“Parque Lezama” es, sin duda, una miscelánea entrañable que hoy, con el diario del lunes, puede leerse también como un homenaje en vida a Luis Brandoni. El director Juan José Campanella le dio a la dupla Brandoni–Blanco la posibilidad de llevar a la pantalla la obra teatral que interpretaron durante siete años, inmortalizando la potencia de esas actuaciones.
Basada en I’m Not Rappaport, de Herb Gardner, estrenada en Broadway en 1985, la película recupera temáticas que siguen siendo vigentes y verosímiles. El desafío de trasladar esa historia a una sensibilidad argentina se resuelve con naturalidad, tal como Campanella ha demostrado en otras ocasiones.

No abundan este tipo de adaptaciones en la plataforma. Sin embargo, en “Parque Lezama” el foco está puesto en el talento actoral para contar la historia de dos hombres mayores que, con sus achaques, se resisten a quedar en el olvido. Dos amigos del parque que, entre tangos e historias, comparten aventuras y, en más de una ocasión, generan problemas y se exponen a situaciones que ponen en riesgo su vida.
En una de estas circunstancias involucran a la hija de uno de ellos que, cansada de ser la coartada de su padre y preocupada por él, intenta convencerlo de llevar una vida menos solitaria y más protegida, lejos de los peligros de la calle. Él, refugiado en la fantasía y su fe en la vida, rechaza la propuesta, pero no por mucho tiempo.
La sensibilidad, la astucia y el afecto con los que están construidos estos personajes despiertan emoción y evocan recuerdos. La atmósfera teatral se sostiene de principio a fin y deja una pregunta flotando: ¿qué lugar ocupan los hijos en esta etapa de la vida de sus padres?

Queda expuesta la tensión entre el control o el acompañamiento y las ganas o no ganas de ellos y esto lleva a pensar ¿Qué espacio tiene su deseo en una etapa atravesada por transformaciones físicas y vínculos familiares complejos?
En esta línea “27 Noches” recupera esta pregunta poniendo el lugar de la autonomía de los padres bajo la lupa. La película dirigida por Daniel Hendler se estrenó en el Festival de San Sebastián en 2025. Basada en el libro 26 noches, de Natalia Zito, retoma un caso real que, además de su potencia narrativa, impulsó discusiones sobre las condiciones de internación en el ámbito de la salud mental.
La protagonista es Marta: judía, adinerada y excéntrica. Sus amigos, jóvenes y artistas, la admiran y comparten con ella en el under de Buenos Aires. Una mujer mayor que todavía tiene hilo en el carretel, que vive la vida como una aventura y cuenta, además, con la fortuna que le dejó su difunto marido.

Marta tiene dos hijas, completamente normales a los ojos de cualquiera, pero nada interesantes a los de ella. Ellas temen por la integridad de su madre en los entornos que frecuenta y desconfían de las decisiones que toma. Frente a esto, organizan a sus espaldas un operativo para internarla en una clínica psiquiátrica. Y así comienza la historia.
El conflicto judicial que se desencadena obliga a la intervención de un perito, interpretado por el propio Hendler, encargado de determinar si la mujer está en condiciones de vivir en libertad. El contraste entre el carácter de Marta: creativa y audaz, y el del perito: torpe, acartonado y honesto, aporta momentos de humor que conviven con la tensión del caso. El resultado es un relato ágil, por momentos absurdo, que no pierde de vista la gravedad del conflicto que plantea.
Reflexionar sobre la vejez y el vínculo con los hijos conduce, inevitablemente, a otra pregunta: ¿estamos preparados para discutir el derecho a decidir sobre el final de la vida?
Reflexionar sobre la vejez y el vínculo con los hijos conduce, inevitablemente, a otra pregunta: ¿estamos preparados para discutir el derecho a decidir sobre el final de la vida?
En “El último Gigante”, Marcos Carnevale se aproxima a este tema a través de la historia de Julián, interpretado por Oscar Martínez: un piloto retirado que, atravesando una enfermedad terminal, busca reconstruir el vínculo con el hijo al que abandonó cuando tenía ocho años.
El reencuentro está impregnado de sentimientos de culpa, reproches y la dificultad de reparar lo irreparable. Julián no solo intenta irse en paz, sino que también necesita ayuda para tomar una decisión sobre el final de su vida. Su hijo, aunque reconoce el gesto de acercamiento, se mantiene firme en el resentimiento que le dejó el abandono.

La insistencia de la madre y una revelación sobre su estado de salud terminan por habilitar el diálogo. La película recorre la desilusión, el dolor y la posibilidad de una segunda oportunidad, al tiempo que expone el espesor de los vínculos y las consecuencias de decisiones que no tienen retorno. Todo esto enmarcado en la imponencia de las Cataratas del Iguazú, que acompañan la intensidad del relato.
La vejez, en estas historias, nunca es un estado individual: es un territorio atravesado por decisiones ajenas, donde los hijos, desde el cuidado o el miedo, terminan ocupando un lugar central. Su rol como mediadores del destino de sus padres pone en evidencia la tensión entre cuidado y control. De esta manera el cine argentino construye personajes que, lejos de la pasividad, insisten en afirmarse como sujetos de decisión. Tal vez allí resida parte de su potencia: en mostrar que incluso en el último tramo, la vida sigue siendo un territorio en conflicto.



