El mapa de la memoria: Julieta Venegas y su camino de regreso a la frontera
Una reseña de Gabriel Plaza
El mapa de la memoria: Julieta Venegas y su camino de regreso a la frontera
Una reseña de Gabriel Plaza

Tras ocho años en Buenos Aires, la artista mexicana edita Norteña, un proyecto espejo de disco y libro que indaga en la infancia, el desarraigo y la identidad musical de Tijuana.

Hace ocho años que Julieta Venegas está viviendo en Buenos Aires con su hija. Llegó enamorada de un argentino. Cuando rompió se quedó en la ciudad para alejarse del mainstream, empezar otra vida, sin managers ni banda, y volver a tocar en librerías sola con su guitarra o el piano, para 30 o 100 personas, para encontrar aquello que había empezado en su casa de Tijuana como un juego y que se había transformado en una obligación. Pero ya pasó el tiempo suficiente fuera de México y ahora está escribiendo estas líneas: “Quiero pisar mi tierra otra vez / descalzos los pies / y ahí quedarme de nuevo / encontrarte en la esquina del mar”. Es una profecía. Una manera velada de anunciar el regreso a su tierra. Un año después estará grabando esa canción llamada “Esquina del mar”, en un estudio de Baja California, a pocos kilómetros de la línea que divide a México de Estados Unidos, donde vivió su infancia y adolescencia.

Ya no recuerda su tierra a la distancia, ahora la canta y la camina de nuevo.

Su nuevo álbum, Norteña, es un viaje de regreso al origen de todo. Es un disco sobre la memoria musical de su tierra, sobre la infancia, la familia, la añoranza, las historias y fábulas que creamos sobre aquellos sitios donde fuimos felices y aprendimos los primeros dolores. El proyecto se completa con la edición del libro Norteña, memorias del comienzo, donde explora su relación con la música desde niña hasta la grabación de su primer disco solista, producido por Gustavo Santaolalla.

Norteña es su manera de encontrar el camino de regreso a su tierra y, en esa travesía intuitiva, alcanzar uno de sus mejores discos a la fecha.

El proyecto tenía muchos años dando vueltas en su cabeza, pero el clic fue un libro de fotos de su hermana gemela Ivonne sobre Baja California. Empezó a imaginarse en esos mismos escenarios de las fotos, en la memoria de aquellos recorridos por la ruta que hacían con su familia, en la infancia cruzando o viviendo de un lado y otro de la frontera entre México y Estados Unidos; y, como siempre, la música era protagonista de todos sus recuerdos.

Ya no pudo dejar de pensar en esas imágenes: en los viajes en auto cruzando la línea; en las fiestas familiares con sus abuelos, padres, tías y primas, reunidos alrededor de un patio mientras cantaban y se ponían a bailar; en las caminatas a la orilla del mar; en las primeras lecciones de piano a los ocho años y la imagen imborrable de su profesora Margarita; en las primeras amigas; en los primeros besos; en los primeros romances; en las peleas con su padre; en la voz de su madre cantando a Juan Gabriel; en sus primeros ensayos con Tijuana No!; en el sabor picoso de la comida; en aquellos tiempos dorados.

Que vuelvan los tiempos dorados
los dulces futuros que tanto soñamos
que vuelva el misterio, el aburrimiento
el no saber nada, el no saber nada”.

Nació en California, pero fue criada en Tijuana; su música es fruto de ese cruce constante entre la frontera, en el sonido del acordeón, en toda esa travesía musical bilingüe de la cultura pop, en los sonidos de los conjuntos gruperos, la cumbia norteña, el sonido tex-mex de Los Ángeles, las rancheras, los corridos tumbados y la música folk.

“Con mi familia vivimos de los dos lados siempre, independientemente de dónde estuviera nuestra casa”, escribe en el libro. Vivir en la línea le dio un signo de identidad. “Sin darme cuenta siempre he cargado una línea que me divide. Una cicatriz latente que no desaparece”, dice en sus memorias publicadas por la editorial Blatt & Ríos.

Esa cicatriz aparece en canciones como “Caprichos del azar”, junto al compositor David Aguilar —otro compositor de la frontera, pero de Sinaloa, colaborador habitual de Natalia Lafourcade y que participó como coautor y productor en varios tracks del disco—, que habla de un reencuentro inesperado con un viejo amor; o en “Callaron las canciones”, un himno folk sobre la pérdida y las ausencias; o en “Tengo que contarte”, que funciona como una confesión entre amigas, junto a Natalia Lafourcade.

En el disco, Julieta Venegas hace una operación literaria desde lo musical y le da un giro a esos estados de ánimo con el efecto que provocan sus melodías y los arreglos musicales: la añoranza en “Volver a ti” se transforma en una cumbia romántica junto a la icónica banda mexicana Bronco (un paralelo en estatus cumbiero al de Los Palmeras en Santa Fe); en “Amigas”, el lirismo pop y triunfal de la introducción regresa al efervescente estado de la adolescencia y esa promesa infinita de ser amigas por siempre, una canción kitsch de la que se hubiera enamorado Juan Gabriel; y en “Lo que va a pasar”, convierte la desilusión en una balada de amor sugerente, a dúo con Meme del Real de Café Tacvba.

El sonido grave de la tuba y el bajo, la raíz folclórica del requinto, el color del trombón y el clarinete, las guitarras acústicas, las cuerdas, los teclados, la batería y, sobre todo, el acordeón, crean una atmósfera melancólica que flota sobre el ambiente musical del disco. Es como el color desteñido que aparece en los viejos álbumes de fotos. El sonido tiene algo de ese rastro que produce el paso del tiempo. Es una nostalgia que atraviesa las letras del disco y que recorre la infancia y la adolescencia de la artista, quien transcurrió su vida en la frontera hasta marcharse a los 21 años de su casa para buscarse una nueva vida en el DF, donde trabajó de traductora, compuso música para teatro y comenzó a enfrentar la madurez que le permitió definir su camino en la música.

Tijuana funciona como la escenografía de estas doce historias del disco, impregnadas por ese mestizaje cultural y el imaginario de una ciudad construida al borde de la frontera con Estados Unidos. En el espíritu del disco sobrevuela ese collage de imágenes armadas con los retazos de todos los que fueron llegando: la presencia gringa, la explotación histórica de los indios yaquis, el mar, el desierto, el muro, los sonidos norteños; un decálogo de las historias que arman la mitología de esa ciudad de la frontera.

“Cuando visito mi ciudad de origen encuentro pedacitos de memoria que se tocan: hay recuerdos míos regados por muchos de sus rincones (…) Tijuana es vertiginosa, sus cambios y movimientos nunca se detienen, ha vivido en metamorfosis desde que tengo memoria”, escribe en su libro, que vendrá a presentar a Buenos Aires en agosto. Allí desarrolla una escritura fluida que funciona como diario íntimo de la época en que empezaba a construirse como artista, y donde se iba a definir esa búsqueda, ese estilo cancionero que este año recibió el premio a la Excelencia Artística en la ceremonia de Billboard Mujeres Latinas en la Música.

La línea que divide la frontera aparece de forma constante en las canciones, sobre todo en la historia de “La Línea”, una canción donde colabora la artista Yahritza y su Esencia, un grupo de tres hermanos partidos por su propia historia: la vocalista Yahritza y su hermano Jairo nacieron en Yakima, Washington (Estados Unidos), y Armando nació en Michoacán (México) y se mudó a Estados Unidos cuando tenía tres años. En el reportaje de Jon Pareles para el Times, contó que la canción se volvió realidad cuando Armando, uno de los hermanos mayores e integrante del grupo, fue deportado a México. En esa misma nota, Julieta contó que la historia de “La Línea” no era una canción política, pero la realidad se había impuesto por su propio peso.

“La Línea” es una de las canciones más bellas del álbum. Es una carta de amor de la frontera escrita con la intro de un acordeón melancólico. La melodía está construida sobre una sucesión de acordes mayores que le dan un pulso alegre y vivaz: el sonido de la tuba y la base bailable del bajo contrastan con una letra triste. En el fondo, la pieza mantiene un tono esperanzador en el estribillo: “Te extraño tanto / no puedo sin ti / pero tengo que seguir, tengo que seguir / hasta el día en que vuelva a ti / seguiré cantando”.

La voz lastimera de la artista nacida en Estados Unidos, de Yahritza y su Esencia, interpreta muy bien el sentimiento de aquellos que quedaron del otro lado, de aquellos mexicanos a quienes las fronteras separaron de sus familias. “Tengo un triste recuerdo / cuando me separaron de ti / cuando supimos tan de repente / que en la realidad / no sería fácil”.

Es un disco sobre la memoria musical de su tierra, sobre la infancia, la familia, la añoranza, las historias y fábulas que creamos sobre aquellos sitios donde fuimos felices y aprendimos los primeros dolores.

Mientras tanto, “Leyendas de Tijuana” ofrece otra mirada. Es una balada pop sentimental que resulta más vibrante, empujada hacia adelante por el sonido del acordeón, los destellos de los teclados pop de los ochenta, el fraseo de una trompeta y una cadencia suave cercana a una cumbia de aires reggae con el pulso del bajo. Es un híbrido que naturaliza con autenticidad esa mezcla de culturas, sin forzar nada: un estilo norteño creado por Julieta Venegas.

Siempre fue a su aire, incluso con los cambios en la industria musical y las tendencias. Como dice en la canción “Terca”: “Fui terca en mi manera de pensar / Terca en mi manera siempre de vivir / Hay algo que me empuja más allá de mí / Y me ayuda a seguir...”.

La artista toma el carácter y la personalidad de los elementos más folclóricos de la música regional, como el acordeón (al que le dedica un capítulo entero en su libro), para teñirlos con un lirismo pop. Producidas con sobriedad acústica por la artista Ruzzi, estas son canciones que se pueden bailar o cantar, canciones que se pueden silbar en la calle, tocar solamente con un acordeón para un cumpleaños, con una guitarra en una cantina o bailar abrazados junto al ser amado. Son canciones con una melancolía tardía. Hablan de las cosas perdidas que en el recuerdo se vuelven presente.

Es un disco sentimental y con un espíritu luminoso que termina celebrando todo lo vivido. Ella destapa con estas canciones ese recoveco emocional de sabor agridulce que deja el final de una muy buena película, cuando pasan los créditos y suena el leitmotiv de la banda de sonido.

“Escribo una memoria que quiero que acompañe estas canciones”, escribe Julieta en su libro, donde habla de la herencia, de la identidad, de un legado y de la historia que se escribió en ese lugar de la frontera. Con una escritura pulida y sencilla, habla de su vida migrante, de las ausencias, las pérdidas, los reencuentros y de cómo se fue de su ciudad siguiendo una corazonada. El proyecto Norteña, tanto el libro como el disco, dibuja ese camino de regreso a sus primeros años: una manera de volver —como decía el poeta Tejada Gómez— a los viejos sitios donde amó la vida.

Escrito por:

Gabriel Plaza

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