En Rusia 2018, tras ser derrotado por la Francia de Kylian Mbappé, varios especialistas pronosticaban que Lionel Messi nunca coronaría su carrera siendo campeón del mundo, que su legendaria trayectoria no tendría su broche de oro. Tenía 31 años, en Qatar 2022 tendría 35, y no existía un proyecto futbolístico con el que ilusionarse. El director georgiano Alexandre Koberidze, fanático del diez y de la Selección Argentina, hizo una película en la que cambia el destino de su ídolo.
¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, disponible en Mubi, se estrenó en 2021. Es una película arbitraria, original, noble. Una comedia romántica con elementos fantásticos, un film mudo, por momentos un documental en el que una voz en off explica lo que sucede en pantalla llevando hasta el absurdo las situaciones. Es una película con un gran corazón, con un cariño genuino por sus personajes pero también por Argentina.

En una ciudad de Georgia, el jugador de fútbol Giorgi y la farmacéutica Lisa se enamoran a primera vista tras chocarse tres veces seguidas, como si estuvieran magnetizados. Se citan en una cafetería al día siguiente pero una maldición, llevada hasta el ridículo por el director, recae sobre ellos.
El amor, como el deporte, puede ser planificado pero siempre va a estar sujeto a una cuestión de azar, a situaciones impredecibles. Koberidze lo lleva hacia un extremo: una planta, una cámara de seguridad, una tubería de desagüe y el viento provocan que Giorgi y Lisa pierdan sus talentos y hasta cambien sus aspectos. El día siguiente, cuando despiertan, él ya no es futbolista, ella no es más farmacéutica. La cita es un fracaso, no pueden reconocerse.
La maldición tiene un único objetivo: que ambos no puedan encontrarse nunca más. Desde ese momento, el destino los une pero la magia los separa. Es como si en Medianeras, la película argentina de Gustavo Taretto, la calle Santa Fe tuviese un hechizo que impidiera el amor entre Martín y Mariana.
Lisa empieza a trabajar en la cafetería en que se habían citado, Giorgi para el dueño del lugar atrayendo a los clientes al negocio a partir de unas apuestas deportivas en una barra de dominadas. Se ven todos los días, pero no se reconocen. Sus vidas parecen destinadas a estar distanciadas. Hasta que empieza Rusia 2018.

Georgia, a pesar de que nunca logró clasificarse a la máxima competición internacional, es un país con una gran tradición futbolera, con niños que juegan en las calles, con adultos que se reúnen a ver no solo el Mundial sino también la Eurocopa y la Copa América. El fanatismo por Argentina se extiende a lo largo de su territorio.
Pero quizás no haya ninguno tan pasional como Koberidze, que ama a Lionel Messi y lo suele mencionar en su filmografía. Su pasión por el diez empezó en Barcelona y se extendió a su carrera con la albiceleste. Lo ama por su talento, por su condición de héroe, por sus tragedias deportivas, sus alegrías y sus derrotas. Lo ama porque se identifica con un jugador que parecía preso de una maldición que le impedía ganar algo con su país.
También hay espacio para un homenaje al Mundial de Italia 1990, el primero que Koberidze vio, del que nunca pudo borrarse el recuerdo de ver derrotado a Maradona. En una cancha en la calle, un grupo de niños juegan un picado musicalizado con Un'estate italiana, una canción que ningún fanático del fútbol olvidará desde aquel torneo. Es una melodía feliz, romántica, cursi para una copa del mundo y que encaja perfecto con el tono absurdo con el que el director impregna por momentos a su película.
En ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? Alexandre lleva su fanatismo hacia otro nivel. Giorgi pierde su habilidad futbolística pero no su pasión. Él, como varios georgianos, desea seguir la tradición y reunirse en los cafés históricos de la ciudad que transmiten los partidos y seguir a la Selección Argentina y a Messi.

Pero el destino es azaroso y cuando Argentina se encamina a jugar la final del Mundial (en Rusia, el equipo dirigido por Jorge Sampaoli cayó 4 a 3 contra Francia en octavos de final), Giorgi debe elegir entre el amor y su pasión. El cine, como la realidad, puede ser arbitrario. Es un lugar en el que suceden cosas inapropiadas.
Lionel Messi tuvo su Qatar 2022 un año después del estreno de la película (y el georgiano enseñó su alegría en sus redes sociales) pero para eso faltaría mucho. Koberidze usa el cine porque no quería vivir en un mundo injusto en el que Maradona perdía la final con Alemania en Italia 1990 o en el que Lionel Messi se retiraba sin el premio mayor. Lo usa porque cree lo mismo sobre el amor que sobre el fútbol: las maldiciones están para romperse.




