Transcurrido ya un cuarto del siglo XXI, el psicoanálisis de la orientación lacaniana no cesa de esforzarse en el intento de esclarecer su práctica a la luz de los denominados nuevos síntomas. Las nuevas formas del malestar en la cultura obligan al psicoanalista a vérselas, muchas veces, con una demanda que testimonia, no sin carácter de urgencia, el fracaso de cada quien frente a la tramitación de la satisfacción pulsional que no cesa en su insistencia. Si nos permitimos una licencia imaginativa podemos ilustrar esta demanda bajo el enunciado “no puedo parar de ...”
Situada la demanda actual de esta manera, no puedo parar de… , los puntos suspensivos pueden completarse con distintas acciones, diferentes prácticas de goce, y variadas compulsiones que arman un arco que puede ir desde la ingesta toxicomana, a las privaciones más extremas.
En la experiencia de la vida cotidiana, y no solo en la demanda de análisis, se hace presente, cada vez más, este sometimiento generalizado al objeto y la sumisión al régimen a-dictivo. Apuestas online, uso ilimitado de pantallas y dispositivos electrónicos, pero también ayunos intermitentes e interminables, procedimientos quirúrgicos, medicamentosos y prácticas de aislamiento, dan cuenta, finalmente, del intento de regulación de una satisfacción siempre inadecuada, que no cesa de no inscribirse. La práctica del scrolleo, ese movimiento del dedo que desliza la pantalla una y otra vez, no encuentra el punto de capitón. Siempre habrá otra imagen por ver, un nuevo reel por comentar, en un recorrido a gran velocidad y sin última estación.
Es en ese sentido que Jacques Alain Miller, en su conferencia El inconsciente y el cuerpo hablante de 2014, contrapone la época freudiana, la del nacimiento del psicoanálisis, con la actual. Nos obliga así a repensar nuestra práctica a la luz del pasaje de la era victoriana, de la represión de la sexualidad, al régimen de la intromisión de la pornografía y toma la figura del masturbador compulsivo para ilustrar la subjetividad de nuestra época que deja al sujeto, como todo consumidor, siempre a un click de la satisfacción prometida. Y no puede parar de clickear.
La sustancia
Si tomamos la película La Sustancia de Coralie Fargeat (2024) con Demi Moore como protagonista, podemos ver los efectos siniestros del rechazo de la castración, que se sostienen en las promesas que el discurso científico en su alianza con el capitalismo promueve. Hay para la protagonista, Elizabeth, una experiencia de goce narcisista frente a su imagen, a su objeto especular, al que Lacan escribe en el eje imaginario de a–a’, que le resulta irrenunciable. Es allí que la ciencia ofrece la solución a lo imposible de soportar del envejecimiento, mientras el capitalismo promociona, desde el Ideal del Yo, el éxito del consumo, y finalmente el superyó insaciable empuja a lo mortífero.
Pero ¿qué tenemos para decir desde el psicoanálisis de la orientación lacaniana que vaya un poco más allá que las meras descripciones fenomenológicas del estrago adictivo y sus consecuencias? Antes que nada, debemos señalar lo obvio, lo que tiende a obviarse, aquello que, como en La carta robada de Edgard Allan Poe, queda escondido a la vista de todo el mundo: “eso falla”. Es lo que sostiene Lacan en 1972 cuando afirma que “la esencia del objeto es fallar”. Nosotros, tomados aún de esa confesión del malestar que hemos aislado, podemos agregar que no solo falla, sino que no puede parar de fallar.
Ya en su texto Tres ensayos sobre la teoría sexual de 1905 Freud deja en claro que el objeto de la satisfacción pulsional es de carácter contingente. Lacan, por su parte, nos muestra, desde el inicio de su enseñanza, que es por efecto del lenguaje que para el ser que habla el objeto está perdido y, por lo tanto, no hay saber inscripto para la satisfacción, ni programa de goce por el cual orientarse. Esto lo conducirá, finalmente, a su conocida sentencia: No hay relación sexual.
El discurso capitalista
Ya desde su escrito sobre La Familia de 1938, Lacan nos permite ver la declinación de la figura paterna en el entramado del lazo social y señalará, progresivamente, el decaimiento del orden simbólico y el develamiento de su carácter de semblante frente a lo real del goce. Que la regulación simbólica ha perdido su capacidad de antaño, no resulta una novedad para nadie hoy. No hay más que escuchar la impotencia de los padres y madres frente al uso desmedido de las pantallas desde la más temprana edad de sus hijos. Las nuevas configuraciones familiares nos enseñan que frente al avance del discurso científico en su alianza con el mercado, la tradición ha perdido operatividad y hemos pasado del saber transmitido al tutorial artificial.
De esta forma, el fracaso de esta modalidad adictiva del síntoma que intentamos circunscribir, nos permite ver, además, el carácter imperativo e insaciable que Lacan ubicó como Superyó, “Nada obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo del goce: ¡ Goza! “, sostiene Lacan en el seminario XX, y agrega que “el superyó tal como lo señalé antes con el ¡Goza! es correlato de la castración”. Es allí que hinca sus dientes el discurso capitalista, al que Lacan describe como un discurso “astuto” que anda como sobre ruedas.
En su conferencia del 12 de mayo de 1972 en Milán, Lacan presenta el discurso capitalista y su formalización. Se trata de una variante del discurso del amo, que tiene su desarrollo en el seminario XVII. A decir verdad, el discurso capitalista se caracteriza por no ser un verdadero discurso, en tanto forcluye la dimensión de lo imposible y se cierra sobre sí mismo, sin dar paso a otro discurso. De esta manera, deja por fuera, además, los asuntos del amor.
En este pseudo discurso, el sujeto, en el lugar del agente, demanda, desde su falla estructural, al saber (científico) que, en alianza con el amo (capitalista) producen el objeto plus de goce que tapona la división inicial. Y en tanto la “esencia del objeto es fallar”, la demanda se relanza en un circuito centrífugo del que Lacan dirá que “tiende a reventar”. El reviente es, finalmente, la última estación de este insaciable recorrido del “no puedo parar de ...”
¿Qué respuesta entonces desde el psicoanálisis? ¿Cómo operar frente el empuje al reviente? En principio digamos que nos podemos orientar por los desarrollos que Lacan realiza sobre todo a partir del seminario XX, Aún. Es a partir de allí, que situará dos modalidades de la satisfacción. Una, que llamará fálica, que ubica fuera de cuerpo y a la medida del lenguaje y el objeto a. Y, por otro lado, otra satisfacción, en el cuerpo, y frente a la cual, la primera, funciona, más bien, como un tratamiento, una defensa respecto a la primera, lo real del goce del cuerpo.
Desde esta óptica, el no puedo parar de… comer, pensar, scrollear, verme al espejo, drogarme, y sus infinitas variantes, expresa, en realidad, el intento de hacer existir la relación sexual. Se trata del empuje a inscribir una satisfacción, siempre inadecuada, la del cuerpo, en el régimen del sujeto-objeto, desconociendo la imposibilidad de escritura en tanto se trata de registros sin relación.
La orientación para el discurso analítico será, por lo tanto, tal como lo precisa Miller en el último congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis de 2026, ubicar “lo imposible de soportar” para cada quien y, a la vez, situar lo fallido de las soluciones ensayadas. De esta manera podremos pasar de la experiencia generalizada del no puedo parar de…para apelar a la responsabilidad de hacerse una conducta, un saber-hacer singular, frente a esa pieza suelta que no deja de no encastrar.
Miller, J.-A., “El inconsciente y el cuerpo hablante”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, n.º 17, Grama, Buenos Aires 2015.
Miller. J.A., Lo imposible de soportar, Introduction à l’impossible à supporter. J.-A. Miller. Paris, 3 mai 2026.
Lacan, J. (1972-1973). El Seminario de Jacques Lacan. Libro 20: Aún (J.-A. Miller, Ed.). Editorial Paidós.




