Treinta y dos chicos aparecen una mañana en las calles de San Cristóbal, una ciudad tropical imaginaria creada por Andrés Barba. Nadie sabe de dónde vienen todos esos niños. Nadie entiende la lengua que hablan. Pero tan rápido como aparecen, ponen en crisis una de las certezas del pueblo: que la infancia es el territorio de la inocencia. Ese es el territorio inquietante que explora “República luminosa”, la novela del escritor español que hace años vive en la Argentina.
Mucho antes, William Golding había llegado a una conclusión parecida en “El señor de las moscas”: la infancia no es sinónimo de pureza. Publicada originalmente en 1954, la obra narra la historia de un grupo de niños que, tras un accidente aéreo, queda atrapado en una isla desierta. La historia, que en su momento sirvió de inspiración para la exitosa serie de los 2000 “Lost” y que en breve llegará en formato de serie, aborda de un modo perturbador la frontera entre civilización y barbarie, el pasaje de la comunidad como forma de contención a amenaza, y la transformación de los instintos más básicos que se desatan en una situación extrema.


No cuentan la misma historia, pero comparten una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando los niños dejan de responder a la imagen de inocencia que los adultos proyectan sobre ellos?
En poco tiempo más, “El señor de las moscas” desembarcará en Netflix de la mano de Jack Thorne, el creador, guionista y productor ejecutivo de la serie que más movilizó a la audiencia el año pasado, “Adolescencia”. Después de explorar la pubertad como un territorio donde también anidan la violencia, el miedo y la crueldad, Thorne vuelve ahora sobre el gran clásico que, hace más de setenta años, puso en crisis la idea de que los niños son naturalmente buenos y que es el mundo el que los corrompe.
Publicada en 2017, la puerta de entrada a “República luminosa” es un mal presagio. El narrador lo avisa, pero nosotros, los lectores preferimos no creer en los malos augurios y nos preparamos para escuchar una versión objetiva de la historia: la tragedia de los treinta y dos niños de San Cristóbal, que irrumpieron sin ninguna causa aparente en ese pueblo tropical y trastocaron para siempre la idea de la infancia y de la inocencia.
La novela transcurre en un pueblo inventado y narra hechos ficticios. Pero Barba elige contarlos como si fuera una investigación periodística, apoyándose en documentos, testimonios y reconstrucciones de los hechos. Esa decisión narrativa produce un efecto extraordinario: al poco tiempo deja de importar que sea ficción. Lo que inquieta no es la veracidad de los acontecimientos, sino las preguntas que despiertan.
Ni Golding ni Barba escriben para decir que los niños son malos. Escriben para mostrar que la inocencia, tal como solemos imaginarla, es una construcción, una historia que los adultos nos contamos para convencernos de que existe un territorio completamente puro.
Los niños tienen entre nueve y trece años. No hablan una lengua que los habitantes puedan comprender, no parecen pertenecer a ninguna familia, no piden ayuda ni buscan integrarse. Simplemente ocupan las calles, y esa sola presencia comienza a alterar el orden de una comunidad que se creía civilizada. Lo verdaderamente perturbador es que Barba nunca convierte a esos chicos en monstruos. Lo que hace es mucho más incómodo: obliga a observar cómo reaccionan los adultos.
En “El señor de las moscas” el mecanismo es diferente. Allí, un grupo de escolares ingleses queda aislado en una isla desierta tras un accidente aéreo. Al principio intentan reproducir el mundo que conocen: organizan asambleas, eligen un líder, establecen reglas. Pero poco a poco ese orden se desmorona y aparecen la violencia, el miedo, la superstición y el deseo de dominar a los otros.
Lo extraordinario de la novela es que Golding no presenta ese derrumbe como un accidente ni como la consecuencia de que entre los chicos haya uno especialmente perverso. La violencia nace del propio grupo. La isla funciona como un laboratorio donde desaparecen las instituciones que sostienen la vida en común: la autoridad, la ley, el lenguaje compartido, el pacto de convivencia. A medida que esas capas se desprenden, los personajes dejan de discutir cómo sobrevivir y empiezan a disputarse el poder. En ese proceso aparecen dos figuras inolvidables. Ralph representa el intento, cada vez más frágil, de sostener la razón y el orden; Jack, en cambio, descubre el poder de la fuerza, del miedo y del liderazgo basado en la violencia. Entre ambos se juega mucho más que el destino de un grupo de chicos perdidos. Incluso la "bestia" que obsesiona a los niños termina siendo menos un monstruo real que el nombre que encuentran para aquello que no consiguen reconocer dentro de sí mismos.
Durante mucho tiempo la novela fue leída como una fábula sobre la maldad humana. Pero Golding no escribe simplemente sobre niños que se vuelven salvajes sino sobre la fragilidad de la civilización. Al elegir protagonistas infantiles elimina la explicación más tranquilizadora.

Golding escribió la novela pocos años después de haber combatido en la Segunda Guerra Mundial. Haber presenciado la violencia organizada de la civilización moderna lo llevó a desconfiar de la idea de que el mal es una excepción o un accidente histórico. En la isla, esa intuición adquiere la forma de una parábola estremecedora protagonizada por niños.
Y es en ese punto donde la intuición de Golding y la de Barba terminan encontrándose. Los niños funcionan como una fuerza que deja al descubierto aquello que los adultos preferimos no mirar sobre nosotros mismos. Barba incluso lleva esa idea un paso más allá. Ha contado que una de las influencias decisivas para escribir “República luminosa” fue “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad, sobre todo por la espinosa pregunta que atraviesa toda la obra de Conrad: qué significa, realmente, ser civilizado. Conrad mostraba cómo un hombre aparentemente ejemplar podía convertirse en el más brutal cuando desaparecían los límites de la sociedad. Eso ocurre en “República luminosa” cuando aparece el miedo colectivo, la indignación, la necesidad de encontrar culpables, la convicción de que cualquier medida será aceptable si promete devolver la tranquilidad perdida. Y en ese momento, no son los niños los que dan miedo, sino los adultos. "Siempre que tengo la tentación de pensar que soy mejor que nadie me basta recordar que fui capaz de torturar durante dos días a un niño de doce años para que delatara a sus compañeros", dice el narrador, un adulto llevado a su límite por sus propios miedos. La frase funciona como el verdadero corazón de la novela, y de las tinieblas: el monstruo nunca estuvo donde todos creían.
Los dos libros terminan siendo un espejo insoportable de lo que muchas veces somos , de lo que demasiadas veces somos. Sobre todo en “República luminosa”, queda muy claro que cada vez que sentimos amenazada una idea de normalidad, nuestras convicciones sobre la convivencia, la empatía o la justicia revelan una fragilidad inesperada (y esto puede aplicarse a casi todo: inmigración, pandemia, violencia urbana, minorías, etc.)
Pero si ambas novelas conservan intacta su potencia es porque ninguna ofrece una lección moral. Ni Golding ni Barba escriben para decir que los niños son malos. Escriben para mostrar que la inocencia, tal como solemos imaginarla, es una construcción, una historia que los adultos nos contamos para convencernos de que existe un territorio completamente puro. Esa es la piedra en el estómago que dejan ambas novelas: cuando lo inquietante es la infancia, el espejo deja de deformar a los niños y empieza a deformarnos a nosotros.




