"En la Patagonia es como si nada realmente nos detuviese,
porque sabemos que no tenemos todo,
pero que lo que tenemos es valiosísimo."
Ariana Correa Turone llegó al cine antes de aprender a leer. La crió una madre cinéfila y melómana que veía películas en cantidades desmedidas, la mayoría subtituladas. Quiso aprender a leer para entender lo que pasaba en la pantalla. Eso lo dice todo sobre cómo funciona su relación con las imágenes: desde adentro, desde la necesidad, desde un misterio que todavía no termina de resolver.
Hoy se define como artista multilenguaje. Investiga las conexiones entre el lenguaje visual, el audiovisual, la escritura, los espacios instalativos y la performance. No elige entre disciplinas — las pone a dialogar, las hace tensionarse, las obliga a completarse. Y en ese espacio de cruce, construye una obra que es difícil de encasillar pero fácil de reconocer: tiene textura patagónica, tiene silencio, tiene la marca de quien aprendió a ver mirando el río y el viento entre los álamos.

El origen de todo
La fotografía llegó un poco después que el cine. Primero en las fiestas familiares, con las indicaciones de su abuela sobre cómo usar una cámara compacta y coleccionando negativos por diversión. A los diez años, un tío que vivía en México llegó de visita con una Nikon digital de lente zoom y todo cambió. "Empecé a fotografiar a mis animales y a mi familia en una tarde de mates, y después de eso nada fue igual."
El mismo año que empezó a estudiar cine, su madre perdió el trabajo. Con la indemnización compraron una cámara usada en una casa de empeño en Buenos Aires — algunos píxeles quemados, pero funcional. Con esa cámara hizo Metamorfosis, retrató músicos y arte, hizo expediciones audiovisuales experimentales. El obturador murió este año cuando cambió de equipamiento. "Esa camarita", la llama, con el cariño que se le tiene a las herramientas que estuvieron cuando más se las necesitó.
El proceso: el misterio como método
El nacimiento de las ideas es, en sus propias palabras, un misterio hasta para ella misma. A veces surgen en caminatas. Otras en conversaciones, en diálogos ajenos escuchados de casualidad, en texturas, en patrones que se repiten. En el cine, el proceso tiene algo de revelación: "Es como si alguien me bajase una data que yo debo traducir. Luego es cuestión de sentarme a bajar la información, y esa pequeña pieza trae a las demás piezas que arman el rompecabezas."

La escritura es siempre la columna vertebral. Lo que le permite tercerizar lo que sucede adentro, verlo desde afuera, tomar distancia y dimensión. La fotografía, en cambio, tiene una quietud que a veces la incomoda — y que busca romper con los modos en que fotografía o con lo que elige retratar. Las ideas fotográficas vienen en series, en procesos largos que permiten tejer.
Como es adentro, es afuera
Una de sus obras más significativas nació de un hartazgo. Estaba cansada de la estructura que el cine académico le había impuesto sobre cómo realizar. Había empezado a estudiar fotografía y estaba entrando en un mundo de las artes visuales más libre y flexible. En medio de una activación, la consigna fue elegir un libro al azar, abrir una página, tomar un párrafo y desarmarlo por completo. Con esas palabras sueltas, armar un nuevo escrito. Con ese escrito, un autorretrato.
El libro fue El Elogio de la Sombra, de Tanizaki. "Un libro maravilloso para contemplar y fotografiar con la imaginación." El guion, si es que puede llamarse así, se construyó en la mesa de montaje: volcando años de archivo — eventos, texturas, viajes, personas — y armando, yuxtaponiendo, combinando de forma intuitiva. "Quería que la palabra integrara la imagen, que la palabra fuese la imagen en sí, habitando una superficie."
El desafío central era hablar de sí misma sin hablar de sí misma. Emplear la abstracción como otra forma de autorretrato. "Todo es un espejo y nada de lo que está a mi alrededor está por azar sino por correspondencia." La obra existe en dos versiones: una con voz en off y otra sin ella. La duda entre las dos también forma parte de la obra.


Producir desde acá
Hay una escena que Ariana cuenta y que define todo. La nominación de Polvo de Estrellas en el ENERC la llevó a Buenos Aires, a conocer las instalaciones: sala 5.1 para editar sonido, salas de montaje insonorizadas, arsenal de equipamiento. En los conversatorios se hablaba de pagar derechos por la música, de presupuestos de cinco millones de pesos para cortometrajes. Ellos habían rodado uno de diez minutos con cincuenta mil pesos.
"Recuerdo haber sentido una fisura partirse en el suelo."
Después de esa visita le agarró una urticaria que tardó más de un año en sanar. Pero volvió al valle, se fue al río, y en esa inmensidad entendió algo trascendental: "En la Patagonia, pese a la carencia de recursos económicos y de equipamiento, lo que más disponemos es de una calidad de equipo humano, unas locaciones y paisajes increíbles, una predisposición de la gente que no integra el cine pero que siempre dispone una mano para ayudar."
Eso es lo que el territorio le da que no tendría en otro lugar. La flexibilidad ante la escasez. La imaginación como herramienta de producción. La certeza de que ante la necesidad de contar, siempre aparece una solución ridículamente imposible que termina funcionando.

La mirada patagónica
Existe una mirada patagónica en el cine. Ariana no duda cuando lo dice. Tiene que ver con la vinculación con el territorio, con el clima que determina cómo se es como sociedad, cómo se habita el espacio. Observa un incremento experimental en la zona, una necesidad de narrar desde lo textural, lo abstracto, la forma y el ritmo.
"La mirada patagónica se aborda desde el silencio, la contemplación, esos planos largos y tendidos que permiten habitar lo vasto que puede ser un paisaje emocional, un estado de un personaje, un momento en la vida de quienes nos detenemos a observar con atención el curso del río o el viento entre los álamos."
La apreciación por el silencio y la quietud, dice, es una marca patente del cine patagónico.

Lo que falta y lo que viene
La región está consolidando su industria. Hay festivales, capacitaciones, planes de fomento, clínicas de guion. Lo que falta, dice Ariana sin dudar, es un sistema de exhibición local. Un circuito donde mostrar el trabajo más allá de los eventos especiales. Donde la gente pueda conocer el cine local — no solo el taquillero — y donde los artistas audiovisuales puedan verse entre sí para seguir construyendo.
Mientras ese circuito se consolida, ella sigue. Trabaja en la postproducción de un videoclip híbrido con videodanza. Lanzó servicios fotográficos de estudio. Da talleres para ayudar a la comunidad a ver y pensar las imágenes con consciencia y presencia. Está armando un laboratorio analógico propio. Diseña su primera muestra individual de fotografía expandida. Y tiene entre manos un proyecto para visionar y debatir cine en un espacio íntimo que, dice, la tiene bastante emocionada.
Su consejo para quien quiera empezar a producir cine en la Patagonia es preciso y generoso a la vez: hacer red, habitar espacios múltiples, no condicionarse por la técnica ni por las comparaciones con modos industriales de producción. "Siempre focalizar en lo que se quiere contar es fundamental para que los avances tecnológicos no abrumen el deseo esencial de hacer y filmar."
Y sobre todo, tener un equipo reducido que con convicción y amor pueda sostener la vela cuando uno solo no puede con todo lo que eso conlleva.
Podés mas de sus trabajos en
ari.fct o ariana__turone



