Nos pasa a todos, a la mayoría: traemos de la infancia un puñado de canciones fijadas en la memoria. Las aprendemos de chicos, y aunque hayamos dejado de cantarlas, pueden regresar, intactas, como si el tiempo no hubiera pasado. Bastan pocas cosas para poner en marcha ese mecanismo que las revive. María Elena Walsh forma parte de ese entramado hecho de niñez, música, poesía. Este territorio- ese país de la infancia- que sí recordamos.
Pero quizás, lo extraordinario de Walsh no son sólo esas criaturas inolvidables -“Manuelita”, “el Mono Liso”, “la Reina Batata”, “la Vaca Estudiosa”, “la Mona Jacinta”, “el Brujito de Gulubú”-, sino, sobre todo, el haber cambiado para siempre la manera de hablarles a los chicos. En sus poemas, en sus canciones, sus cuentos y sus obras teatrales, María Elena Walsh nunca explicó el mundo como si les hablara a personas incapaces de entender. Al contrario, ella invitaba a desarmar ese mundo y a jugar en él, a desobedecerlo y cuestionarlo..

María Elena Walsh nació el 1 de febrero de 1930 en Villa Sarmiento, provincia de Buenos Aires, y murió el 10 de enero de 2011, a los 80 años. Hija de un ferroviario inglés y de una argentina de ascendencia española, creció en una casa donde convivían la música, los libros y una educación poco convencional para la época. Esa infancia, atravesada por la lectura y por una temprana relación con la poesía, sería decisiva en la escritora que vendría después. Publicó “Otoño imperdonable” en 1947, cuando tenía apenas 17 años. El libro recibió elogios de escritores como Juan Ramón Jiménez y la instaló muy temprano en el campo de la poesía argentina.
En 1951 viajó a París y allí formó con Leda Valladares el dúo Leda y María. Durante varios años recorrieron Europa interpretando canciones tradicionales y folclóricas. Cuando regresó al país comenzó a escribir las canciones, poemas y piezas teatrales que cambiarían para siempre la literatura infantil del país. Para siempre: “Tutú Marambá”, publicado en 1960, fue uno de los primeros libros de esa etapa y después llegarían “El reino del revés”, “Dailan Kifki”, “Cuentopos de Gulubú”, “Canciones para mirar” y “Doña Disparate y Bambuco”, entre muchas otras obras.
Pero definir a Walsh solamente como escritora infantil sería reducirla. También fue una autora profundamente política. Durante la última dictadura militar algunas de sus canciones y textos fueron prohibidos, y en 1979 publicó en el diario Clarín el célebre texto “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, una crítica contundente a la censura y al clima político de la dictadura. Cómo olvidar esa canción que se oye casi en susurros en la película ganadora del Oscar, “La historia oficial”: “En el país del no me acuerdo/doy tres pasitos y me pierdo…” Una canción infantil que habla de un país.

Fue figura fundamental de la literatura argentina, pero nunca se detuvo mucho en las categorías. En Walsh, la poesía podía convertirse en canción, la canción en teatro y el teatro podía abrir otro espacio para la imaginación. Todos universos a los que se puede volver, siempre.
En Fundación Cultural Patagonia, esa vuelta adquirió la forma de “El taller de canciones”, un espectáculo para toda la familia, con la idea y la dramaturgia de Tato Cayón, y con Malén Marileo Hernández, Marcela Caldironi y Caribe FCP. La música de Walsh aparece allí atravesada por un nuevo ritmo, mientras los textos de Cayón construyen una dramaturgia propia alrededor de esas canciones.
“Desde hacía un tiempo venía rondando en mí la idea de poder crear algo con las canciones de María Elena Walsh. Luego de leer ‘Doña Disparate y Bambuco’, una de sus piezas teatrales en la que también se incluye su repertorio, y de ver que, debido a la cantidad de personajes, iba a ser un poco complejo poder abordarla, pensé en una dramaturgia propia que pudiera unirla a su universo. De allí es que surge ‘El taller de canciones’”, cuenta Cayón.
En Walsh, la poesía podía convertirse en canción, la canción en teatro y el teatro podía abrir otro espacio para la imaginación. Todos universos a los que se puede volver, siempre.
“La primera imagen fue la de un taller o una fábrica en la que unos personajes trabajaban para crear canciones. A partir de ahí, y luego de haber hecho una preselección de repertorio, empecé a escribir qué era lo que pasaba en ese entorno: letras inconclusas que, a través de una máquina cantora que empieza a funcionar, hacen aparecer al Mono Liso; notas musicales que se pueden resfriar y, por eso, los personajes deciden llamar al Brujito de Gulubú; palabras que, en el descanso laboral, se ponen a merendar y toman el té, etc. Durante este proceso de escritura, lo más dificultoso fue hacerlo en verso. Esta idea la tuve desde el comienzo, ya que me parecía una buena manera de que el hilo conductor no sea solamente la historia, sino que la palabra fuera familiar a la poesía de Walsh.”, cuenta Cayón, entusiasmado con el resultado del espectáculo que se presentó el 9 de agosto, sobre el escenario del Espacio Cultural FCP.


Ahí aparece una de las claves de la obra de Walsh: la palabra como materia de juego. No solamente lo que una canción dice, sino cómo lo dice: el sonido de una palabra, la rima, algunas asociaciones disparatadas, una frase que parece llevarnos hacia un lugar y de pronto gira hacia otro. Walsh le dio a la infancia un lenguaje a su medida, con el humor como una herramienta esencial de la inteligencia. Por eso una canción como “El reino del revés” puede ser divertida y, al mismo tiempo, profundamente inquietante. Allí donde aparentemente todo está patas para arriba, Walsh también está preguntando qué entendemos por normalidad. La vaca estudia, un ladrón es vigilante, dos y dos son tres. El mundo se vuelve extraño y, justamente por eso, puede ser pensado de nuevo. En el universo de Walsh, además, las palabras nunca fueron obedientes: podían inventar, mezclar, deformar.
Walsh le dio a la infancia un lenguaje a su medida, con el humor como una herramienta esencial de la inteligencia. Por eso una canción como “El reino del revés” puede ser divertida y, al mismo tiempo, profundamente inquietante
La vigencia de Walsh está relacionada con esa libertad, con la posibilidad de crear y dar nuevos sentidos. Cayón lo dice así: “Los grandes autores siempre funcionan, y no importa cuántos años pasen. Walsh ha sabido plasmar en sus letras una manera preciosa de hablar de lo que en algún momento de nuestra historia no se podía hablar. Pero también creo que su vigencia tiene que ver con la libertad con la que construyó su universo. Walsh no les habla a las infancias desde un lugar de superioridad ni intenta explicarles el mundo, sino que les propone jugar con él, cuestionarlo, imaginarlo de otra manera. Y allí aparecen el absurdo, el humor, las palabras inventadas y situaciones que rompen con aquello que esperamos que suceda. Creo que esa es una de las razones por las que sus canciones siguen funcionando: porque no subestiman a quien las escucha. Detrás de algo que puede parecer un simple juego o una canción infantil hay siempre otra lectura posible. Y eso permite que cada generación pueda encontrarse con Walsh desde un lugar diferente.”
La idea de que cada generación pueda encontrarse con Walsh desde un lugar diferente podría funcionar casi como una definición de lo que sucede con “El taller de canciones”. Porque el espectáculo no pretende que los chicos reciban exactamente la misma Walsh que recibieron sus padres, sino que les abre la puerta a otro ritmo. Si las canciones de Walsh nacieron de una extraordinaria mezcla de tradiciones - la poesía popular, las nursery rhymes inglesas que había conocido desde niña, el folclore argentino y latinoamericano, la literatura y una relación profundamente musical con las palabras- y consiguieron ser a la vez ser sencillas y sofisticadas, inmediatas y llenas de capas, el espectáculo de FCP las lleva aún más lejos.

Cayón decidió acercarlas al ritmo tropical. “Siempre es grato reencontrarse con sus canciones. Entender lo que subyace en sus letras es maravilloso. Esto de “decir, pero sin decir explícitamente” me parece un acto de belleza y de inteligencia inmenso por parte de cualquier autor y, en el caso de Walsh, que esas letras hayan sido escritas para el público infantil, es superlativo. La idea de llevarlas al ritmo tropical fue una decisión que estuvo marcada por una cuestión de gusto personal y por indagar y no encontrar muchas versiones en ese género. Es por esto que se decidió que quien nos acompañe musicalmente sea el grupo Caribe FCP, que, con mucha dedicación, creó las versiones.”
Se podría pensar que hay una dificultad particular cuando se trabaja con una autora tan instalada en la memoria adulta. Para quienes crecieron con Walsh, escuchar sus canciones puede ser una experiencia inmediata de reconocimiento. “Creo que el significado está a la vista: cuando esas canciones que cantaba en mi niñez aún hoy las infancias las siguen cantando. Por eso es que Walsh nunca será nostalgia, pues atraviesa generaciones y sigue vigente. Lo interesante, en todo caso, es encontrar el modo de refrescarlas mediante versiones en determinado género o unidas a través de un texto para contar nuevas historias”, dice Cayón.
La operación tiene algo de artesanal: tomar piezas conocidas, ver qué pueden hacer juntas y construir con ellas otra cosa. Quizás por eso “El taller de canciones” funciona también con ese título: es el lugar donde se prueban materiales, donde las palabras se combinan y donde trabaja la imaginación. Es el lugar donde se descubre todo lo que esas canciones -que están en nuestra memoria, en nuestra infancia, y desde allí hasta el infinito- nos vienen diciendo y todo lo que todavía pueden decirnos.




