“El poema que escribí es éste.
Heme aquí, un hombre anticuado,
dinosaurio, portador de agravios,
merecedor de condenas, frágil soñador.
Mas no pierdan su fe en este poeta triste
que está intentando escribir un poema feliz”
No hay nada más universal, para los que alguna vez quisimos ser artistas, que el fracaso. Y quizás por eso Oscar Restrepo (poeta, profesor, alcohólico ocasional, padre terrible, hijo ingrato) se convierte en algo inesperado mientras uno lo ve en pantalla: un espejo. De esos espejos feos de baño de bar, que te muestran exactamente lo que no querés ver.
Un Poeta (2025), del director colobiano Simón Mesa Soto es de esas películas que te sacuden porque hablan de lo ordinario con una honestidad que duele un poco. Una tragicomedia con humor negro genuino, filmada en Medellín en celuloide de 16 mm que lejos de ser un capricho estético es una decisión política. La imagen tiene esa textura rugosa, cálida e imperfecta que el digital nunca termina de imitar, la textura de las cosas reales.

Oscar Restrepo es un poeta olvidado. Sobrevive dando clases en un colegio de barrio, navega entre el alcohol y los fragmentos de memoria que aún lo atan a lo que alguna vez fue y se aferra, de manera bastante ridícula, a un brevísimo momento de gloria que tuvo en su juventud que nadie más recuerda. No hay romanticismo en ese retrato. El director desarma sin piedad la figura del artista melancólico y nos muestra algo mucho más incómodo, un hombre que vuelve a la poesía no para ganar sino para no hundirse del todo.
Oscar habita ese Medellín invisible que no sale en los carteles turísticos, el de los colegios públicos desbordados, el de las familias que sostienen con esfuerzo a ese tío soñador que nunca terminó de despegar. Ahí aparece Yurlady, una adolescente de contexto humilde con un talento natural para escribir que de inmediato enciende algo en Oscar, la posibilidad de redimirse a través de ella, de ver triunfar lo que en él quedó a medias. La relación entre ambos es el corazón de la película, y también una de sus preguntas más incómodas: hasta dónde guiar a alguien es un acto generoso, y dónde empieza a ser una forma de egoísmo?
Para el papel protagónico, Mesa Soto hizo más de mil videos de casting en colegios de la ciudad hasta encontrar a Ubeimar Ríos: poeta, profesor de escuela, gestor cultural. No un actor. La decisión fue perfecta. “Hay algo en Ubeimar que ningún actor de conservatorio podría fabricar: la autenticidad de quien conoce el peso específico de haberlo apostado todo por el arte y haber obtenido a cambio una vida modesta y unas pocas publicaciones que el mundo ignoró", cuenta el director. La película lo mira con una mezcla de afecto e ironía que nunca lo condena del todo ni lo santifica, simplemente lo muestra. En ese equilibrio entre la ternura y la ironía descansa algo que el cine rara vez se permite, la verdad sin adorno.

El cine indie siempre ha tenido una relación particular con los perdedores. No el perdedor épico de hollywood que al final redime todo con un discurso brillante (ese que siempre nos venden como “modelo de superación personal”) sino el perdedor quieto, el que se repite una historia a sí mismo para seguir de pie. El director ha contado que es la película más personal que ha hecho, nacida de preguntarse qué pasaría si fracasara en el arte, y del deseo de hablar de la creación desde adentro, sin idealizarla.
Ganadora del Premio del Jurado en Un Certain Regard de Cannes 2025, del Horizonte Latino en San Sebastián, de varios reconocimientos y vista por miles de personas en su estreno. Cuando el cine habla en serio, sin tratar de imitar lenguajes ajenos, cuando elige el territorio antes que el mercado, cuando no le pide permiso a ninguna plataforma para existir, la gente responde.
A Un Poeta le alcanza con un hombre mayor, una joven con talento, un cuaderno de poemas y la pregunta más antigua del arte: vale la pena seguir?



