Ahora que decimos low cost, que podemos viajar en avión porque a veces es mucho más barato que el autobús, que parece extraño ese adentrarse en la noche que parece suspendida y en las mil paradas de la ruta, en el sándwich apurado en alguna estación, todas desangeladas, casi muertas, fuera del tiempo, se agradece que Martin Kohan haya reparado en ellas.
En “La separación”, el nuevo libro de Martín Kohan, publicado por Anagrama, el autor convierte esos espacios, todas esas paradas -Talar, Solís, San Antonio de Areco, Pergamino, por mencionar algunas de las 17 que cruza antes de llegar a destino- en escenarios en suspensión, pequeñas cápsulas de tiempo donde lo que se detiene no es solo el viaje, sino también la certidumbre.

La novela comienza justamente en uno de esos umbrales: una despedida en la terminal de Retiro, ciudad de Buenos Aires. El gesto ambiguo de N., la mano que se alza sin que Fernando, ya en el colectivo, pueda decidir completamente si quiere decir pará, no te vayas, o chau. Y esa situación que ocurre en las terminales de colectivos: entre el saludo y el arranque del colectivo, que detiene un momento que no deja de ser incómodo: “Ya nos hemos despedido, y sin embargo todavía no nos vamos; ya nos hemos despedido y separado, y sin embargo está ese tiempo que se estanca y dura, y que pertenece a la despedida también”.
el libro, con sus paradas y sus movimientos, sus cambios de enfoque, sus reflexiones literarias e históricas, es un libro sobre el desamor, sobre esa energía oscura que se genera alrededor de ese viaje -externo e interno- que implica una separación
Desde ese instante inicial, Kohan instala lo que será el núcleo de toda la narración: la imposibilidad de leer del todo los signos del otro, de entender si aún hay amor o si ya no lo hay, si lo que siente N. es apuro para volver al departamento y pasar unos días sola mientras él viaja, o si le quiere decir, mejor volvé; si es el fin. Porque el libro, con sus paradas y sus movimientos, sus cambios de enfoque, sus reflexiones literarias e históricas, es un libro sobre el desamor, sobre esa energía oscura que se genera alrededor de ese viaje -externo e interno- que implica una separación. Lo dice así: “El verdadero amor imposible no es el que jamás podría ser en el futuro, sino el amor que ya fue y se agotó en el pasado. El amor imposible es el desamor”.
El protagonista, Fernando, sube a un micro que lo llevará desde Buenos Aires hacia La Paz, un pueblo en las sierras de Córdoba, donde su hermano acaba de separarse. El viaje, además de geográfico, es un desplazamiento interior, un tránsito hacia una conciencia incómoda que a él le cuesta terminar de captar. Ella, N., le manda un mensaje, le dice que es bueno tomarse un tiempo para pensar y él se pregunta: pensar? en qué?
Como tantas veces en Kohan (autor también de las geniales “Dos veces junio”, “Confesión”, “Ciencias morales” y “Me acuerdo”, entre otras), el conflicto no se presenta como un estallido abrupto, sino como una revelación lenta, que se va macerando. En cada frenada en una estación, en cada pueblo y en cada día de la semana, durante su estancia en La Paz, se cuela una forma de la duda. La novela, más que narrar hechos, se detiene en esos intervalos donde lo que parecía firme empieza a resquebrajarse.

Kohan trabaja con una materia mínima: un viaje, una semana en un pueblo, y un regreso. Nada más. Sin embargo, en esa austeridad despliega una intensidad magistral. La novela puede leerse, entonces, como un tríptico en distintos tonos. En la primera es Fernando el que cuenta, y N. es solo eso, una inicial, tan anónima como lejana. En la segunda, que se llama Diario de La Paz, el relato adopta la segunda persona, y N. se vuelve Natalia, y el desconsuelo del hermano abandonado por su pareja, Rosario, es lo suficientemente sólido como para que Fernando se pregunte si es un espejo anticipatorio de su futuro.
Finalmente llega “La vuelta”, con ese tiempo “plano, liso, estable, incluso, por qué no, monocorde”, como escribe Kohan, que esta vez se aleja más todavía de su personaje, para darle el tono de la tercera persona al relato del regreso.
Las tres partes del libro -las paradas, la estadía en el pueblo, la vuelta- funcionan como variaciones de un mismo estado: esa suspensión entre el que sufre porque ya ha sido abandonado y el que no sabe si en el futuro le ocurrirá lo mismo. Sobre ese movimiento, lento, pausado y a veces inexorable, que se aleja y lleva al desamor.




