Rebeldes y confundidos, un estado de ánimo
Una reseña de Rocco Avena
Rebeldes y confundidos, un estado de ánimo
Una reseña de Rocco Avena

Los jóvenes de la película de Richard Linklater están ansiosos, perdidos, agitados. Se comportan como niños, creen que ya son adultos.

El título es preciso. Es el último día de clases en la Secundaria Lee y la vida de los estudiantes está a punto de cambiar. Atónitos y desorientados, como todos los protagonistas de un coming of age, ninguno de los personajes sabe qué será de su vida en los próximos meses pero todos comparten una convicción: harán lo posible por disfrutar el tiempo que le queda a una etapa que se cierra, inquietos por otra que se abre.

“Rebeldes y confundidos” (Dazed and Confused, disponible en Mubi), también está desorientada, no porque no sepa qué quiere narrar, sino porque no tiene un conflicto central ni un único protagonista. Richard Linklater, su director, sigue a los adolescentes, deja que sus personajes se pierdan y cuenten su historia. La trama apenas importa; es una excusa para que todos los adolescentes expongan sus temas centrales: la identidad, la transición hacia la adultez.

Eso no quiere decir que no sea una película interesante. Todo lo contrario: es divertida, primaveral, traviesa. Las escenas se extienden varios minutos en los que los personajes transitan por una ciudad en la que apenas hay adultos. Está detenida en el tiempo, en aquellas horas que inauguran el primer día de su nueva vida.

“Era el último día de escuela de 1976, un tiempo que nunca olvidarían, si tan solo pudieran recordarlo”, reza el tagline de la película. Es una frase que resume un estado de ánimo que atraviesa a los personajes. Su desorientación también es generacional. Nada lo sintetiza mejor que un diálogo que teoriza sobre las décadas, que se queja de la época en la que viven, que admira el pasado, reniega del presente y teme por el futuro: los 50 fueron aburridos; los 60, geniales; los 70, en la que viven, horribles; los 80, serán radicales.

Las historias son muchas y se entrelazan. La estrella de un equipo juvenil de fútbol americano que se niega a firmar el contrato que su entrenador quiere imponerle para que no beba ni fume; un pequeño jugador de beisbol que debe escapar de los rituales de los egresados; los egresados, que esperaron toda la secundaria para gastar bromas a los demás estudiantes; y un sinfín de personajes que se pasea por una ciudad sin dueño.

Si bien todos están perdidos, Linklater simpatiza con los personajes que admiten estar confundidos, que no pueden dar respuestas con certeza: son ellos los que en su indecisión actúan con nobleza, mientras que los que creen estar convencidos sobre lo que quieren para su vida no cesan de castigar a los demás, de aleccionarlos.

Siente simpatía por el quarterback, porque es el más auténtico, porque después de recibir indicaciones de todos los demás personajes que le quieren indicar el camino correcto, elige ser fiel a sus ideas; por Mitch, el jugador de beisbol, que parece predestinado a seguir el camino del jugador de fútbol americano, que se convierte en su mentor; por la hermana de Mitch, que propone un camino alternativo a los rituales de egresados.

Richard Linklater, un dialoguista infravalorado, siempre fue un director que se sintió más cómodo contando historias personales, atravesadas por personajes que vivieron lo mismo que él, que transitan una etapa que él ya transitó. Antes de la trilogía Before (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes de la medianoche), en la que fue creciendo con sus personajes y sus preocupaciones fueron evolucionando junto a las suyas, el realizador hizo una película sobre su adolescencia, sobre el paso a la adultez.

Jesse y Celine, los protagonistas de la trilogía, podrían haber sido cualquiera de estos jóvenes confundidos. Sus inquietudes sobre el porvenir siguen ahí, cinco años después de haber terminado la secundaria. Las dudas que los personajes presentan en “Rebeldes y confundidos” no se resuelven tan rápido. En “Antes del Amanecer”, no saben qué quieren; aunque hay más certezas, porque saben qué no quieren.

La película inicia con Sweet Emotion, de Aerosmith, una canción que condensa la sensación de los personajes al finalizar la escuela. El resto de la música también es reveladora; el soundtrack se compone de clásicos de los setenta que tan bien retrataron su época. Bob Dylan, Deep Purple, Kiss, Lynyrd Skynyrd: todos le dan más energía a escenas a las que le sobra vitalidad.

Los acompañan en vertiginosos o calmos trayectos en auto, al mejor estilo de “American Graffiti”, de George Lucas. Persecuciones en auto para castigar a los alumnos que desean escapar de las nalgadas iniciáticas de los egresados y también para destrozar buzones de vecinos adormecidos; lentos paseos para perderse en conversaciones inconducentes.

En la película no hay antagonistas pero sí advertencias. Ben Affleck y Matthew McCounaghey, desconocidos antes de la fama que les otorgó esta película, encarnan dos personajes que nunca pudieron crecer, que son más grandes que los demás pero que no pudieron superar su etapa juvenil. Están estancados, congelados en el tiempo. Son un llamado de atención entre tanta travesura, el peligro de todo coming of age: no saber dar el salto hacia la adultez.

El final no es preciso. Tampoco podía serlo: termina en un momento de la vida en la que culminó una etapa pero todavía no inició la siguiente. Las historias no cierran, están abiertas a todas las posibilidades. Es la ruta, el porvenir, un auto que avanza hacia delante sin mirar atrás. Es, como diceSlow Ride, la canción que lo acompaña, un llamado a tomarlo con calma. Es abrazar la incertidumbre.

Escrito por:

Rocco Avena

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