En “Valor sentimental” (2025), el filme que dirige Joachim Trier, premio Óscar a la mejor película extranjera, una casa de madera roja permanece en pie mientras las generaciones pasan, discuten, se van, regresan. La casa no sólo es un testigo omnisciente; además, parece resentirse y gastarse junto a sus habitantes. En “Una casa sola”, la nueva novela de Selva Almada, editada por Random House, ocurre algo similar: una construcción mínima, en este caso levantada en medio del monte entrerriano, permanece mientras todo a su alrededor va cambiando. Las paredes son también tiempo acumulado, y memoria, devoradas por lo que no se detiene, la naturaleza.
Desde el principio, la casa es un cuerpo que recuerda. "Pero quiero empezar contando los tiempos de antes (...) Yo todavía no era una casa, ni un reparo, ni un refugio, ni cuatro paredes de adobe y un techo de ramas, pero ya era, si se entiende, parte de esta misma tierra sobre la que el espinal se extendía leguas y leguas, mucho más allá de lo que alcanzaba la vista de cualquier hombre", habla la casa. La frase —con esa prosa llana y potente que es propiedad de Almada, y que nunca parece un alarde de lo que es capaz de hacer — condensa buena parte de la narración. Esa casa habla desde una experiencia áspera: vio pasar trabajadores, animales, familias, muertes. Y vio también, sobre todo, una ausencia que no se explica. ¿Por qué hay personas a las que nadie busca?¿Por qué hay personas a las que nadie importan?

Publicada en 2026, “Una casa sola” está narrada por esas paredes. Es una edificación precaria, levantada por peones golondrina, como refugio primero, convertida en hogar después. Allí vivieron durante años Lucero, la Lorena y sus cuatro hijos. Pero ahora han desaparecido, parecen haberse esfumado de la casa en la que vivían, que no era suya, sino del Patrón, que era también quien les daba trabajo.
A través de la voz narradora, Selva Almada escribe, "sobre la historia de los desaparecidos en Argentina en democracia", pero no desde lo que pasó sino desde lo que no se sabe ni se sabrá. La nostalgia y, a veces la ternura de un objeto inanimado, son las que guían al lector a través de la historia de ese trozo del país, y los eventos históricos que se sucedieron allí, como el asesinato del general Justo José de Urquiza en 1870 en esa misma tierra.
En entrevistas recientes, Almada explicó que el punto de partida de la novela fue esa inquietud: “Me interesaba pensar qué le pasa a un lugar cuando quienes lo habitan ya no están”. La respuesta que construye el libro es más bien física. La naturaleza avanza, los animales ocupan los restos, el monte vuelve a cerrarse sobre lo que levantó el hombre.
Ese punto fijo desde el cual se narra es clave. La casa no puede moverse, no puede investigar, no puede saberlo todo. Solo puede registrar, como mucho, lo que sucede a su alrededor. En Selva Alada, con ese oído capaz de captar las oralidades del interior argentino, y esa mirada, es pura potencia literaria. Hay fragmentos de memoria, escenas sueltas, voces que atraviesan el tiempo. “La casa ve todo, pero no entiende todo”, como dice Almada.
La novela se construye entonces como una superposición de capas temporales. La historia de los Lucero convive con relatos más antiguos: soldados de distintas guerras, amantes, trabajadores, murmullos que quedaron suspendidos en el aire del espinal. La historia argentina aparece filtrada por el territorio, sin fechas ni nombres propios, como una sucesión de marcas que no terminan de borrarse.
En este sentido, “Una casa sola” dialoga con una tradición literaria que piensa la historia desde los márgenes. En una reseña publicada en Babelia, se señala que la novela “vuelve audible el transcurrir del tiempo y sensible la obstinación de la naturaleza por recuperar lo que los hombres tomaron”. La casa de Almada no defiende apellidos ni herencias: no pertenece a nadie. “Será que ni al monte ni a mí nunca nos ha gustado que nos sujeten”, dice en uno de los pasajes..
Una casa sola propone una idea inquietante: las casas no son únicamente aquello que resguardan, sino también aquello que sobrevive.
La prosa de Almada, autora de las inolvidables “Chicas muertas”, "Ladrilleros, y “El viento que arrasa" entre otros títulos, es siempre parca y a la vez profundamente rítmica y enraizada en el paisaje. El lenguaje recoge la oralidad del litoral, dejando que el ritmo y las imágenes hagan su trabajo. No hay exceso explicativo ni dramatización del misterio. La desaparición de la familia no se convierte en denuncia directa, pero tampoco en una abstracción: queda ahí, como una herida sin nombre.
A medida que avanza la novela, la pregunta deja de ser qué pasó con la familia Lucero y se desplaza hacia otra más incómoda: qué es una casa cuando ya no hay nadie que la habite. ¿Sigue siendo una casa o se convierte en otra cosa? ¿Un resto, un testigo, un cuerpo extraño en el paisaje?
La casa de Almada recuerda, y también aprende a existir sin ellos. “No pertenezco a nadie”, parece decir cuando se reconoce parte del monte, cuando acepta que el abandono no es solo pérdida. En ese sentido, "Una casa sola" propone una idea inquietante: las casas no son únicamente aquello que resguardan, sino también aquello que sobrevive.
Esta perspectiva desplaza la noción clásica de hogar. La casa deja de ser refugio humano para convertirse en archivo material del tiempo, en superficie donde quedan inscriptas vidas, trabajos, violencias y, también, ausencias.
Para los lectores de la Patagonia, “Una casa sola” puede resonar de manera particular. No por la geografía específica, sino por la manera en que el libro entiende el territorio: como algo vivo, activo, no subordinado a la presencia humana. La casa existe en relación con el viento, la tierra, los ciclos naturales.“La naturaleza empieza a traer de nuevo la casa a su origen, donde lo violento no es la naturaleza sino lo que los hombres han hecho con ella”, como dice Almada.
Al igual que en "Valor sentimental", la casa es testigo. Pero mientras la película de Trier pone el foco en una familia y en el arte como posible reparación, "Una casa sola" se desplaza hacia otro lugar. “Sigo en pie, de pura empecinada no más”, dice. Casi invisible desde lejos, absorbida por el monte, todavía ahí.




