A Stella...
Abrí el cajón de las medias. Estaban impecables. Encima, la vieja me había dejado dos o tres pares y las ligas. Ella me conoce bien, sabe que las medias de toalla, con mi transpiración, se vuelven insoportables después del primer tiempo. Las canilleras de cuerina estaban ahí, mínimo dos pares. A la vieja no se le escapaba ningún detalle.
El short, bien corto y ajustado.
—Pará, pará, no me critiques. No me jodas con eso. No tengo problema en decir que eran cosas de la época. Esto se trata de algo más importante, no de pantaloncitos apretados. Además, ¿sabés qué? Los volvería a usar.
Así que basta con eso. Y... ¿por qué no seguís escuchando?
Parece mentira. Hoy escuché Torito, de Cortázar, y me acordé de esto. La puta madre... No puedo poner el audio de Torito recitado por él. Sí, es el colmo, ahora tengo que escucharlo porque ni leer puedo.
Dejame que te cuente. Recordarlo es lo que le da sentido. Sino... ¿para qué?—¿Ahora sí? ¿Sigo?
Te conté de la ropa. Y te juro que es como si ella estuviera acá, sentada al lado mío. No sabés lo fácil que la haría. O no sé si fácil... pero si estuviese sería más lindo.
Ese día era mi primer partido internacional. No te lo digo de fanfa. Ya había jugado cosas importantes. Ya sabía que dar la vuelta olímpica y ser campeón era solo parte del resultado de romperse el culo entrenando. Y, sin embargo, eso no era garantía de nada.
Un error propio. Un error del cuervo de turno —así le decíamos a los árbitros porque vestían de negro— y todo se podía ir al carajo. Los pibes ahora no lo saben. Hoy todo es moda. Es más probable ver a un árbitro y a los jueces de línea vestidos de rosa. Ah, viste, no te reís ahora.
A la mañana temprano me la había mandado.Nos habían dejado ir a casa para dormir con la familia. Fue genial. Pero qué fácil me la habían dejado.
Los sábados en el barrio siempre se jugaba un picado en la canchita. Tenía alambrado como red. Si la pelota pegaba en el alambre no se inflaba nada, pero el ruido metálico... ese ruido era más lindo que los gritos de la cancha grande.
Ahí se jugaba en serio.
Si te la daban, no podías tirarte porque no había cuervo para cobrar foul ni sacar tarjeta. Era para tipos duros. Y no te das una idea de la calidad que había. Eran todos cracks.
Desayuné algo rápido, una leche, y me tiré del balcón de casa para que nadie me viera. ¿Salir por la puerta? Solo por el frente. Si me veían, cobraba.
Ya lo tenía armado: botines, de los viejos, escondidos en la cabina del gas. Todo preparado la noche anterior.Qué partido chivo...
—¿Escuchamos juntos ese cuento?
—¿Torito?
—¿No? Bueno, sigo contando.
—Qué hijo de puta este Cortázar... Mirá cómo me trae todo esto ahora.
Te dije que el partido estaba jodido.
Peor que jodido.Un gol nuestro. Sacaban ellos. Empate.
Así estuvimos media hora.Tres a tres.
Sacamos del medio. Me la pasa... pará... no me acuerdo el nombre... creo que Maurito. Sí, debe haber sido él.
La recibo mal. Torpe. La pelota ya se me estaba yendo. Por suerte era potrero. Una montañita de yuyos duros me la tira contra la rodilla y la pelota queda ahí.No pude ni pararla.
Por suerte.
Porque ahí vino un guadañazo a mi pierna de apoyo.
Foul indiscutible.
Tan fulero fue que hasta ellos lo cobraron.
Como yo era el que mejor le pegaba, el que jugaba en serio, el que estaba en el seleccionado platense, me tenía que hacer cargo. Esa misma noche debutaba contra el seleccionado de Guatemala.
El tiro salió medio con una comba rara, medio feo. Pero la pelota era un globo. Los planetas estaban alineados.Y el Comadreja —así le decían al arquero, no tengo la más puta idea de por qué— se movió tanto que no supo por dónde venía la pelota. La miró como se mira a una mina que ya te dejó.
El ruido del alambre fue —y sigue siendo— uno de los sonidos más bonitos que recuerdo.
Cuatro a tres.
Les grité a todos:—¡Esta vez bajen todos, eh! Rómpanse el culo para defender. Lo cerramos acá.
Faltaban dos minutos. Un partido de un tiempo. Cuarenta minutos de mata-mata.
Les dije que no quería comerme el garrón de las cargadas. De esas bravas, de las que cuando perdés, además de pagar la Coca y los sándwiches, tenés que escuchar.
Agarré a Gustavo, nuestro líbero.
—La pelota o ellos. Juntos no pasan.Y le supliqué.
Hasta tuve que ir con la posta:
—Esto me importa más que la selección.
Me miraron. Ojos abiertos y una respiración que no era de pibes. Como si lo que les pedía fuera una orden.
Sacaron del medio.Gustavo cortó el juego y pegó un bombazo que, después de rozar en una pierna, la mandó al córner.
Maurito se hizo cargo.
La tiró llovida al centro del área.
Te juro que nunca había saltado tanto por una pelota.
Pero en el aire sentí que las cosas tenían que terminar de otro modo.Y no cabeceé.
La acomodé con el pecho, me di media vuelta... y tiré de chilena. Me la jugué al todo o nada.
El Comadreja salió con las piernas para adelante. Tremendo arquero era. Y así tenía que salir.
Pero con la mala suerte de que su rodilla me pegó en la cabeza.Igual todos gritaron.
Nadie pidió foul.
Porque el alambrado vibró más lindo que nunca.
Ganamos cinco a tres.
Pero no fuimos a comer sándwiches ni a tomar Coca.
Me llevaron al hospital porque me paraba y me caía. El mundo daba vueltas y yo solo pensaba:
¿Cómo tapo el chichón? Nadie puede saber de esto.Creo que esa responsabilidad —o ahora puedo decir la verdad: esa irresponsabilidad— y la vergüenza por ser mal compañero hicieron que me mantuviera parado unos minutos.
Convencí a los chicos de volver al barrio.En casa almorcé.
Después me llevaron al club.Ahora sí: el bolso en la mano, con todos los pares de medias, las canilleras, el short corto y apretado, la camiseta de la selección.
Y la vieja al lado.
La entrada en calor.
La hinchada llenando las tribunas.
El olor a linimento de caballos que hacía que cualquier otro olor pareciera perfume.
Entramos a la cancha.
Antes del primer minuto, tiro libre para nosotros.
Adrián tiró el centro a la olla.Vi que nadie me marcaba.
Me moví.Y cabeceé.El cuero. La frente. El olor.
Esperé el ruido.No había alambrado. Se silenció todo.
Llegué inconsciente
.Lo que siguió fue el olor a hospital.La doctora decía que tenía un coágulo en la cabeza.
—¿Te dolía desde antes?
Puta que dolía.
Pero ahí sostuve todo.
Yo preguntaba por los chicos, por el barrio.
No tenía recuerdos de haber ido al club
.Ellos me decían que había sido un golazo. Que el cabezazo había sido letal.
Y yo discutía.—No. Fue de chilena. Ganamos cinco a tres.
La vieja estaba asustada por las barbaridades que decía.
—El partido fue uno a cero —me repetían
.Ella lloraba.
Entonces la abracé y le dije:
—Vieja... hoy jugué en el barrio. Ahí me golpeé.
Me miró con enojo, ternura, lástima y amor. Esas miradas de las viejas en las que se les junta todo.
Y me dijo:
—Si hiciste eso, parate, agradecé, pedí perdón y nos vamos.
La cosa estaba brava.
La tomografía decía que tenía que quedarme cuarenta y ocho horas.Pero la vieja tenía algo.
Algo que hacía que el dolor no existiera.Y
ahora, encima, escucho ese cuento de Cortázar.Justo ahora.
No sé.
Siento que es injusto escucharlo justo antes de empezar la quimio.
Y para peor...la vieja hace rato que se me fue.




