artística también enseña a habitar lo posible.

El títere tiene una potencia particular en las infancias. No es solo un objeto animado: es un mediador. Permite decir lo que no se dice, preguntar lo que no se pregunta, jugar lo que no se juega. Es un lenguaje que habilita. “El arte nos permite crear nuestros propios mundos, crear mundos de formas, de colores, de sonidos o palabras, incluso experiencias y sentimientos. El arte es inherente al ser humano”, dice Lucía. En ese sentido, el títere abre un espacio simbólico donde los niños pueden entrar sin miedo. Pueden hablar a través de él, pueden responderle, pueden ser parte de la escena. Es un juego, pero también es un modo de pensar el mundo. En contextos donde el acceso cultural es limitado, esa experiencia se vuelve aún más valiosa: no sólo acerca el arte, sino que amplía el horizonte de lo que un niño puede imaginar.
Lucía lo dice con franqueza: “No solo el teatro de títeres es subestimado. Todas las manifestaciones artísticas lo son”. La escuela suele priorizar lo que se considera “útil”: matemáticas, lengua, ciencias. El arte queda relegado a un lugar secundario, como si fuera un adorno. Pero en las infancias, el arte no es un complemento: es una forma de pensamiento. El teatro de títeres, en particular, permite trabajar emociones, lenguaje, imaginación, vínculos. No es entretenimiento: es experiencia. Y en cada función, esa experiencia se vuelve un punto de encuentro entre mundos que no siempre dialogan.
el títere abre un espacio simbólico donde los niños pueden entrar sin miedo. Pueden hablar a través de él, pueden responderle, pueden ser parte de la escena. Es un juego, pero también es un modo de pensar el mundo.
Además de recorrer escuelas públicas, Títeres FCP trabaja con municipios y con instituciones culturales. Una de las alianzas más fuertes es con el Museo de Bellas Artes de Neuquén, donde realizan funciones para más de doscientos chicos por turno. “Es súper enriquecedor para el museo y para nosotros”, dice Lucía. Ese cruce entre arte, educación y territorio es parte del ADN del proyecto.
Este año, FCP abrió una convocatoria para incorporar actrices al elenco. No es un casting tradicional: es una búsqueda de oficio, de disponibilidad real para el trabajo territorial. Los requisitos hablan por sí solos: experiencia actoral, manejo de voz, manipulación de objetos, disponibilidad para viajar, carnet de conducir, capacidad para montar y desmontar escenografía y, sobre todo, vínculo con las infancias. “Buscamos disfrute, juego, improvisación. Y compromiso”, dice Lucía. No se trata solo de actuar: se trata de sostener un proyecto que viaja, que se arma y se desarma, que entra en escuelas donde nunca hubo teatro, que abre mundos. Un proyecto que entiende que el arte es parte de la educación pública.
Cuando la función termina, los chicos se acercan a saludar. Preguntan cómo se mueve el títere, si pueden tocarlo, si pueden sacarse una foto. “Fundación Cultural Patagonia ocupa un lugar importante en la escena regional”, dice Lucía. Ese lugar se construye en el camino, en las muchas escuelas que visitan, en los parajes, en los pueblos donde el teatro no llega si alguien no lo lleva. Títeres FCP hace exactamente eso: abrir un mundo y dejar, en cada función, una huella que también es una forma de aprendizaje.




