Cientifizar el fútbol, si es que acaso esa palabra existe, es uno de los tantos intentos de los dueños de las cosas por quitarle humanidad al deporte más imperfecto, al fenómeno cultural más pasional.
No hay ninguna razón que certifique la relación entre una costumbre y un resultado. Pero cualquier ser sensible que se precie de serlo sabe que si su equipo ganó, la próxima vez tiene que sentarse en el mismo lugar.
Porque es mucho más que una cábala, es la construcción de un recuerdo. Es una pared que se tira para ver si alguna vez la vida la devuelve.
Intentar entenderlo desde la racionalidad no tiene sentido.
Mi viejo me contó que cuando Goyco atajaba los penales en Italia 90 él se iba conmigo y se tapaba los oídos para no escuchar el relato. Me llevaba en brazos, como intentando protegerme de los nervios que significa una definición desde los doce pasos.
Yugoslavia primero y los tanos después.

Para mi Goyco es un héroe, un tipo muy querible. No lo vi atajar nunca en mi vida.
El día que Diego murió, Goyco se quebró al aire y yo lloré viendo el video. No lo conozco en persona.
Ah, mi papá se llama Sergio y solo ve fútbol en los Mundiales. Que alguna ciencia lo explique.
Con mi amigo Juan José compartimos redacción por siete años. Nos hicimos amigos bastante rápido porque así somos los gordos sensiblones. Además él saca fotos y yo escribo, con lo cual no era tan difícil.
Pero en esta materia de la energía, todo comenzó un día que nuestro rival de toda la vida ganaba por tres goles. Nunca me voy a olvidar el golpe de nuestras manos al saludarnos esa noche de invierno, en el primer piso de Ministro González y Córdoba, cuando les dieron vuelta la serie y los dejaron afuera.
Porque regocijarse con la desgracia ajena no siempre es pecado.
De ahí en más se edificó una historia compartida de victorias victorias por penales, algunas difíciles de explicar desde lo futbolístico.
Nos fuimos dando cuenta que había algo ahí. Que tener a los que uno tiene cerca siempre es una buena receta.
Incluso algunos triunfos que significaron títulos, incluyendo la Copa América del 2021.
Esa noche se la dedicamos a un "amigo" brasileño que había hecho mucho daño en el mismo lugar en el que nosotros estábamos festejando.
Hasta que llegó la derrota con Arabia. Un golpe de los más inesperados que yo recuerde en mi intenso y hasta tóxico vínculo con el fútbol.
Ese partido fue un martes muy temprano y cada uno lo vio en su casa.
Tiempo después comprobaría que mi compañía de ese día no generaba lo mismo que Juan José, sino todo lo contrario. Seguramente era recíproco.
Entonces llegó el día de Argentina-México. Ese sábado había que quemar todas las naves y entonces Juan José interrumpió su día libre para venir a ver el partido conmigo a la redacción.
No habia día más importante para estar codo a codo. Messi tuvo en sus pies la que yo considero como la pelota más pesada de la historia del fútbol.
Nunca un jugador tuvo tanto para perder como él ese día. Todo lo que vino después de ese gol no hace más que certificar mi teoría.
Desde el golazo de Enzo Fernández hasta la devoción que la gente tiene por él en cualquier parte del planeta.
El merecido reconocimiento a un tipo que nunca dejó de intentar y que hizo lo que había que hacer, adentro y afuera, para ser el mejor.
Obviamente, después fueron pasando Polonia, Australia, Países Bajos, Croacia y Francia. Todos con mi amigo Juan José al lado.

En el medio aparecía gente que sumaba buenas sensaciones y otros que, al día de hoy, era mejor perderlos que encontrarlos.
No todos entendían lo que nos estábamos jugando. El ritual de lo que había que hacer se sostenía porque había un sentimiento que respetar.
Así pasamos dos tandas de penales y la atajada del Dibu a Kolo Muani.
No tengo pruebas y tampoco dudas: nuestra cábala fue fundamental para la consagración.
Como mínimo, la consagración no hubiese sido igual para nosotros sin esa cábala en el medio.
En cada festejo hubo más que una simple celebración mundana. Fue un abrazo nuestro, bostero, argentino y peronista. Y todas esas cosas que conforman la identidad, nos unen con algunos y nos diferencian del resto.




