El día que empezaba el verano: cuando el duelo encuentra una imagen
CUAD publica, en exclusiva, los dos primeros capítulos de esta obra.
El día que empezaba el verano: cuando el duelo encuentra una imagen
CUAD publica, en exclusiva, los dos primeros capítulos de esta obra.

¿Qué puede revelar una fotografía cuando quienes aparecen en ella ya no están para contar la historia? Esa pregunta recorre "El día que empezaba el verano", el libro de la escritora roquense María José Melendo.

A partir de un puñado de imágenes rescatadas durante la pandemia, la autora emprende una búsqueda que avanza entre recuerdos, objetos cotidianos y preguntas sin respuesta para intentar reconstruir la figura de sus padres, fallecidos cuando ella era muy pequeña. Con una prosa íntima y reflexiva, Melendo explora el poder de las fotografías para preservar una presencia, pero también para recordarnos todo aquello que nunca podrá recuperarse del todo. CUAD publica, en exclusiva, los dos primeros capítulos de esta obra, publicada por Enero editorial.


El día que empezaba el verano


El pasado solo puede ser retenido como imagen
que fulgura.

Walter Benjamin

Balance vital

Di vuelta mi estudio para dar con un libro que necesitaba; no lo encontré, pero sí unas fotos de mi infancia que había mandado a escanear durante el Covid para compartirlas con mis hermanos y evitar que se perdieran porque de esas no había negativos. Las saqué del folio que las protegía y me detuve en ellas, olvidé lo que estaba buscando. Recordé un podcast en el que la escritora Dolores Reyes habló sobre los diarios de pandemia y cómo ese momento nos convocó a una especie de balance vital; había dicho que, al estar detenidos, «nos miramos vivir». Allí de pie, supe que también me miré vivir en aquel tiempo inusitado, aunque pasarían dos años; recién cuando mi hija mayor estuviese por terminar la secundaria, se presentaría en mí, urgente, impostergable, la necesidad de escribir mis duelos.

Genealogía

Nietzsche, un filósofo que me deslumbró en mis tiempos de estudiante universitaria, al usar la palabra genealogía quería ir más allá de la literalidad. Buscaba acentuar esa intención de ir al pasado y escarbar para dar con lo que está debajo, y que aún late.

Las fotos han sido siempre importantes para mí. Mirarlas me permite acercarme y conocer un poco más aquello que perdí. Nací en 1977. Crecí en una época en la que eran algo concreto, palpable. Tenían un lugar: portarretratos en espacios importantes, en álbumes familiares, en cajas que las protegían de la humedad ydel polvo. Estaban disponibles.

Esos cuadrados o rectángulos en papel son testigos y evidencia de momentos extraordinarios. Cuesta volver sobre aquellos tiempos analógicos porque hoy solemos disponer de teléfonos celulares con cámara y las capturas son ilimitadas. Antes se tenía conciencia de que doce, veinticuatro, treinta y seis eran las oportunidades que contenía un rollo; no podían editarse como ocurre con las digitales en las que pueden borrarse personas, recortar el plano, controlar la saturación y el contraste, usar filtros. Por eso, entre las posesiones familiares de los cofres retro, suele haber alguna fuera de foco, ojos cerrados o rojos por el flash, retratados con el calzado fuera de la toma o encuadres quemados por la luz. Lo representado solía ser el testimonio de una ocasión importante: cumpleaños, casamientos, bautismos, vacaciones, viajes y primeras veces, como cuando se aprendía a caminar o andar en bicicleta sin rueditas, o el día que empezaban las clases. Son fáciles de distinguir aquellas que en los actos escolares tomaba el «señor de las fotos», quien les preguntaba a los padres si querían un registro de su hijo y, días más tarde, volvía a la escuela a entregar los sobres.

También es frecuente encontrar en esas cajas eventos naturales, como algún atardecer en el mar, o aquí en el valle de la Norpatagonia argentina donde la nieve suele ser algo excepcional: una gran nevada que hubo en 1984 que aparece en muchos álbumes de mi generación. En el mío, estamos armando con mis hermanos un muñeco de nieve con nariz de zanahoria.

El otro día encontré una que no deja dudas de lo que una foto analógica es: la impresión de un momento y del ojo que mira a través de la cámara. Un rectángulo con las puntas redondeadas en la que, en el extremo derecho, estoy delante de una pared gris posando con un traje naranja de danza española. Imagino que debía ser el día de la presentación de baile. Debo tener cuatro o cinco años. En el extremo izquierdo, asoma un pedazo de cartón

en el mismo plano. El centro de la imagen está vacío. No sé quién la sacó. Hoy sería recortada y editada. Pero aquella, solo puede ser repetida si se tiene a mano el negativo. Documenta un momento de mi infancia. Me da pistas. Me hace recordar que no me gustaba ir a baile y que, a veces, lograba convencer a Aroni, la chica que me cuidaba, para que me dejara faltar y, en lugar de ir a clase, íbamos a una pizzería y me compraba una porción de pizza mientras ella charlaba con un amigo.

El transcurrir de una vida podría contarse a través de una hilera de fotografías. Hay una conexión indiscutible entre ellas y la muerte, porque hablan de algo que ya no es, de un presente que es pasado.

Me costó años reconocer que no había sido el azar o cursar la materia Filosofía de la Historia lo que me llevó a estudiar en la tesis temas vinculados con las memorias artísticas de pasados traumáticos. Cuando empecé la investigación, me conmovía y me reconocía en  el apego con el que hijos e hijas de los desaparecidos de la dictadura argentina se relacionaban con las pocas fotografías que tenían de sus padres.

Desde que tengo nueve años, también busco en ellas algo del aura suspendida con la que retenerlos. Al mismo tiempo, sé que ocurre lo que advirtió Roland Barthes: «La fotografía

repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente».

Al nacer mi primera hija, comencé a registrar el paso del tiempo. Tal vez por eso me gustó lo que escribió Inés Ulanovsky refiriéndose a su madre, fotógrafa de profesión: «Ella fotografió mis primeros años de infancia con precisión técnica, responsabilidad documental y esa pulsión de registro que solo tienen las madres». Es como si, en el acopio de esos sucesos vitales, el transcurrir incontenible de una vida pudiera ser burlado.

Una vez al año selecciono imágenes y las imprimo. Mis hijos miran con fascinación esa hilera que es una biografía. Yo también la miro con las emociones repartidas entre el magnetismo que despiertan y el saberlas ruinas: apariciones de lo que ya no es.

Devenir

La fotografía es quizás el 
más misterioso de todos
los objetos.

Susan Sontag

Estamos cerca de la orilla del lago Caviahue, también llamado lago Agrio, en el norte de la provincia de Neuquén.

Mis padres, mis tres hermanos y yo posamos delante de un bosque de araucarias milenarias. Paula, la mayor, tenía diez; yo, siete; mi hermano Francisco, y Santi apenas dos. «Qué pequeño era», pienso mientras lo veo aferrado al chupete y a mi mamá que lo tenía a upa.

Mi hijo Fidel tiene siete, la misma edad que yo ahí. 

Hay una señora mayor que tomo cariñosamente del brazo; no sé quién es. Estamos vestidos con ropa abrigada. A menudo hablamos con mis hermanos de lo grandes que parecían nuestros padres y de que hoy los cuatro los superamos en edad. Aquel día

tenían treinta y cinco y treinta y siete años.

Por la forma del papel, se hizo con una cámara Kodak de las que llevaban un rollo rectangular chato con bobinas en los dos extremos. La tomó durante la Semana Santa de 1985, María, la niñera que vivía con nosotros.

Escrito por:

María José Melendo

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