Jopito
Un cuento escrito por Leandro A. López
Jopito
Un cuento escrito por Leandro A. López

El viento, las vías, el polvo de las calles. Y una historia que sigue viajando de boca en boca.

Crecí con la figura de Atahualpa Yupanqui. Su forma de recorrer la Argentina —a caballo, con el tiempo como único mapa— me sigue acompañando décadas después.

Decía, o al menos así lo recuerdo:

Para conocer un pueblo hay que bajarse del caballo, caminar sus veredas, oír sus historias, llorar sus penas y reír sus alegrías.

Solo así habrás conocido al pueblo.

Y así vivo. Así observo. Así escribo.

Cruzando el pequeño pueblo de La Adela, en los márgenes del río Colorado, decidí entrar por la puerta grande a la Patagonia. No fue una decisión difícil.

El paisaje, el río, los campings, la calma de un pueblo demasiado pequeño para parecer casual. Incluso la hotelería insinuaba algo más. Como si el lugar esperara.

Me quedé dos noches. Alcanzó.

Los vagones convertidos en puestos de comida, la parrilla humeando desde temprano, la carne lenta, el pan casero. Fue ahí donde el dueño, sin demasiada introducción, dijo:

—Como todo pueblo, nos conocemos todos. Pero acá tenemos nuestra estrella.

—Fabio.

—Algunos te van a decir que es un mentiroso. Otros, que tiene alma de pescador aunque nunca haya tirado una línea. Yo te digo la verdad: Fabio cuenta historias. Pero no cualquiera. Y nunca las propias.

—Seas quien seas… algo va a tener para vos.

—Mirá. Ahí viene.

—Fabio —lo llamó—. Te presento a L. Vik. Escritor.

Fabio no dudó.

—Yo fui corresponsal del diario Río Negro en el ochenta y dos —dijo—. Guiaba a los periodistas de Buenos Aires.

—La Patagonia hay que saberla leer.

No pregunté nada. No hacía falta. Fabio ya había empezado a contar.

Fue un encuentro breve, pero suficiente para entender algo:

En algunos pueblos, la verdad no importa tanto como la necesidad de que exista una historia.

Entré a Choele Choel al día siguiente. Me senté a tomar unos mates. Entonces escuché un ladrido. Después, un chico corriendo. Y detrás, carcajadas.

La risa venía de un arbusto.

Un hombre, recostado en un carrito de madera con ruedas de rulemanes, se reía como un chico.

Me acerqué.

—Señor —le dije—, ¿qué está haciendo?

Silencio.

—Señor…

—Disculpe —dijo—. Le explico.

—Me llamo Ramón. A los once años tuve un accidente. Me amputaron las piernas.

—Yo los asusto. Ellos corren. Y cuando los veo correr… siento que corro con ellos.

Después de eso, no quise preguntar nada más.

Ahí entendí que en la Patagonia no hay relatos sueltos.

A veces uno elige un pueblo para perderse.

No para desaparecer, sino para dejar de mirar el mapa y empezar a ser parte de él.

Por eso, de toda la Patagonia, elegí Chichinales. Un nombre que no promete nada.

Un pueblo de calles de tierra, de un almacén que también es bar, de un viento que no empuja, sino que acomoda. Los perros duermen en medio de la calle porque saben que nada va a pasar. Llegué una tarde de noviembre. El sol estiraba las sombras. Me instalé en una pensión frente a la plaza. Cortinas de crochet, olor a membrillo, el tiempo desacelerado.

—¿Se queda? —preguntó la dueña

—Unos días.

Asintió. No preguntó más.

En Chichinales la gente no interroga. Observa.

Los primeros días fueron eso: leer, caminar, sentarme en la plaza a ver cómo el día se va sin resistencia. Las conversaciones eran simples. El clima. La cosecha. Algún perro enfermo. Nada que se sostenga demasiado.

Hasta que una noche, en el patio, alguien se sentó frente a mí sin pedir permiso.

—Jopito —dijo.

No había pregunta. Igual respondí.

—¿Quién?

—El colo Jopito.

Tenía los dedos manchados. Tierra o grasa. No supe. Me miró fijo, como midiendo si podía seguir. Siguió. En la niñez todo era broma con él. Era el que sostenía las risas. El que no se enojaba. El que parecía no entender del todo, pero se quedaba.

Hasta esa noche. El cumpleaños de Daniel. Trece años. Asalto en el garage. Música fuerte. Cuerpos descubriéndose. La noche bien puesta. Faltaba uno. Sonó el timbre.

Cuando Jopito cruzó la puerta, la luz se apagó. Entera. Sin aviso. El silencio duró un segundo.

Después alguien habló:

—Fue Jopito. Es mufa. 

No hubo risa. Después vinieron las cosas. El partido. Dos a cero arriba. Jopito llega, se apoya en el alambrado, levanta la mano. Penal. Descuento. Rebote. Empate. Última jugada. Pelota larga. El tres se resbala. Dos a tres.

—No lo traigan más.

La moto. Arrancaba siempre a la segunda patada. Jopito se sube. Nada. Otra. Nada. Cinco. Diez.

—Bajate.

Se baja. Arranca al primer intento.

Después de eso, todo empezó a encajar. Un perro muerto en la vereda después de que él pasa. Una tormenta que cae sobre una fiesta armada durante meses. Una tarde de calor, en una casa prestada, con la música baja y la pileta llena. Risas. Empujones. Nada fuera de lugar. Jopito llegó más tarde. El mechón naranja peinado hacia un costado, fijo. Se quedó un momento en el borde. Y se tiró. El agua volvió a quedar quieta. A los pocos minutos, el hijo del dueño empezó a toser. Después a doblarse. Después el vómito. El grito. El silencio. Hospital. Decían que era intoxicación. El agua estaba bien.

Pero alguien igual dijo:

—Desde que se metió él…

Una chica que se desmaya cuando él le habla. Un vidrio que estalla. Siempre cerca. Siempre él.

—Decían que era por el pelo —dijo el hombre—. El jopo. Las pecas. El color.

Me miró.

—Y cuando un pueblo repite algo…- No terminó la frase.-

Jopito empezó a achicarse. Se reía menos. Se peinaba más. Miraba alrededor. Un día dejó de aparecer. Nadie preguntó. En los pueblos, algunas ausencias se aceptan rápido.-

El hombre cebó mate. Me lo alcanzó.

—Ahora que la sabés…

Me sostuvo la mirada.

—Ya está.

Se fue. No lo volví a ver.

Esa noche no dormí. Pensé en Jopito.

En cómo alguien puede volverse el lugar donde cae todo lo que no se entiende.

Al día siguiente, la dueña me cobró de más.

—Su amigo no pagó —dijo.

No discutí.

El auto tardó en arrancar.

Después de eso, empezaron las cosas.

Un vaso que cae. Un llamado que no llega. Una puerta que se sostiene cerrada… y después cede. Pequeñas fallas. Siempre a destiempo. Siempre en contra.

A la tercera noche desperté. El aire acondicionado se había apagado solo. Había algo más en la habitación. No se movía. Pero estaba. Y sabía que yo estaba despierto. Ahora entiendo. No era una historia. Era un peso.

Por eso la escribo.

Ahora ya la conocés. Y con eso alcanza.

Escrito por:

Leando A. Lopez

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