El título es revelador: las historias son mínimas. Pero también son minimalistas: los objetivos de los protagonistas son pequeños en escala pero relevantes en sus vidas; las regiones son remotas; los paisajes, despoblados. Carlos Sorín retrata en una hora y media, porque una duración larga iría contra su premisa, el viaje de tres personajes hacia una pequeña ciudad en La Patagonia.
Historias Mínimas se estrenó un año después de la crisis del 2001. Esa Argentina está presente en estos retratos minimalistas, que desde la pequeñez de sus localidades patagónicas retratan los problemas económicos, sociales y culturales de un país afectado de norte a sur.

Las historias son tres y están entrelazadas pero hasta sus conexiones son mínimas. Coinciden en que transcurren en Santa Cruz, en Fitz Roy, Puerto San Julián y Caleta Olivia, aunque funcionan de manera casi autónoma. El destino de los personajes es el mismo pero sus objetivos y sus medios son muy distintos.
La película inicia con Don Justo, un hombre de 80 años, nacido y criado en Fitz Roy, que tiene problemas de visión y que es incapaz de conseguir su licencia de conducir. Sorín no se demora en presentar a los otros dos protagonistas. María, una chica joven de la misma localidad, es la afortunada ganadora de un premio en un concurso de la televisión local. Roberto es un empresario nómade que viaja por Santa Cruz para vender sus productos.
Don Justo necesita ir hacia Puerto San Julián para recuperar a su perro perdido tres años atrás. María debe llegar al mismo destino para concursar en un programa televisivo que promete una multiprocesadora como premio mayor. Roberto desea entregarle una torta de cumpleaños al hijo de una clienta que vive en la localidad que promete reunir a los tres protagonistas.
La historia de Don Justo es la que ocupa mayor tiempo de pantalla. Su rostro también ocupa tiempo de pantalla: abundan los primeros planos; es un rostro expresivo, melancólico, que apenas necesita recurrir al diálogo para expresar qué es lo que quiere. Es la única película en la que actuó Antonio Benedictti.
Las transformaciones son mínimas pero significativas. Los personajes se entrelazan pero cada uno sigue su camino. No cambian el mundo pero sí sus vidas. El título de la película es revelador pero sus historias también: son comunes pero extraordinarias en su cotidianeidad.
Don Justo recuerda al protagonista de Nebraska, de Alexander Payne, que bien podría haberse inspirado de Sorín para retratar a un personaje ofuscado, nostálgico, convencido de que debe viajar, sea como sea, hacia otro pueblo para conseguir el premio de una estafa que es evidente ante todos los ojos menos al suyo.
El hijo de Don Justo desmerece la búsqueda de su padre, que sale a la ruta a enfrentarse con su destino. Es el decorado trascendental del guion, las zonas despobladas de las localidades son un personaje más en la historia. Las rutas extensas y vacías de la Patagonia son un obstáculo que los protagonistas deben superar. Y eso se refuerza desde la dirección de fotografía de Hugo Colace, que venía de trabajar en La ciénaga de Lucrecia Martel un año antes.
La Patagonia es el espacio en el que Sorín se siente más cómodo. La película del rey, su obra más reconocida, también transcurre en regiones en las que el zumbido del viento incrementa el realismo de la historia. Eso también está presente en haber trabajado sin actores, la técnica del neorrealismo italiano para buscar otra clase de autenticidad.
La segunda historia es la de María, interpretada por Javiera Bravo, actriz no profesional que tampoco volvió a participar en una película. Ella también se escapa, pero no de su hijo, sino de su vida rutinaria, de la posada que no debe abandonar porque hay vecinos que han intentado robarle la mercadería que vende. Su marido está lejos, en búsqueda de un trabajo que le permita subsistir y alimentar a su bebé.

Pero la suerte de María parece haber cambiado. Es la afortunada ganadora del premio de un concurso televisivo que requiere de su presencia en Puerto San Julián. Es una pequeña travesía que se convierte en toda una aventura. Sus primeros planos son reveladores: es la alegría de hacer algo distinto, indiferentemente de conseguir su objetivo. Ahí radica la fuerza del final, en los que su rostro se refleja en el espejo de un kit de maquillaje.
La última es la de Roberto, interpretado por Javier Lombardo, el único de los tres con experiencia cinematográfica. Es el personaje más ambiguo, más contradictorio, más obsesivo. Su indecisión lo fuerza a hablar mucho más que los otros protagonistas: lo demuestra en su interacción con Don Justo, que es prácticamente un monólogo mientras ambos viajan en la ruta.
Se dirige a Puerto San Julián porque es el cumpleaños del hijo de la clienta de la que está enamorado. Le compró una torta con forma de pelota de fútbol, pero no tiene dedicatoria y no está seguro de si Rene es un nombre de niño o de niña. Su viaje es distinto: se transforma de empresario que conoce todas las claves de su negocio y sus clientes a un hombre que no sabe cómo hablarle a la mujer que le gusta.
Las transformaciones son mínimas pero significativas. Los personajes se entrelazan pero cada uno sigue su camino. No cambian el mundo pero sí sus vidas. El título de la película es revelador pero sus historias también: son comunes pero extraordinarias en su cotidianeidad.




