En el patio, Brian se acercó a buscar la pelota, pero antes de agacharse alzó la vista.
― ¿La tirás, Claudio?
Claudio, recostado en el banco largo de cemento, la siguió con la mirada. Los otros chicos dejaron de correr. En cada cabecera del patio, dos remeras hechas bollos separadas por cinco pasos servían de arco. Claudio mantenía la pierna rígida, inútil, mientras con la otra imitaba el gesto de quien pateaba. En medio del patio, el portón de hierro permanecía cerrado. Había contado los barrotes cien veces: veintitrés verticales, nueve horizontales.
Nunca había pateado una pelota.
A los seis años se quedaba en la vereda mirando a los chicos de la cuadra. Un día se acercó a la plaza. Estaban armando los equipos. Claudio esperó. Cuando terminaron de contar, un chico más grande lo miró y dijo que ya estaban completos, que para la próxima. Se sentó en el banco de madera. El partido empezó. Los pies corrían sobre el polvo, las bicicletas apoyadas contra el árbol, el sol en la cara. Miró sus propias piernas: una derecha, la otra torcida. No era grave, pero se notaba. Al rato, uno de los chicos pateó la pelota tan fuerte que salió de la cancha y rodó hasta sus pies. El que la había pateado se acercó corriendo y le pidió que se la diera. Claudio la levantó con las dos manos. La sintió rugosa, liviana. La sostuvo un segundo. El chico se la arrancó sin esperar y volvió a la cancha.
Cuando el partido terminó, los chicos se fueron juntos. Claudio se quedó solo en el banco. Los vio alejarse. Ninguno se volvió. Ninguno dijo "vení". Se quedó mirando cómo las bicicletas se perdían en la esquina. Después caminó hasta su casa. La abuela le preguntó por qué llegaba tarde. Claudio dijo que había estado jugando.
A los nueve, en la clase de Educación Física, el profe armó los equipos. Eligieron a los mejores, después a los que corrían más rápido, después a los que al menos sabían parar la pelota. Cuando quedaron Claudio y otro chico, el profe miró su pierna y dijo que mejor se quedara mirando, así no se lastimaba. Claudio se sentó en la escalera, como pudo. Cuando la clase terminó, todos fueron a tomar agua. La pelota quedó en el centro. Claudio bajó, la levantó y la dejó junto al arco. Después volvió a su lugar.
La vecina del fondo lo invitó al cumpleaños de su hijo. Claudio llegó, dejó el regalo en la mesa y salió al fondo. Los chicos estaban jugando en la tierra. Se paró al costado. Nadie lo miró. Los pibes corrían, los gritos. Al rato, la madre del cumpleañero salió y le dijo que entrara, que le iba a dar el sol. Desde la ventana de la cocina veía la pelota ir y venir. Alguien hizo un gol y los chicos gritaron que querían otro. Claudio miró la torta en su mano y comió. La crema era dulce. La pelota volvió a pasar por la ventana.
A los trece, la abuela se enfermó y dejó de trabajar. Claudio pasaba por la plaza sin bajar de la vereda. Los chicos del barrio empezaron a llamarlo "el rengo". A veces lo decían por lo bajo. A veces lo gritaban desde lejos.
Una tarde, la abuela lo llamó desde la puerta. Tenía una pelota de trapo que había cosido con retazos de una sábana vieja. La costura era torcida, pero se notaba que había puesto todo su esfuerzo en hacerla redonda.
—Vení —dijo.
Claudio se acercó. La abuela le tiró la pelota con las dos manos, como quien nunca ha jugado. Claudio la recibió con el pecho. La pelota cayó al piso. Él intentó patearla con la pierna torcida. Salió rodando despacio, como si la tierra no quisiera dejarla ir.
Los dos se rieron.
La abuela fue a buscarla. Se agachó con esfuerzo. Claudio la vio arquear la espalda, apoyar una mano en la rodilla para enderezarse. Volvió a tirarle la pelota. Claudio pateó de nuevo. Esta vez la pelota llegó un poco más lejos.
La abuela aplaudió.
—Mirá —dijo—. Sos un jugador.
Claudio sintió que algo se aflojaba en el pecho. No sabía cómo se llamaba esa sensación.
La abuela se cansó antes que él. Se sentó en el borde de la vereda. Dijo que ya no daba más. Claudio se quedó con la pelota en las manos. Era liviana, suave, hecha con retazos de una sábana que recordaba de su cama.
Esa noche la puso debajo de la almohada.
A la mañana siguiente, la abuela estaba peor. Ya no se levantó de la cama. Claudio la cuidó hasta el final. La pelota de trapo quedó guardada en un cajón, junto a la ropa de ella. Nunca la volvió a sacar. Pero sabía que estaba ahí.
La abuela siempre le decía que él podía ser algo grande. Le había prometido que algún día le iba a comprar una pelota. Una tarde fue al centro, entró en una juguetería, preguntó el precio. El dueño se lo dijo. Sonrió, dio las gracias y salió. Después fue al almacén y compró arroz.
Ahora la pelota seguía quieta a sus pies. Claudio se levantó. Apoyó el peso en la pierna buena y dio dos pasos. La miró largo rato. Después levantó la pierna rígida —no podía doblarla del todo— y pateó. Salió rodando torcida y se detuvo a medio metro. Algunos rieron. Brian fue, la trajo y la acomodó con los pies frente a él.
—Otra vez —dijo.
Claudio pateó de nuevo. Esta vez llegó más lejos. No sabía por qué, pero el cuerpo le pedía repetir. El Flaco estaba apoyado en la puerta de la galería, con los brazos cruzados, mirando sin decir nada. Claudio lo vio de reojo y sintió que no lo juzgaban.
Esa noche, en la celda, escuchó los ronquidos de los otros chicos. El olor a humedad y a desinfectante. Trató de dormir, pero el insomnio le devolvió el olor a golosinas y a polvo. Recordó la entrada al kiosco. La campanita de la puerta. La navaja en la mano. No recordaba bien cuándo la había sacado del bolsillo. La kiosquera levantó la vista. Los ojos se le abrieron. Él no sabía qué iba a hacer hasta que lo hizo. Movió la mano. La navaja se clavó en el estómago. Ella agarró su muñeca. La mano de ella era caliente. La sangre le manchó los dedos. Claudio sintió que el mundo se detenía. No era el dolor de ella lo que vio. Era el asombro. Ahora lo veía en la cara de otro. Retrocedió. La navaja quedó ahí, en el mostrador. Salió. Caminó sin rumbo por las calles. La noche empezaba a caer. No llevaba nada. A la mañana siguiente, cuando la policía lo encontró, estaba sentado en el cordón de una plaza.
El juez lo había mandado al instituto de menores. Las primeras semanas apenas comió. El Flaco se sentaba enfrente sin hablar. Una tarde dijo si iba a comer o iba a dejar que la comida también le ganara. Claudio agarró el tenedor. El Flaco no insistía. Cuando terminaba decía "hasta mañana". Ese ritual sin palabras fue la primera costumbre.
El taller de carpintería estaba en el fondo. El Flaco le preguntó si quería anotarse. Claudio dijo que sí. La primera vez que armó un marco, los dedos le temblaban. Los clavos se doblaban, la madera era áspera, pero al colocar el último clavo el marco quedó derecho y sonó un golpe seco. El Flaco pasó la mano por la unión y dijo que estaba bueno. Claudio asintió. Imaginó una casa. Con un patio con plantas, como la de la vecina.
Esa tarde volvió al patio. Brian estaba ahí con la pelota. Claudio se paró, pateó, y la pelota fue directo al arco. No entró, pasó por encima de una de las remeras y rebotó contra la pared del fondo, donde un grafiti decía F L A C O con letras de molde.
― ¡Casi! —gritó Brian.
Claudio se agachó, levantó la pelota con las manos. La superficie rugosa, el peso justo. La soltó y la vio rodar. Brian le hizo un pase corto. Claudio lo recibió con la planta del pie. No era un buen pase, pero la pelota llegó. El Flaco, desde la puerta, lo miraba. Claudio mantuvo la mirada. Dejó que el Flaco lo viera, con la pierna mala, el pie torcido, la camiseta demasiado grande. Pateó de nuevo. La pelota salió desviada y se fue contra la pared. Brian fue a buscarla. Claudio pensó que ya no iba a querer jugar más con él. Pero Brian volvió, dejó la pelota en sus pies y dijo:
—Dale otra.
Claudio lo miró. No sabía qué hacer con esa frase. Nadie le había dicho "dale otra" en toda su vida. Levantó la pierna y pateó. Esta vez la pelota fue un poco más derecha. Brian la paró con el pie y dijo:
—Así.
No era un elogio. No era una instrucción. Era simplemente "así".
A la semana siguiente, el Flaco le pidió que arreglara una de las puertas del taller. La bisagra estaba floja y la madera se había hinchado con la humedad. Claudio trabajó toda la tarde. Lijó, ajustó, colocó los tornillos nuevos. Cuando terminó, la puerta se abría y se cerraba sin hacer ruido. Pasó la mano por la madera. La sintió lisa, firme.
Esa noche, Claudio esperó a que los ronquidos se hicieran parejos. Se levantó sin hacer ruido. La celda estaba oscura. Caminó descalzo hasta el baño. La ventana daba al fondo. La reja estaba floja porque él la había ajustado mal a propósito hacía dos semanas. No sabía por qué lo había hecho. Tal vez sabía que iba a necesitarla.
La reja cedió. Claudio la sacó y la apoyó contra la pared. Pasó el cuerpo. La noche estaba fría. El pasto del fondo estaba mojado. Caminó hasta el portón. El candado era viejo. Lo había visto cien veces.
No llevaba nada. Solo la ropa que tenía puesta. No miró atrás. Atravesó el portón y salió a la calle. No sabía adónde iba. Pero sabía que el instituto no podía ser el último lugar de su vida.
Caminó sin rumbo hasta que el día empezó a clarear. No pensó en la abuela. No pensó en la kiosquera. No pensó en la pelota. Pensó en la puerta que había arreglado, la que se abría y se cerraba sin hacer ruido. Después dejó de pensar y siguió caminando.




