La piedra y los verdugos invisibles
Escrito por Verónica Bonacchi
La piedra y los verdugos invisibles
Escrito por Verónica Bonacchi

En 1948, Shirley Jackson publicó “La lotería”, un cuento sobre un pueblo que convierte el asesinato de uno de sus habitantes en un ritual colectivo. En Tennessee, una piedra anuncia el final de la fallida ejecución de Christa Pike. De la ficción, a la realidad, una pregunta sobre la violencia y las formas que adopta para volverse aséptica.

El 28 de junio de 1948, cuando apareció en The New Yorker el cuento “La lotería”, de Shirley Jackson, los lectores quedaron horrorizados. Muchos exigieron explicaciones y amenazaron a la revista con cancelar su suscripción. Otros le escribieron cartas a la autora para declararle su odio. Por ejemplo, así: “Usted es una perturbada y su cuento, una desgracia para este país”. 

Lo que narra el cuento de Jackson es la costumbre de un pueblo que, una vez al año, se reúne en una plaza -todos, hombres, mujeres, jóvenes, viejos, niños- para un rito siniestro: el que salga elegido en la lotería -un sorteo del que participan todos los nombres de los habitantes- morirá apedreado por el resto. La historia tiene una densidad monstruosa. Los vecinos que se encuentran esa luminosa mañana de verano son un muestrario de amabilidad, pero por un rato y ese día en particular, se convierten en asesinos. “El cuento sugiere que los americanos comunes no tienen una mentalidad tan diferente a la de los linchadores nazis”, escribió Joyce Carol Oates en el prólogo del libro que reúne toda la obra de Shirley Jackson, hoy convertida en un clásico que se lee en las escuelas.

La lotería. Ilustración de Marta Gómez-Pintado

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La escena parece inmaculada. De un lado hay sillas negras, dispuestas frente a una ventana con una cortina, negra también, como un telón pesado. Del otro, un espacio blanco con una camilla: el remedo de un quirófano impecable, aunque dentro de la prisión de máxima seguridad Riverbend, en Nashville, Tennessee, y aunque la camilla tenga cinturones y presillas.

Es el lugar al que ingresa Christa Pike, de 50 años, condenada a muerte en 1996, cuando tenía 18, por torturar y asesinar a una adolescente. Fue la mujer más joven en recibir esa sentencia en la era moderna en Estados Unidos, y habría sido la primera mujer ejecutada en Tennessee en casi dos siglos. Pero fue, tras un proceso fallido que comenzó en la mañana del 30 de septiembre de 2026 y terminó casi doce horas después, la primera que ha sobrevivido a dos inyecciones de pentobarbital, el poderoso barbitúrico que se utiliza como método de ejecución primario en 26 de los 27 estados norteamericanos que siguen aplicando la pena de muerte.

Desde sus asientos, los testigos sólo pueden ver a la condenada una vez que ya está en la camilla y tiene los catéteres colocados. No hay ningún responsable a la vista. No hay médicos ni enfermeros que apliquen las vías por las que se administra la sustancia letal. En el caso de Pike, hubo una demora de 45 minutos porque sus venas eran demasiado finas: el personal penitenciario que se ocupa del asunto utilizó diez agujas en el intento. Cuando se corrieron las cortinas por primera vez, a las 19:27, el único que estaba junto a ella era su consejero espiritual. 

No se sabe con precisión la composición del pentobarbital que le inyectaron. No hay laboratorios responsables del preparado. En 2010, las grandes farmacéuticas prohibieron que sus productos se utilizaran en estos casos por razones éticas y de reputación comercial. Pero, para mantener en marcha la maquinaria de las ejecuciones, muchos estados norteamericanos aprobaron leyes que protegen y ocultan la identidad de los proveedores, de los fabricantes de la sustancia y del personal que participa en la ejecución. 

Los fármacos se introducen desde otra habitación, a través de las vías intravenosas que fluyen por un conducto en la pared hasta el brazo de la condenada. No se puede ver cómo preparan se preparan los fármacos ni cómo los inyectan. Lo único que se puede saber es cuándo se ha hecho. “Entre esa habitación y la cámara de ejecución, hay una pared con una pequeña trampilla y una plataforma en la base. La trampilla se abre y una mano enguantada coloca una piedra sobre la plataforma”, contó la periodista Catherine Sweeney, testigo de la ejecución para una radio local. Eso, una piedra del tamaño de una pelota de golf, es el aviso de que ya se administró todo el líquido y de que comienza una cuenta regresiva de cinco minutos tras la cual alguien debe comprobar el pulso y certificar la muerte. 

Tennessee es el único de los estados que aplican la pena de muerte que utiliza esa señal rudimentaria: una piedra. Del salvajismo de un pueblo ficticio al procedimiento de un Estado que volvió invisibles a sus verdugos.

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Verónica Bonacchi

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