¿Son malas las pantallas para mi hijo? Cuando, cómo y por qué. Impacto en su constitución psíquica
Escrito por Magdalena Condomí Alcorta y Rocío Noemí Arauco Morullo
¿Son malas las pantallas para mi hijo? Cuando, cómo y por qué. Impacto en su constitución psíquica
Escrito por Magdalena Condomí Alcorta y Rocío Noemí Arauco Morullo

Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de niños y niñas, pero ¿qué lugar ocupan en su desarrollo? Más que preguntarnos solamente cuánto tiempo pasan frente a un dispositivo, esta nota propone detenernos en qué experiencias desplaza su uso y en el papel fundamental de los adultos para acompañar, poner límites y sostener otras experiencias necesarias para la constitución psíquica.

Para poder preguntarnos si las pantallas son malas para los niños y niñas, es fundamental comenzar delimitando qué entendemos por infancia. Desde el psicoanálisis actual (o, al menos, desde una rama del mismo), consideramos a la infancia como el tiempo durante el cual se produce la constitución psíquica. ¿Cómo se produce dicha constitución? De manera exógena. El psiquismo no viene dado desde el nacimiento, sino que se produce gracias a la operatoria del otro, al interior de un vínculo privilegiado y constitutivo. Se necesita de ese otro adulto que no sólo satisfaga las necesidades orgánicas y mantenga con vida al cachorro humano, sino que opere desde su propio aparato psíquico constituido, con sistemas psíquicos en funcionamiento, produciendo su humanización e insertándolo en la cultura y en la sociedad.

Consideraciones evolutivas

El desarrollo de los reflejos y del tono muscular en el cuerpo del niño es innato y constituye un punto de partida evolutivo. Estos son una base para la organización del mundo y permiten, a su vez, construir las categorías de tiempo, espacio y de sí mismo. Los reflejos constituyen un punto de partida para el desarrollo psicomotriz. A medida que este desarrollo neuronal sucede, se observan cada vez menos respuestas automáticas y se desarrolla progresivamente la actividad psicomotriz voluntaria. Pero ese pasaje no es automático, responde siempre al necesario intercambio con otros. Los cuidados y los juegos con niños, incluso muy pequeños, son fundamentales para la construcción de la inteligencia. Pensamos, entonces, en la importancia de la mirada como sostén y en la necesidad del lenguaje, donde importa no sólo que el niño escuche hablar, sino que le hablen: mirada y lenguaje dirigidos al niño. Porque en esos actos se realiza un ejercicio de subjetivación desde la mirada, la postura corporal y la voz.

¿Qué impacto tienen las pantallas en tiempos de constitución psíquica?

Si bien las recomendaciones internacionales sugieren limitar fuertemente el uso de pantallas durante los primeros años de vida, las tecnologías forman parte del mundo en el que niñas y niños están creciendo. Observan a los adultos en constante interacción con dispositivos tecnológicos. Así, en vez de centrarnos en “tecnología sí” o “tecnología no”, lo que no debemos perder de vista es que estamos hablando de cerebros en desarrollo, psiquismos en constitución, cuerpos que necesitan explorar y sujetos que necesitan de otros.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto tiempo pasan frente a una pantalla, sino qué lugar ocupa esa pantalla en su vida cotidiana y qué experiencias está desplazando. Porque no todos los usos repercuten de la misma manera.

Para entender el lugar que tienen las pantallas es necesario formular distintas preguntas. Ninguna de ellas, de manera aislada, puede darnos una respuesta acerca de si se está haciendo un uso medido o si éste está siendo potencialmente nocivo. ¿Cuánto tiempo mira? ¿Qué contenido mira? ¿Cuándo mira pantallas y para qué? ¿Con quién las usa? ¿Qué deja de hacer mientras la usa?

Para responder todas estas preguntas se requiere que haya otro adulto que supervise, delimite y, sobre todo, acompañe ese uso. El objetivo del límite no es prohibir ni castigar el deseo de mirar una pantalla, sino introducir una organización externa mientras el niño todavía está construyendo la capacidad de organizarse por sí mismo.

Porque, en definitiva, hoy en día uno de los principales problemas no son los dispositivos en sí mismos, sino el corrimiento del adulto como otro significativo que cumple una función necesaria para la construcción de la inteligencia y la simbolización.

En este sentido, también incluimos la idea de que la experiencia tecnológica muchas veces desplaza experiencias constitutivas del desarrollo infantil, como jugar, moverse, aburrirse, esperar, frustrarse, escuchar un cuento, inventar, conversar, mirar a otro, ser mirado, recorrer el espacio y encontrar palabras prestadas que nombren y otorguen significado a lo que está pasando.

Las nuevas tecnologías pueden introducir transformaciones en las experiencias que acompañan el desarrollo. El tono muscular, el desarrollo de la mirada y el lenguaje pueden verse afectados cuando las pantallas son utilizadas desde edades muy tempranas y desplazan otras experiencias necesarias. Determinados modos de uso pueden favorecer la pasivización, la inmovilidad y estados de gran absorción frente al estímulo. ¿Qué tipo de intercambio con el mundo y con el otro se produce entonces? ¿Qué posibilidades de encuentro con otros quedan disponibles?

Entonces, ¿cuándo el uso empieza a preocuparnos?

La señal de alerta no aparece simplemente porque un niño quiera mirar una pantalla, sino cuando ésta empieza a ocupar un lugar central en su vida cotidiana y a desplazar otras experiencias. Podemos comenzar a preocuparnos cuando necesita la pantalla para comer, dormirse, calmarse o atravesar cualquier momento de espera; cuando deja de interesarse por actividades que antes disfrutaba; cuando disminuyen el juego o los intercambios con otros; o cuando el aburrimiento y la frustración se vuelven cada vez más difíciles de tolerar sin recurrir a la tecnología. También es importante prestar atención cuando queda expuesto a contenidos que exceden sus posibilidades de elaboración, ya sea por ser inapropiados para su edad, por presentar estímulos excesivamente rápidos e intensos o por un tiempo de uso que interfiera con otras experiencias necesarias para su desarrollo.

Y para evitar llegar a encender esas alarmas es necesario que entendamos cómo se utilizan esas tecnologías y que tengamos presente que la presencia del adulto será un factor determinante de esa experiencia. No es lo mismo ofrecer un dispositivo portátil con acceso ilimitado a internet para que el niño “no moleste”, que ver una película juntos, donde hay una historia, personajes y donde el adulto tiene la posibilidad de intervenir, nombrar y significar lo visto. No es lo mismo que el niño se asuste por un personaje de una película estando junto a un adulto, que sentir ese miedo solo, sin que nadie pueda ponerle palabras y ayudarlo a simbolizarlo. El tiempo de exposición importa, pero no alcanza por sí solo para comprender qué experiencia está teniendo ese niño frente a la pantalla. Porque tal vez, al mirar una película, se permanezca más tiempo frente a la pantalla, pero las experiencias son diferentes.

¿Qué podemos hacer? Sobre el ofrecimiento de alternativas.

¿Qué pasa cuando los adultos le exigen al niño hacer un buen uso de un dispositivo que excede sus capacidades? No podemos pedirle a un niño que autorregule por sí solo el uso de una tecnología especialmente diseñada para captar y sostener su atención. Se responsabiliza al niño de algo que depende del adulto. Partir de la base de que no es el niño quien puede poner los límites necesarios es el principio para ordenar el uso.

Como adultos responsables de la crianza, queremos y deseamos lo mejor para nuestros hijos e hijas. Eso muchas veces conlleva sostener el límite, que no es sinónimo de prohibición. Para ello, somos los adultos quienes debemos tener “resto”, disponibilidad psíquica, para contener la frustración o el enojo que puede generar el límite en el niño. Muchas veces eso nos agota o nos resulta extenuante. Por ello, queremos finalizar esta nota con el ofrecimiento de algunas herramientas, a sabiendas de que no siempre serán estrategias viables o útiles.

Los niños suelen recurrir a la pantalla por aburrimiento, porque ofrece un estímulo “rápido”. Frente a ese aburrimiento, los adultos tenemos una oportunidad. Ofrecer alternativas no significa entretener permanentemente al niño. A veces será proponer un juego; otras, acompañar el aburrimiento sin resolverlo inmediatamente: de ese tiempo aparentemente vacío pueden surgir el juego, la imaginación y nuevas iniciativas propias. Son momentos en los que podemos ofrecer alternativas a la pantalla que despierten la creatividad del niño y favorezcan la construcción de la inteligencia. Juegos de mesa, juegos de construcción, libros, muñecos y peluches pueden ser grandes aliados para los adultos que buscamos reducir el uso de pantallas. Ahora bien, habrá momentos en los que no existan alternativas y sólo la puesta del límite será la respuesta; y otros en los que recurriremos a una pantalla, pero con un adulto que acompañe y paute su uso.

Escrito por:

Rocío Arauco Morullo

Magdalena Condomí Alcorta

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